Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 21 Federico
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21 Federico

Me gusta agitarla, ponerla rabiosa. Es cuando la siento más cerca y no pienso disculparme por buscarlo.

Elegí mi restaurante porque es el sitio más seguro de Manhattan para tener algo parecido a una cita sin exponerla. Y elegí esta sala, la que guardo para los asuntos que requieren que nadie mire, porque aquí dentro las únicas reglas son las mías.

No es que su vida corra peligro, pero conozco al idiota de su padre, y un hombre así… calcula, espera y ataca.

A estas alturas ya está planeando recuperarla y no va a pasar. No hace falta que lo diga en voz alta; las cosas que de verdad importan no se anuncian, se garantizan.

Aun así, ella merece salir de esas cuatro paredes, y quiero que lo haga. Necesito que crea que puede elegir.

Mi mano sigue en su pierna. No subo más, todavía no. El control es saber exactamente cuándo no hacer algo.

—¿Crees que tu madre me aceptará? —pregunto.

Arquea una ceja.

—¿Aceptar qué?

—Aceptarme como tu hombre.

El tenedor se le cae contra el plato y lo recoge rápidamente.

—Sigue soñando, Federico.

—Yo creo que sí. Le gusto.

—No tiene opción —responde, desafiante.

Ahí está. Esa es la parte de ella que me interesa, la que enseña los dientes cuando otra ya habría agachado la cabeza.

—¿Siempre te mientes a ti misma —pregunto— o es solo conmigo?

No contesta. Vuelve a coger el tenedor y decide ignorarme. Yo me recuesto, paso un brazo por el respaldo y la dejo respirar.

El que tiene tiempo no necesita prisa.

—Respóndeme esto, ¿qué pensaba tu madre de Víctor?

Eso la detiene, finalmente la cojo desprevenida.

—¿Víctor? ¿Qué tiene que ver Víctor aquí?

—¿No era tu novio?

—No… —dice casi ofendida—, era mi…

Se silencia de golpe.

—¿Tu…? —insisto, disfrutando de cada segundo de tortura.

—Mi amigo.

—Tu amigo… —repito burlándome—. A estas alturas creí que ya no debíamos mentirnos, Elena. Dime lo que era él para ti.

—¿Qué más da? Si lo eliminaste de mi vida como cualquier otra cosa importante —responde acusatoriamente.

—Entonces, ¿él era importante?

—No tiene sentido esta conversación Federico, me has traído aquí a comer, comamos.

Vuelve a su tenedor y con mucho ímpetu lo clava en el plato para levantar la comida.

—No importa si fue algo bueno en tu vida, el tipo no era suficiente.

Se vuelve a detener.

—¿Era?…

—Relájate, no está muerto —aseguro riéndome por lo bajo—. Solo digo que alguien que huye despavorido y te deja sola con un mafioso no es la mejor opción. Tu madre al menos sabe que nunca te dejaría en manos de otro hombre.

—Porque eres un posesivo —acusa.

—Claro que sí, con lo mío, con lo que me importa. Te guste o no, estás a mi cargo y nada va a faltarte.

—Excepto mi libertad —apunta por lo bajo.

—Excepto tu libertad —digo reforzando el concepto—. Hasta el día que resuelvas el caso.

—¿Ese día me dejarás ir, así como así, o me lo harás difícil?

Me recuesto un segundo, abandonando mi plato para pensar la respuesta.

—La verdadera pregunta es si, para entonces, todavía querrás irte. Lo dudo.

—Qué vanidoso eres. ¿De verdad crees que me quedaría voluntariamente en esta vida?

—Sí. Te gusto demasiado. —Sonrío con malicia.

—No tienes idea de cómo conquistar a una mujer sin obligarla. Dime, ¿cuántas citas has tenido en tu vida, Federico? —indaga, mirando a cualquier sitio menos a mí.

Pretendo que sus palabras no me susurran mis más íntimos pensamientos y respondo con naturalidad.

—Depende de a lo que llames cita.

—Dos personas que salen a conocerse.—responde, irritada.

—Ah. —Lo pienso un segundo—. Cero.

Levanta la cabeza.

—¿Cero?

—Una. Contando esta. —La miro—. ¿Tú? —pregunto, pretendiendo no saber.

—Varias.

Esa respuesta se me clava en un sitio que no sabía que tenía. No me gusta.

