Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 20 Elena
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20 Elena

Enfocarme en el trabajo es lo más sano que puedo hacer.

Llevo toda la semana con el expediente abierto sobre el escritorio: informes, fechas cruzadas, fotos de los periódicos que miro hasta que dejan de significar algo, declaraciones que busco y no encuentro.

Pero no es el papel lo que no me deja dormir, es la sensación de que inclusive Federico sospecha de su organización, de sus supuestos hermanos.

Massimo, en la mesa del domingo, se la pasó midiéndome por encima de la copa cada vez que yo creía que no miraba. De todos, él es el que más devoción por Cucu siento que tenía, le dio hogar, educación y trabajo, ¿por qué querría un huérfano eliminar al hombre que le dio una vida nueva?

Los gemelos Russo, Santino y Valerio, idénticos hasta el punto de que tuve que rendirme y dejar de distinguirlos, riéndose de cosas que nadie más oía.

No parecen sentir lealtad por Cucu, más bien su adoración es hacia Federico y los demás.

Ellos tienen sus negocios, apalancados con el dinero de los Romano, y parecen satisfechos con sus vidas.

Faustino, sangre Romano, con esa cortesía demasiado sobria de quien calcula.

Él es mi segundo sospechoso, su padre fue asesinado por los Ferrari debido a que Cucu no tomó buenas decisiones.

No todo mafioso sigue las reglas al pie de la letra; puede que Faustino esperara una compensación por lo de su padre y Cucu se la negó.

Nero, imposible de leer, una mezcla de sombra y muerte, de pocas palabras, misterioso, intenso en su mirada. Robado por los Romano, podría considerar vengarse de su familia asesinada. ¿Quién apoyaría al enemigo de esa manera? Si fuera él, probablemente lo hubiese matado también.

Cinco hombres, cinco maneras de tener acceso a Cucu Romano y ninguna pista que me lleve a la conclusión.

—Hay algo que no entiendo —murmuro para mí misma, mirando una foto que preferiría no mirar.

—¿Y qué es eso?

Federico está bajo el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, una camiseta negra y unos vaqueros del mismo color.

Es la primera vez que lo miro y no quiero matarlo desde lo que me hizo en el balcón.

—Tu padre murió el 20 de marzo de 2020 —señalo.

—Un gran día. —Entra en el despacho, se sienta en el sillón frente a mi escritorio, con las manos entrelazadas en la nuca.

Lo observo con irritación.

—No puedes decir eso si eres el acusado, Federico.

Encoge los hombros.

—¿Cuál es tu pregunta?

—Lo encontraron una semana después de muerto. ¿Cómo es posible? Era un hombre ocupado, nunca estaba solo.

Me sostiene la mirada.

—Mi padre tenía sus malas temporadas. Se encerraba en una cabaña en Connecticut y daba orden de que nadie lo molestara. La última fue larga.

—¿Cómo de larga?

Algo se mueve detrás de sus ojos. Una décima de segundo.

—Llevaba meses sin estar bien —explica—. Adelgazaba, se cansaba, pensábamos que era el corazón, pero nunca logramos que fuera al médico.

Lo anoto sin escribirlo. Meses.

—¿Y la mujer? —pregunto, moviendo papeles—. Había una mujer con él en la cabaña. No encuentro su declaración.

—Eso es porque no existe.

Eso hace que vuelva a mirarlo.

—¿No existe?

—Nunca la encontramos.

Dejo caer la espalda contra el respaldo, dudo muchísimo que no la hayan encontrado.

—La única testigo posible, en fuga —digo, esperando leer algo en su reacción.

Federico se limita a levantar los hombros, como si no entendiera mi insinuación de que probablemente alguien la hizo desaparecer.

—Por esa razón, es la historia que quedó en los medios. La mujer lo hizo y se esfumó. Una amante resentida, afirmaron varios periódicos.

Pero no hay informe que sostenga esa historia, ese es el problema. Una semana en una cabaña cerrada, el cuerpo encontrado y una autopsia que escribió tres veces la palabra indeterminado.

No hay causa de muerte, no hay arma.

—¿Quién llegó primero a la cabaña cuando se enteraron? —pregunto.

—Yo. —Lo dice sin pestañear.

—Federico. —Cierro las manos sobre el escritorio—. Llegaste tú primero y moviste algo. No me digas que no, porque lo veo en cómo no lo dices.

Su mirada pasa de fría a oscura.

—Elena… —advierte, pero mis oídos lo escuchan como una confesión a punto de asomarse.

Me levanto de golpe. Él imita el movimiento.

—Lo hiciste —acuso.

—¿Hacer qué?

—No lo sé. Eso es lo que me aterra. —La voz se me corta en frases que no termino—.

Tú. Tú me trajiste. Me trajiste a buscar al asesino de tu padre y la flecha más fácil te señala a ti.

Mi libertad depende de que encuentre la verdad.

¿Y si la verdad eres tú? ¿Y si lo has hecho a propósito para no dejarme ir nunca?

