23 Federico
Me siento a su lado y tiro del cinturón que le une las muñecas hasta traerla hacia mí.
—Apáñatelas para quitarme el pantalón, Elena.
Obedece y, con las manos atadas, pelea con la tela, torpe y terca, hasta liberarme. Mi miembro salta como un resorte y me golpea el estómago.
—Ahora pon a trabajar esa boca perfecta que tienes.
Le quito el calcetín y le entierro los dedos en el pelo.
Baja sin dudar, su calor me envuelve, y suelto un «joder».
Acompaño el movimiento con la mano. No porque haga falta, lo hago para que sienta que el control es mío, que esta noche no carga con nada, que solo tiene que dejarse follar por el mafioso.
Empujo un poco más. La punta toca el fondo de su garganta y algo voraz se despierta en mí.
Lo quiero todo. Todo.
Estiro las manos hasta sus pechos, que chocan contra mis muslos, y le pellizco los pezones. Se detiene un segundo.
—Sigue.
No sigue.
Me mira desde abajo con esos ojos turquesa, retándome incluso así. Le sostengo la cabeza con fuerza y marco yo el ritmo, más profundo, más bruto. Me recibe sin una queja, y verla tan entregada, tan mía, me empuja al borde de algo que normalmente no me permito.
La echo hacia atrás antes de correrme en su boca, con las muñecas atadas cae sobre el colchón, como una muñeca de trapo abierta para mí, y la toco ahí.
—Pero si estás empapada —me burlo, porque sé lo que le hace que me burle—. ¿Quieres mi polla, Elena?
—No.
Así que hago lo contrario.
Me entierro en ella.
Le tapo el grito con la mano y la embisto con fuerza.
—Voy a llenarte entera —susurro sobre su oído.
Cierra los ojos todo lo que puede mientras mis embestidas entran con fuerza, exactas.
La veo deshacerse debajo de mí y por un momento la cabeza se me llena de la palabra equivocada: mía, mía, mía, como si esto fuera más que una noche, como si yo no supiera que las cosas que uno reclama así son las que terminan costándote la vida.
Aparto la mano de su boca para besarla sin freno.
—Dámelo todo, Elena. —Le recorro el cuello con la lengua, los pechos. Ella gimotea—. Di mi nombre.
—¡No!
Le rodeo el cuello con la mano. No aprieto, solo lo sostengo, un collar de dedos tatuados que le inclina la cara hacia la mía y la obliga a mirarme. A no esconderse.
—Di. Mi. Nombre.
—¡Federico! —La embestida se hace más honda, y la segunda vez le sale convertido en gemido—. Federico…
—Eso es. Federico. —Le beso la sien—. El único hombre que te follará por el resto de tu vida.
La volteo y la dejo a cuatro patas, apenas puede sostenerse con las manos atadas y, sin darle tregua, vuelvo a sumergirme en ella; planto la mano entre sus piernas y le masajeo el clítoris. Se aferra a las sábanas y recibe cada golpe de mis caderas, la espalda arqueada.
Sé que está a punto.
Lo siento en cómo me aprieta.
—Córrete.
Niega con la cabeza. No abandona el juego ni al borde del abismo, y eso, que aguante, que pelee, que me haga ganármelo, es lo que me tiene perdido por ella y todavía no se lo he dicho.
La tiro del pelo para traerla hacia mí y le como la boca con furia por encima del hombro.
—Córrete, Elena —murmuro contra sus labios, ya sin orden, casi en súplica—. O fuerzo a tu coño a correrse, elige.
Y eso basta.
Sus paredes me estrujan hasta dejarme sin opción, y me derramo dentro de ella mientras grita mi nombre mordiendo las sábanas y yo gruño el suyo contra su nuca.
Cuando libera el último espasmo y yo la última gota, nos desplomamos.
Le suelto las muñecas, froto las marcas del cuero con el pulgar, despacio, una ternura que no le enseño a nadie, y ella me deja hacerlo sin decir una palabra.
Un suspiro, y Elena se duerme.
Me río por lo bajo. No está acostumbrada a hombres que no hacen las cosas a medias.
Y su fantasía… todavía me cuesta creerla, pero tiene sentido. Una mujer que vive con la mandíbula apretada, que lo controla todo, su trabajo, sus palabras, esa cabeza suya que no descansa nunca, solo tiene un sitio donde permitirse soltar el timón.
La cama.
La miro, el pelo revuelto, el cuerpo vencido por el sueño, la marca pálida del cinturón en las muñecas. Algo en el pecho se me acomoda, satisfecho, territorial.
Le pongo la mano en la cintura y la arrastro contra mí. Que sienta mi calor incluso dormida. Que su cuerpo aprenda de quién es antes de que su cabeza despierte a discutirlo.
Pobre Elena. No tiene ni idea de lo que acaba de pasar.
La hice mía el día que su padre la vendió para saldar lo que me robó.
Pero aquello fue un número, un trámite, una mujer a cambio de dinero perdido.
Lo de esta noche no estaba en ningún contrato.
Puede que no le haya ganado el corazón, todavía, pero he ganado algo que sirve igual de bien para retener a alguien: el cuerpo aprende a volver, aunque la cabeza se resista.
Lo tengo todo calculado.
Debería levantarme. Es lo que hago siempre: terminar, vestirme, salir a la terraza y dejar que el frío me devuelva la cabeza.
No duermo al lado de nadie, nunca.
Dormirse junto a otro cuerpo es bajar la guardia, y yo no la bajo. Con ella menos que con nadie.
Me repito todo eso con la mano todavía apoyada en su cintura.
Y no me muevo.
Sonrío en la oscuridad, pero por primera vez en mucho tiempo no estoy del todo seguro de por qué.