—¿Alguna llegó a algo serio?

—He salido con hombres. Nunca nada que durara.

—Hasta hoy.

Sorprendentemente, se ríe. Es una risa bonita; la usa como escudo.

—Tú no sabes lo que es una relación.

—Tienes razón. —Inclino el cuerpo hacia ella, recojo toda mi atención en un solo punto, que es lo que hago cuando algo me importa de verdad—. Explícamelo.

—Para empezar, fidelidad. Dudo que sea tu fuerte.

—¿Por qué?

—Porque tienes mujeres con tan solo chasquear los dedos. Y porque el poder es un afrodisíaco. Caen solas.

—Creía que las que estaban conmigo lo hacían por miedo, ¿no fue lo que dijiste?

—Hay de todo en este mundo.

—¿Qué más?

—Pasar tiempo con la persona. —Enlaza los dedos, apoya los codos en la mesa, y me da clases como si yo no la hubiera estado estudiando desde el día que entró en mi casa—. Conocerla. Sus gustos, sus manías.

—Tiempo. Hecho. ¿Conocerte? —Bajo la voz—. Sé que amas tu trabajo más de lo que te conviene, que la comida italiana te ablanda, que eres valiente cuando deberías tener miedo y que tienes miedo cuando deberías rendirte. Sé que odias quitarte las zapatillas de ciclismo.

Se ríe sin querer.

—¡Son imposibles de quitar!

—Lo sé.

No le digo el resto. Que, de todo lo que he aprendido de ella, su forma de pensar, de discutir y de pelearme cada centímetro de cercanía es lo que me quita el sueño, y ella todavía no lo sabe.

La sonrisa se le borra despacio cuando entiende lo que está pasando aquí. Cuando por fin lo ve.

—Creo —digo, acercándome a su oído— que estoy haciendo un trabajo muy decente cortejándote. ¿Tú qué opinas?

—Que pierdes el tiempo. —Coge la copa, un sorbo, otro. Hasta que la vacía.

Yo se la lleno antes de que la apoye.

—Yo creo que es justo lo contrario.

—No puedes obligarme a amarte. Eres mi carcelero, siempre lo serás.

—No te obligo a nada. —Ella niega con la cabeza—. Solo estoy navegando tus aguas.

Le cojo la barbilla y la obligo a mirarme. Es lo único que le exijo: los ojos.

—Una noche. Déjame darte placer una noche y luego decides si quieres perderte en esto o no —hablo sobre sus labios, despacio—. Sé que disfrutaste lo de la terraza. Imagina lo demás.

—Tienes demasiada confianza.

—Tengo la seguridad de quien sabe lo que hace.

—Lo que necesito es mi libertad.

—Y la tendrás. —Sonrío contra su boca—. Con el tiempo.

Me inclino lo justo para que me sienta, para que se acostumbre a mi calor, a mi mano gobernando hasta el modo en que respira, y entonces ella cierra los ojos.

La beso.

Le rodeo el cuello con el otro brazo y la atraigo, porque la quiero más cerca, porque quiero los dos cuerpos pegados sin un dedo de aire entre ellos. Le acaricio la nuca, el pelo, con un cuidado que no sabía que tenía guardado para nadie. Avanzo un centímetro más, quiero más de ella.

Quiero todo.

Y cuando la siento ceder, cuando entiendo que, si la dejo, podría desarmarse entera contra mí, algo en el pecho se me cierra como un puño. Esto es lo más parecido al poder que he sentido en años, y no tiene nada que ver con la familia ni con el apellido.

—Sabes increíble —murmuro, y profundizo el beso—. Sabes a vino, a miel y a mía.

Ella deja de pelear el espacio. Acepta lo que está pasando y me rodea el cuello con los brazos. Bajo las manos por su cintura hasta donde quiero tenerlas.

Aprieto, ardiendo.

—Dos opciones, bella Elena. —Le hablo al oído, en voz muy baja, la de quien no negocia—. O te follo aquí, como el postre final sobre esta mesa, o te subo al coche y te llevo a mi cama. Elige, rápido.

Está aturdida, encendida.

—Cama.

—Cama, entonces.

Me levanto. La cojo de la mano y salimos por la puerta de emergencia. Después de todo, esto es exactamente eso para los dos: una salida sin punto de retorno.