Federico camina hacia mí.

Yo retrocedo.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión?

—Suena a algo que harías tú.

—Me siento halagado.

Mi espalda toca la pared, sus brazos me encierran, su rostro a centímetros del mío es como una sombra cubriéndome por completo.

—¿Por qué no lo harías? —insisto, y no sé si se lo pregunto a él o a mí misma—. Te usó toda la vida. Heredaste una corona que no querías.

—¿Tú lo habrías matado? —pregunta, mirándome los labios.

Sí.

No.

—No.

—Mentirosa. —Sonríe, siniestro—. Te di este trabajo para que siguieras las pruebas hasta el final, no hasta donde te resulte cómodo. Síguelas, Elena.

Apoya el pulgar sobre mis labios y los acaricia.

Cierro los ojos, acorralada, intentando apagar el calor entre los dos, la intensidad de su mirada, el fuego entre las piernas que me odio por sentir.

—Necesito la verdad de todas maneras —digo.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber qué clase de hombre me tiene antes de…

Eso lo aparta un poco, pero no lo suficiente para soltarme.

—¿Antes de enamorarte de mí? —Se ríe—. Sabes que he matado. ¿Qué más da que sea a mi padre?

—Engreído —acuso y miro hacia otro lado, evitando que vea la incomodidad que me provocan sus palabras—. Yo no sería capaz de matar al mío, de matar a nadie, pero el mío no fue tan…

No termino la frase, porque mi cabeza ya está pensando en otra cosa: No pudo ser un rival.

Porque los Ferrari no mandan a nadie a apagar a un hombre despacio, a lo largo de meses; un rival manda un coche, una bala, un mensaje.

Por tanto, fue alguien de dentro. Alguien con acceso constante, alguien tan cercano a Cucu que él jamás habría comprobado lo que le ponían delante.

Mi mente recorre la familia otra vez; Massimo, los gemelos, Faustino, Nero.

Vuelvo con Federico; me observa pensar con una fascinación que me irrita.

—Recuerda que está tu libertad en jaque, Elena —comenta—. Y me deberás justificar con pruebas quién crees que lo hizo.

Asiento, entendiendo las reglas de este juego que él invento. Donde solo él se ve beneficiado porque me arrojó a un laberinto sin salida.

La tarde cae sobre Nueva York y yo la miro desde el sillón de mi habitación, con las rodillas recogidas y la frente apoyada en el cristal, esa hora en que en la ciudad deja de ser de día y todavía no es de noche, cuando Faustino llama a la puerta con su golpeteo de siempre: tres toques y una pausa, como si hasta avisar fuese una contraseña.

—Elena —dice del otro lado.

—Pasa.

La mano derecha de Federico entra y me recorre con la mirada antes de encontrarme, ese gesto de quien comprueba una habitación por costumbre, no por desconfianza.

—Federico quiere que te prepares para salir.

Eso me alerta. Hace tres semanas que no salgo de este piso, mi mundo se redujo significativamente entre estas paredes y la palabra salir suena casi a idioma extranjero.

—¿Salir? ¿Adónde?

—No me lo ha dicho. Solo que estés lista en media hora.

Lo estudio un segundo, buscando la grieta por donde descubrir la información que no quieren darme, pero Faustino no la tiene: nunca dice una palabra que Federico no le haya autorizado a decir.

Cuando intenta escaparse de mi mirada, lo detengo.

—Faustino, ¿quién crees tú que mato a Cucu? —La pregunta sale rápida, fría, como una bala.

Faustino une las cejas, de golpe inquieto por la pregunta.

—¿Desde cuándo te interesa Cucu?

—Dame el gusto, no tengo nada que hacer —insisto, sin mencionar el acuerdo entre Federico y yo. Aunque sospecho que él sabe que algo ocurre. No preguntó por qué tengo un despacho ahora, pero lo vio, me vio allí dentro leyendo.

Levanta los hombros y los relaja. Entra a la habitación y se apoya en la puerta.

Siempre impecable, elegante y astuto, sus ojos celestes son tan claros que a veces dan miedo.

—Cucu deliraba al final. Perdía la capacidad de diferenciar la realidad de la fantasía, y muchas veces caía en espirales infinitas de traición. Solía acusar a cualquiera que lo fuera a visitar de traicionero.

—¿Quiénes solían visitarlo al final?

—Principalmente, Federico; yo, para esperar órdenes, y mi nonna solía llevarle comida tres veces por semana; Massimo la acercaba en coche.

Asiento y archivo la información dentro del cerebro.

—¿Alguna vez sentiste resentimiento hacia Cucu? Después de lo que ocurrió con tu padre, imagino que no habrá sido fácil seguir trabajando con la razón por la cual terminó muerto.

Eso lo hace tensarse, cambia de postura, pero solo un milímetro, no quiere que lo lea.

—Abogada y psicóloga, guau, ¿de dónde has sacado tanto tiempo para estudiar? —espeta con un tono cruel.

