Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 24 Elena
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24 Elena

Muevo las piernas, buscando la sábana fría con las plantas de los pies, cuando una mano me rodea la cintura y me arrastra hacia atrás posesivamente.

¡Mierda!

—¡Federico! —protesto, malhumorada.

—¿Mmm? —devuelve, sin que mi tono le importe lo más mínimo.

Miro por encima del hombro. Federico duerme (o lo fingía hasta hace un segundo). El pelo alborotado, la mejilla aplastada contra la almohada. Relajado de un modo que no le había visto nunca.

—Sal de mi cama.

Abre esos ojos negros, pozos sin fondo, y los clava en mí con un aire de depredador acechando a lo lejos.

—Nuestra cama. Duermo aquí a partir de hoy.

Lo sabía. Sabía que esto iba a pasar, y como una idiota le ofrecí anoche ocupar también este territorio.

—No, necesito mi espacio.

—No. —Me sujeta el vientre con firmeza—. Necesitas acostumbrarte a mí, eso es lo que necesitas.

Su mano empieza a deslizarse hacia abajo. Le agarro la muñeca.

—No.

Y los dos sabemos qué significa ese «no». Anoche acordamos una palabra, una sola, y me aseguró que con decirla se acababa todo. La tengo en la garganta ahora mismo.

Corleone.

No la digo.

Federico se queda quieto, esperándola, leyéndome la cara como si me leyera un veredicto. Cuando ve que no llega, se relaja contra la cama otra vez y sonríe contra mi nuca.

—Eso me parecía.

Le suelto la muñeca. Es lo más cercano a un «sí» que pienso darle, y le basta.

Dos dedos entran, rápidos y profundos, y un gemido se me escapa antes de poder morderlo.

No es justo. Sabe mi debilidad, mi secreto mejor guardado, y se aprovecha.

Me besa el cuello mientras su mano entra y sale.

—Espero que entiendas, bella Elena, que resistirte es gastar energía. Sobre todo, cuando tu cuerpo canta cada vez que lo toco.

—Cualquiera se pierde en la lujuria —contesto, ahogando lo que quiere salir de mí.

Se ríe.

Me aparta el pelo del cuello y lame esa zona con ese animal que le nace de dentro.

—Cualquiera, no. —Empuja la cadera, frotando su erección contra mí—. Lo que tenemos tú y yo, no. Anoche lo comprobaste.

Me muerdo los labios para no darle el gemido. Sus dedos aceleran, la palma me presiona el clítoris, y estoy cada vez más cerca, más cerca. Su lengua me recorre el cuello, la oreja, la barbilla.

Pierdo el poco control que me quedaba.

Y me parte en dos.

—Joder, siente cómo te aferras a mis dedos. Sí, dámelo, Elena. —Sus palabras suenan excitadas, sus dientes apretados, apenas manteniendo el control.

El orgasmo me rompe por la mitad. Pierdo la visión, la mesura, todo.

Antes de que recupere la claridad, Federico tira de mí para sacarme de la cama y me planta contra la pared más cercana.

Me abre las piernas con el pie y entra de una embestida.

Su respiración tibia me golpea el oído, su miembro entra y sale sin tregua, y yo cierro los ojos en esa mezcla extraña de dolor y placer que él sabe darme a la vez.

—Aquí dentro no existe el «no», Elena —jadea en mi oído—. Hay una palabra. Dila, o cállate y disfruta.

No la digo, otra vez.

Dejo que use mi cuerpo de la manera más animal que conoce. Mi mejilla contra la pared, su mano sujeta el pelo con fuerza.

Cierro los ojos, conteniéndome.

Y entonces alguien llama a la puerta.

Tres toques y una pausa.

Abro los ojos de golpe y le empujo el pecho con el codo. Hay alguien al otro lado y se me hiela la sangre de pensar que pueda oírnos.

Federico entiende perfectamente cuál de los dos miedos es, y le encanta. Me cubre la boca con la mano, y por una vez la dejo ahí, porque yo tampoco quiero que se oiga.

—¿Federico?

—¿Sí, Faustino? —Su voz suena agitada, y sus embestidas, por alguna razón perversa, se vuelven más voraces. Su mano firme en mi boca. Los ojos fijos en mi cara, disfrutando cada gramo de mi pánico.

—Tengo noticias sobre Carlo.

Carlo.

Mi padre.

El nombre me atraviesa más rápido que cualquier cosa que Federico me esté haciendo, y de pronto soy toda oídos. Me revuelvo, quiero escuchar qué tiene para decir.

Federico me da una palmada en el trasero que me deja la piel ardiendo.

—Silencio, bedda mia—me amenaza al oído. Y luego, más alto—: Espérame en el despacho, iré en unos minutos.

—De acuerdo —responde Faustino, y sus pasos se alejan.

—Cuando estoy dentro de ti —me dice, despacio, cada palabra una embestida—, te concentras solo en esto. ¿Entendido? —Otra palmada—. ¡¿Entendido?!

Asiento, porque la otra opción es la palabra y no pienso usarla ni ahora.

Su mano vuelve al centro de mi cuerpo y me frota con un cuidado que contradice todo lo demás.

Se me ponen los ojos en blanco.

Ya estaba al borde; ahora caigo por un precipicio. Y él conmigo: su gemido suena animal y retumba en el cuarto cuando explota dentro de mí.

Su aliento tibio se siente en mi oído derecho, mi respiración entrecortada, mi mejilla sigue apretada contra la pared.

Y ahí caigo en la cuenta de que no usamos protección.

Eso sí me devuelve la claridad de golpe.

En cuanto su mano me suelta, me giro y lo empujo. Obviamente, no se mueve.

—¿Y la protección? —exijo.

—¿No llevas DIU? —pregunta con una tranquilidad opuesta a mi histeria.

—Sí, pero…

—Entonces no te preocupes, bella Elena. —Recoge su ropa de anoche—. Nunca he estado sin protección con nadie. Eres la primera.

—Igual quiero ver análisis que digan que estás limpio.

Se cubre los pectorales y el abdomen tatuado con la camisa de anoche.

—Lo que sea que me deje follarte como acabo de hacerlo. Las veces que quiera.

—No. —Busco mi ropa, me tapo—. Esto era una noche, Federico, te lo dije.

La mirada se le oscurece. Camina hacia mí hasta volver a tenerme contra la pared. Me sujeta la barbilla y me deja un beso sonoro.

—Escúchame bien, porque solo lo diré una vez.

—Su voz baja, sin teatro, y eso la hace peor—.

Estás en esta casa porque tu padre tenía una deuda conmigo y te puso en mi mano para saldarla.

Eso no lo elegiste tú, es verdad. —Me roza los labios—.

Pero anoche sí, y lo de hace cinco minutos, también.

Así que deja de mentirte con eso de «una noche». Los dos sabemos lo que es.

Trago, porque tiene razón, y lo odio.

—Ahora —se aparta lo justo, y señala la puerta con la barbilla—, te están dando noticias de tu padre en mi despacho. Puedes venir conmigo y enterarte de todo o puedes quedarte aquí, vestirte y seguir convenciéndote de que nada de esto lo eliges tú.

Sabe perfectamente cuál va a ser mi respuesta.

Porque involucra a mi padre. Y porque, debajo de toda la rabia, la verdad es que quiero ir.

—Quiero ir.

—¿Adónde?

—Contigo. Quiero ir contigo.

La sonrisa se le derrama por la cara.

—Buena chica.