22 Elena
Cuando las puertas del ascensor se cierran, Federico me aparta el pelo del hombro y me besa el cuello.
La tibieza de su lengua, el calor de su cuerpo de golpe contra mi espalda me eleva y pierdo la cordura.
No dice una palabra.
Yo tampoco.
Porque, si pienso, voy a entender que esto lo cambia todo, y ahora mismo no quiero entender nada. Por primera vez en semanas elijo algo porque lo deseo y no porque sea la jugada inteligente, y esa novedad me marea más que él.
—Entrégate a mí, Elena —me susurra al oído mientras me empuja contra el lateral del ascensor—. Déjame tomar el control de tu cuerpo.
Suena a orden.
—Solo por esta noche —digo.
—Sigue engañándote, no tengo problema. —Me lame el cuello—. Pero que no te sorprenda si por la mañana sigo dentro de ti.
Mierda. ¿Cómo lo hace?
Su boca invade la mía, sus manos me encierran contra la pared. La pelvis contra mi vientre. Un gemido se me escapa cuando me sostiene la nuca y profundiza el beso, y me odio un poco por el sonido tan animal que libero.
Las puertas se abren y, antes de que avance un paso, me sube a su cadera y me retiene.
Vamos hacia mi habitación.
—¿No quieres usar tu cama gastada? —Lo digo con burla, sabiendo que por su cuarto desfilaron mujeres más guapas que yo.
—No. —Empuja la puerta de mi habitación con el pie—. Cuando esté dentro de ti, será en una cama que nunca haya usado.
—Eso habla mal de ti, ¿no?
—Elenita. —La puerta se cierra de la misma patada—. No tienes ni idea de lo que me he contenido para llegar a esto.
Me lanza sobre el colchón y se queda a los pies de la cama, mirándome con unos ojos que arden.
—Quítate la ropa.
—No.
Arquea una ceja.
—¿No?
—No.
Y la verdad es que quiero que lo haga él. Quiero ver hasta dónde llega toda esta pantomima y confianza en sí mismo.
Sonríe, lento, peligroso.
—¿Quieres que la arranque de tu cuerpo, Elena?
Asiento.
Se ríe desde el pecho, grave. Apoya una rodilla en la cama y se arrastra hasta quedar a un centímetro de mi boca, inmóvil. Toda la euforia se le ordena de golpe en algo frío y exacto.
—Respóndeme esta pregunta antes de seguir, es muy importante que respondas con la verdad. —Asiento—. La abogada, la mujer con control sobre su vida y sus pensamientos, ¿desea perderlo? ¿Desea que alguien tome las riendas por ella?
Sé lo que me está preguntando, las mejillas se me encienden de inmediato porque creí que eso era algo que Federico nunca había notado.
Asiento sin decir nada.
Sus labios se acercan un centímetro más, aún no me tocan.
—¿Quieres… sentirte indefensa, bedda mia? ¿Quieres que te tome contra tu voluntad, hasta tenerte a mi merced y hacer lo que quiera con tu cuerpo? —Eleva la cabeza hasta hacer contacto visual conmigo.
Vuelvo a asentir sin decir una palabra, no puedo, la vergüenza me tiene muda.
—Eso me pareció. Antes de tocarte, escúchame. —Me sostiene la barbilla—. Vas a elegir una palabra. La dices y paro en el acto. Sin preguntas, sin enfados, sin «un poco más». ¿Entendido?
Lo miro. De todo lo que esperaba de un hombre como él, esto no estaba en la lista.
—¿Por qué?
—Porque controlar algo es saber dónde está la salida. —Me roza los labios con el pulgar—. La tuya es esa palabra. Elígela.
—Corleone —digo, sin pensar, y algo le cruza la cara antes de que lo guarde.
—Corleone. —Asiente—. Ahora, pórtate mal todo lo que quieras.
Me desabrocha el vaquero. Pero antes de bajarlo, agarra mi camisa y la rompe; los botones salen disparados como balas en todas direcciones. Los pechos me rebotan con el tirón y los ojos se le clavan ahí.
Se quita el cinturón de cuero negro, despacio, analizando lo que hará conmigo.
—Junta las manos.
Esta vez obedezco sin hablar. Me enrolla el cuero en las muñecas, lo aprieta lo justo para que no pueda soltarme y me deja las manos por encima de la cabeza.
—No las bajes. —Me acerca la boca al oído—. En cuanto bajes las manos, esto se acaba.
Y ahí está la trampa perfecta: me da el poder de pararlo cuando desee, y eso es justo lo que hace que no quiera usarlo.
—¿Y si no las bajo? —pregunto.
—Entonces, eres mía hasta que salga el sol.
Niega despacio cuando intento bajarlas solo para probarlo, solo para sentir el límite. Rompe el sostén de un tirón y mis senos se derraman frente a su cara. Los mira con sed.
—Todo esto es mío.
—Por esta noche —apunto, y me arrepiento al instante.
Porque los ojos se le llenan de algo que no puedo describir, pero hacen que quiera salir corriendo de este lugar. Lamentablemente para mí, eso es lo que más me excita.
Antes de entender lo que está haciendo, me quita las botas y los calcetines y me introduce uno de ellos en la boca.
—Quédate callada para mí —dice, bajando por mi vientre—. A ver si puedes.
¿Cómo pretende que le diga la palabra si me silencia? La pregunta aparece inmediatamente, pero los ojos lujuriosos de Federico me la borran con una sensación de que sabe bien lo que hace y prueba mis límites.
Comienzo a moverme intentando escupirla y él apoya la mano sobre mi boca.
—La escupes, Elena, y… —la amenaza queda colgando en el aire.
Me baja el vaquero por las piernas y desaparece en el suelo. Sus ojos navegan mis muslos, el centro de mi cuerpo. Cuando apoya un dedo sobre mi pelvis, cierro las piernas por instinto, usándolas de defensa.
—Te estás portando muy mal. —Me abre las piernas con las manos, sin prisa, ganando terreno—. Tendré que hacer algo contigo.
Mis quejas suenan a través del calcetín.
—Shh. —Me desliza la braga por las piernas. Cuando se encuentra con mi centro, se relame—. Al fin nos encontramos.
Me empuja los muslos a los lados con fuerza y entierra la cabeza ahí. Sus labios me besan los pliegues.
El gemido que se me escapa es largo, hambriento, vergonzoso.
Federico me sujeta las caderas con fuerza, impidiéndome todo movimiento mientras su lengua juega con mi clítoris.
Mierda. Mierda. Mierda.
Tiene la camisa puesta, el pantalón a medio abrochar, la polla asomando furiosa. Y yo, con las manos atadas sobre la cabeza y la boca ocupada.
—¿Qué pasa? —pregunta, escalando sobre mí—. ¿No quieres que te bese ahí?
Me sostiene las muñecas con una mano. Con la otra empieza a entrar en mí, dos dedos gruesos, precisos.
Gimo y vuelvo a gemir.
—Oh, pobre Elena, no quiere que la toque. —Debo admitirlo, sabe el papel que tiene que desempeñar y lo hace a la perfección—. Qué lástima que no tenga opción.
Sus dedos entran y salen con una precisión que va a volverme loca.
Loca.
—No te preocupes —murmura, con una idea pésima brillándole en los ojos—. Esto no ha hecho más que empezar.