Sonrío, sabiendo que crucé una línea que no debería haber cruzado. Pero Faustino toma aire profundamente y, para mi sorpresa, me responde.

—La causa de la muerte de mi padre fue no saber dónde meter la polla.

Imagino que, cuando Federico te contó la historia, lo presentó de forma favorable, no real.

Mi padre creyó que violar a una mujer de una familia enemiga demostraría que con los Romano no se jugaba.

Si me preguntas a mí, morir en un zanjón fue misericordioso; merecía un castigo divino.

Asiento, intentando mantener el rostro sin emoción, esa parte no me la dijo Federico y me pregunto si fue para proteger a Faustino o simplemente la imagen de los Romano.

—De todas maneras, era tu padre —digo, recordando que incluso con los defectos es difícil desearle la muerte a un familiar.

—Aquino Romano era un fracasado igual que Cucu, dos hermanos nacidos en la mierda de la sociedad. Pero eso se termina ahora con el reinado de Federico.

—Y tuyo —aclaro, esperando ver cuán sediento de poder está.

—Yo solo acato lo que Federico decida. —Se endereza y coloca una mano sobre la manija—. Por eso respondí estas preguntas, Elena. El día que Federico pierda el interés, no esperes cordialidad de parte de esta organización.

Sonrío, tensa y a la defensiva. De golpe me siento rodeada de lobos sedientos.

—No me olvido, Faustino, no te preocupes.

Asiente y cierra la puerta sin un ruido de más.

Unos vaqueros y una camisa blanca después, Federico entra a mi habitación sin llamar, algo cambió entre nosotros estas últimas semanas, algo que todavía no sé nombrar, y desde entonces lo siento más cerca, más atento, más… intenso. Como si hubiera dejado de fingir que no me mira.

—Elena, vamos —ordena.

Definitivamente, de mal humor.

—¿Adónde?

—A cenar. Tenemos una cita pendiente.

Resulta que el restaurante para el que tanto me costó conseguir mesa hace meses (el que tenía lista de espera de semanas) es suyo.

Lo entiendo en cuanto cruzamos la puerta y el maître no nos pide el nombre, ni la reserva, ni nada: solo inclina la cabeza como se inclina ante un dueño, o ante algo más antiguo que un dueño. Así de simple es para él.

Nos llevan a un reservado en forma de medialuna, al fondo, lejos de todo. Dos copas de vino ya servidas, una vela, nadie más.

Me siento en el extremo opuesto a él, todo lo lejos que permite la curva del banco. Federico no lo tolera y se desliza hasta mí sin prisa, ocupando el espacio que yo había puesto entre los dos.

—No te escapes de mí, bella Elena —dice, haciendo girar despacio el vino en la copa—, que no muerdo.

Tengo serias dudas al respecto.

—No me escapaba, decidí sentarme aquí.

—Lejos de mí.

—Sí.

—¿Por qué?

Porque todavía me dura el calor en la piel de la última vez que me tuvo cerca, y porque hay una parte de mí, la abogada, la que sigue sosteniendo que este hombre podría ser el que mató a su padre, que me empuja a mantener las distancias.

—Porque… —empiezo, y no encuentro el final—. Porque…

—¿Porque tienes miedo de que haga esto? —Apoya la mano sobre mi rodilla, sin peso, solo el calor atravesando la tela—. ¿Miedo de que la suba y la entierre en el ardor de tus piernas?

Trago. La sala se me reduce al tamaño exacto de esa mano.

—Estamos en un restaurante, Federico —advierto, y odio que me salga sin firmeza.

—Estamos solos.

—Por ahora. La comida llegará en cua… —Su mano sube un centímetro, y el argumento entero se me cae de la boca—. Federico…

Se ríe; una risa grave, que brota desde lo más profundo de su pecho. La vibración me llega antes que el sonido.

—Lo siento, bedda mia. —Pero no parece sentirlo en absoluto—. No sé qué tienes, que cuando estamos solos se me va la cabeza por tocarte donde está prohibido.

Aparto la pierna.

Es un gesto pequeño, casi nada, unos centímetros, pero le cambia la cara como si hubiera bajado un telón.

La sonrisa no desaparece del todo, Federico nunca pierde la sonrisa, esa es la parte que da miedo, pero detrás de ella algo se enfría, se endurece, y por un segundo no tengo delante al hombre que coquetea, sino al que la gente describe con una sola palabra cuando cree que él no escucha.

Peligroso.

—No, no, Elena. —La voz le baja un tono, y con ella baja la temperatura de toda la mesa—. No te he dicho que te alejes.

Vuelve a poner la mano donde estaba.

—Quédate a mi lado. —La sonrisa regresa, entera, como si nunca se hubiera ido, y eso es peor que cualquier amenaza—. Tenemos una noche preciosa por delante.

Y lo más perturbador no es la orden.

Es que una parte de mí quiere obedecerla.