Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 25 Federico
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25 Federico

No perdí el control, nunca lo pierdo.

Lo que pasó en esa habitación no fue perderlo. Fue otra clase de control, uno más viejo y más profundo, el que no razona. Pero en cuanto me hundí en ella, lo civilizado se apagó y quedó únicamente lo primitivo.

La idea de ducharme, de quitarme su olor de encima, me repugna. La quiero encima, debajo, contra la pared, en cualquier postura que se me ocurra.

Mierda, creo que Elena no es consciente de lo ineludible de esta situación.

Camino hacia el despacho y miro por encima del hombro. Ahí viene ella, pisándome los talones, el pelo revuelto, la cara de recién follada que no se molesta en disimular. Otras saldrían de esa cama ofendidas, agarradas a su dignidad como a un collar de perlas.

Elena no.

Entro y Faustino me mira de reojo mientras voy hacia mi silla. Elena se queda de pie a un lado, y me pregunto, con cierta satisfacción, si está evitando sentarse por todo lo que le hice a su cuerpo.

—¿Qué pasa ahora? —gruño, juntando las manos sobre el escritorio.

Faustino la mira a ella, luego a mí.

—¿Seguro que quieres que hable delante de ella?

Abro la boca para responder.

—Está seguro —responde Elena por mí.

Media sonrisa se me escapa antes de poder pararla. Me reclino y le hago un gesto a Faustino para que siga.

—Carlo hizo un trato con los rusos.

Eso me devuelve al borde del escritorio.

—Ah, ¿sí? —digo, recordando sus intenciones en mi puerto, la amistad entre Carlo y ellos debe venir de años atrás.

—Está bajo su protección. Los han visto moverse por el oeste, mi fuente dice que planean algo contra ti.

—¿Y yo qué les hice? —sonrío, pero no es una sonrisa amable.

—¿Los rusos han tomado el control de la ciudad? —Elena da un paso adelante.

—No. —La miro—. Pero lo intentan sin descanso. Tu padre se alió con ellos por una razón sencilla: son los únicos lo bastante armados para plantarme cara.

—¿Y qué podrían hacerte?

—Robar, amenazar, reventarme los negocios…, la lista no se acaba.

Toma aire. Le cruza la preocupación por la cara, y no sé si es por mí o por él, y no darme cuenta me molesta más de lo que debería.

—Puedo hablar con él, si quieres —propone Elena.

—No —suelto, tajante, sin una pizca de broma—. Tu padre es un cobarde, te vendió sin pestañear, y ahora que te he hecho mía pretende recuperarte. No, lo que es mío es mío.

Faustino se queda callado. Hombre listo, pero no ha terminado, lo veo en cómo evita moverse.

—Hay algo más —baja la voz. Solo lo hace cuando lo que viene no le gusta—. Rastreando a Carlo, los muchachos del puerto destaparon una cosa que no sabíamos. Durante las semanas previas a la muerte de tu padre…, él y Carlo se estuvieron viendo, a solas, sin nadie delante.

El despacho se queda muy quieto.

Algo que llevo un año guardando, algo que enterré yo mismo y no he vuelto a tocar se me revuelve en el sitio donde lo dejé. No le doy permiso para subir a la cara, pero está ahí.

—¿Viéndose para qué? —Mi voz sale plana.

—No lo sé. —Mira a Elena un segundo y mete las manos en los bolsillos, endereza la espalda—. Elena me hizo pensar en algo ayer, decidí indagar con algunos hombres que suelen ser de lengua suelta. Uno de ellos me dijo que Carlo solía pedirle a otro de los hombres que lo llevase hasta Connecticut.

—¿Por qué no conducía él? —cuestiona Elena antes de que yo lo haga.

—Tu padre solía querer aparentar más de lo que era, siempre lo hizo. Y usaba a los nuevos miembros del puerto para simular tener chófer —responde Faustino.

Las piezas todavía no encajan, pero por primera vez en un año, hay piezas.

Levanto los ojos hacia Elena.

Y ahí está, la abogada despertándose detrás de la cara de recién follada. Los engranajes girando solos, la cuenta haciéndose sola en su cabeza: el caso que tiene que resolver para ganarse la libertad acaba de ponerle a su padre justo en el centro.

