Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 26 Elena
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26 Elena

De brazos cruzados, observo Central Park.

Desde que descubrí esta terraza, nadie me saca. Ni siquiera yo, y eso que doy un salto cada vez que la casa cruje y pienso que Federico ha vuelto.

No sé qué espero que pase cuando vuelva.

Hace dos días que lo invadió todo: primero mi cuerpo, después mi cabeza, el último lugar que creí capaz de ceder. Eso es exactamente, una invasión. Y dejarme invadir por él significa una sola cosa: pena.

Porque Federico no es un hombre serio, no planea una vida conmigo.

Ahora cree que sí, porque soy el juguete nuevo, la batalla imposible ganada con honores, pero conozco el patrón.

En cuanto el brillo se apague, me descartará, y yo seré una más de esas a las que antes compadecía por creer que los hombres poderosos se domestican.

La noche me encuentra en el despacho. Elvira me trajo la cena y se fue, dejándome sola en el piso, y ni una sola vez se me cruzó la idea de aprovechar para marcharme.

—No estoy bien, está claro —murmuro, y abro un archivo en el portátil que ya leí varias veces.

—¿Elena?

Federico aparece en la puerta de golpe, la cara descompuesta.

Me pongo de pie de un salto, por el susto, pero sobre todo por su expresión, porque algo muy malo acaba de pasar, lo veo.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Toma aire y deja caer el cuerpo contra el marco de la puerta, como si lo soltara una cuerda.

—Nada. Creí que…

—Que, ¿qué?

—Elvira me dijo que se había marchado, creí que…

—¿Que me había fugado? —Termino la frase por él con una media sonrisa maliciosa.

Asiente.

Y me quedo mirándolo, porque eso de su cara no era enfado, era otra cosa, miedo. El hombre que nunca pierde el control acaba de cruzar medio Manhattan con el corazón en la garganta pensando que yo no estaba, y no ha sabido esconderlo a tiempo.

Lo archivo en mi mente.

—¿Has comido? —pregunta, recomponiéndose ya.

Señalo el plato vacío.

—No me he quedado porque me retengas —digo, antes de que saque conclusiones—. Me he quedado porque irme es inseguro para mí, no te montes otra película.

El personaje de siempre vuelve a su sitio. La media sonrisa fría regresa a su boca, ordenada, perfecta, como si los últimos diez segundos no hubieran existido.

—Sigue diciéndotelo, bella Elena. —Empuja el marco con el hombro y se va, aún escucho su voz en el pasillo—. A lo mejor, algún día, te lo crees.

A las doce escucho la puerta abrirse.

Me hago la dormida. Lo espío con los ojos entreabiertos mientras Federico cruza el cuarto como si fuera el suyo y supongo que a estas alturas lo es. Se desliza bajo las sábanas y se acerca, y todo mi cuerpo se prepara. Traidor.

Quisiera tener el orgullo de decir que no estoy de humor, pero sus manos sobre mí lo alteran todo, y lo sabe, y por eso siempre gana.

Solo que esta vez no me toca así.

Su cuerpo se amolda al mío por la espalda, una mano me cruza el estómago, abierta, quieta, sin segunda intención. Su cabeza se hunde en mi almohada, junto a la mía. Y no hace nada más.

Nada más que estar.

—Buenas noches, Elena —susurra.

Me quedo callada unos segundos, desarmada por completo.

—Buenas noches, Federico.

No me duermo enseguida. Me quedo escuchándole la respiración enlentecerse detrás de mí, su peso, su calor. La inocencia de este momento no va de la mano con el mafioso.

No quiero leer mucho entre líneas, así que me concentro en dormirme. Como cerré los ojos, despierto de día y ya no está en la cama, pero hay voces en el salón.

Es un murmullo crispado.

Me visto deprisa y salgo descalza, sin hacer ruido, hasta detenerme a un paso de la puerta que conecta con el salón.

—Siento lo de tu hija, Elvira. —La voz de Federico, baja, controlada, la que da más miedo que un grito—. Pero si vuelves a marcharte sin avisarme a mí o a Faustino, tú y yo vamos a tener un problema.

—¡Ella no se va a ir a ningún lado! —susurra Elvira, alterada—. ¡No entiendo por qué estás tan preocupado!

Una palma contra la mesa me hace saltar.

—Porque Elena es mía. —Su murmuro rompe en un rugido—. Y yo cuido lo que es mío. No tengo por qué darte explicaciones, Elvira. Te di una sola tarea cuando ella llegó. Cúmplela.

—Sí, Federico.

Unos pasos se alejan; luego, ruido de cacharros en la cocina.

Me quedo pegada a la pared, el corazón disparado. Nunca lo había oído gritar así. A Federico, que convierte la calma en arma, que nunca levanta la voz porque no le hace falta. Algo tiene que estar muy mal para sacarlo de su propia frialdad.

Y entonces caigo: no está enfadado, está asustado y lo disfraza de furia porque no sabe gestionarlo de otro modo.

—Y tú —vuelve a gruñir, esta vez hacia otro lado. Faustino, supongo—. Encárgate de que haya seguridad extra. El doble, en cada entrada.

—Sí, Federico.

La puerta se abre de golpe y Federico me pilla escuchando.