—No demuestra nada eso todavía, hay que esperar. Toda información nueva que tengas, tráela a la mesa. En cuanto a los rusos, todavía no podemos actuar, no nos dieron excusa.

—Coincido —suelta Faustino—. En cuanto pisen nuestra zona, nos darán el pretexto para borrarlos del mapa de una vez por todas.

Me reclino y pienso, despacio, en cada hilo por separado. Carlo se alía con una jauría, planea recuperarla, matarme de paso y quedarse con mi territorio. O los rusos lo usan y lo entierran en cuanto dejen de necesitarlo. A ella, probablemente, también.

Mis ojos vuelven a Elena, que me mira con un nerviosismo que se esfuerza por esconder. Me pregunto si sabe que pienso matar a su padre, me pregunto si se enfadará.

—Mientras tanto, reducimos las salidas, las visitas, nadie entra aquí. —añado—: Lo siento, Elena, no puedo arriesgarme.

Da un paso y mi cara de «No me empujes» la calla.

—Faustino, vamos. Tenemos cosas que hablar con los muchachos.

Mi mano derecha asiente y se levanta despacio.

—¿Y yo? —pregunta ella, los puños apretados.

Está furiosa.

—Tú tienes un caso que resolver. —Aparta la mirada. En cuanto nos quedamos solos, me permito lo que quiero desde que cruzó esa puerta: le cojo la barbilla y la obligo a mirarme—. Nadie te va a arrancar de mí, Elena. —Le dejo un beso rápido en los labios.

Pone los ojos en blanco.

Me río.

—Como quieras.

—A ti te quiero, concretamente, en cuatro, pero por ahora tengo que ocuparme del grano en el culo que es tu padre. Vuelvo en unas horas.

Me alejo sabiendo bien que la dejo necesitada de mí, tal como lo planeé toda la vida.

Conduce Faustino.

Es la tercera vez que lo pillo mirándome de reojo y suelto el aire de los pulmones con irritación.

—Dilo.

Niega con la cabeza.

—Dilo, o le cuento a Carmela que dices que sus sorrentinos no tienen sal.

—¿Por qué? —Se le escapa la risa.

—Porque cualquier cosa es mejor que verte esa cara.

El semáforo lo detiene en el último momento, y frena el coche sobre las líneas peatonales. Observa a los neoyorquinos maldiciéndolo por no detenerse donde corresponde. Un viejo hasta le muestra el dedo del medio, harto de esta ciudad.

Faustino se ríe por lo bajo, no con burla, sino con admiración. Siempre ha valorado el carácter por encima de quienes atraviesan la vida sin una pizca de temperamento.

Finalmente confiesa:

—No creo que sea buena idea que estés con Elena ahora mismo, eso es todo.

—¿Por qué?

El semáforo se pone en verde y arranca.

—Porque ahora tienes una debilidad —explica—. Los rusos ya saben dónde tienes la herida al aire —sigue, los ojos en la calle— y no van a dudar en traicionar a Carlo para conseguir lo que tanto ansían. Hay que reforzar la seguridad del edificio.

Miro por la ventanilla pasar la ciudad y creo que, por primera vez en todos mis años, siento una amenaza acechando. No hacia mí, no, el peligro no me toca, sino hacia la posibilidad de que Carlo busque «rescatarla» de mis garras.

No lo puedo permitir, Elena es mía.

—Sí. No voy a poner a Elena en peligro.

—Esa mujer va a ser tu perdición, primo, sé lo que te digo. —No es un consejo de mafioso, es un consejo de familia.

—Ah, ¿sí? ¿De golpe me conoces tanto?

—Te conozco. —Ni se inmuta—. Y nunca te vi perseguir a una mujer así durante tanto tiempo, menos todavía después de haberla follado.

La frase me deja pensando, porque tiene razón en lo que dice. Mi interés por una mujer se acaba siempre en el mismo punto exacto: en cuanto me corro dentro de ella.

Elena no funciona así.

Con Elena fue al revés: tenerla no apagó nada, lo encendió.

—No te preocupes, Faustino. —Apoyo la sien en el cristal—. Ella no va a afectar nuestros planes.

Las palabras salen solas, y en cuanto las oigo en voz alta sé que son mentira.

Lo sé porque, cuanto más se aleja el coche del edificio, más cuento los minutos que faltan para volver.