19 Federico
En el Comité no se permiten armas.
Es la única mesa de Nueva York donde me siento desnudo y, aun así, la única donde nadie se atrevería a tocarme.
Cinco familias parten el mismo pan en un reservado sin ventanas de La Lupa, un viejo restaurante situado en la frontera entre dos barrios que no pertenecen a nadie.
Faustino entra medio paso detrás de mí, a la derecha, como siempre. No necesita instrucciones. Mi primo lee una habitación más rápido de lo que yo leo un libro de cuentas, y eso que, cuando se trata de números, yo no pierdo el tiempo.
Deja el abrigo, me observa una vez y ocupa la silla a mi lado sin que nadie se la ofrezca.
Nero me advirtió que esta noche hablarían de Elena.
No sé quién será el primero. Por eso, mientras nos sirven el vino, observo quién evita mirarme.
Los viejos creen que esta mesa todavía les pertenece. Yo veo otra cosa. Veo a los padres repitiendo las frases de siempre y, detrás de ellos, a los hijos que pronto ocuparán sus sillas.
A esos miro.
A los viejos los enterraré con paciencia, con los hijos quizá no tenga tanta.
Don Salvatore Ferrari preside la mesa con sesenta años de sonrisas y ninguna prisa. Muestra la tranquilidad de quien nunca necesita matar rápido porque sabe que el tiempo acaba haciendo el trabajo gratis.
A su derecha está Tommaso, el heredero.
Grande como una puerta, las manos quietas sobre el mantel y una serenidad que no corresponde a un Ferrari. Su familia tiene fama de ser ruidosa, impulsiva y sangrienta. Él no se ríe de los chistes de su padre, no bebe cuando los demás brindan y no me observa como Salvatore.
El viejo todavía ve al hijo de Cucu. Tommaso me mira como a un igual.
Cuando el camarero se acerca con la botella, se la quita de la mano y llena mi copa antes que la suya. Una cortesía de otro siglo.
«Te sirvo antes de desangrarte», dicen sus ojos.
Respondo con una media sonrisa.
A la izquierda de Salvatore está Vincenzo Marchetti, lo más cercano a un amigo que tuvo mi padre. Me recibe con una inclinación de cabeza demasiado correcta.
Es su hijo quien habla.
—Federico. —Leonardo Marchetti posee una sonrisa perfecta, calibrada al milímetro. Modales impecables, un traje que no presenta una sola arruga y el tipo de rostro que una madre querría sentado frente a su hija durante la cena—. Mi hermana te manda saludos.
Lo dice con dulzura, para recordarme que rechacé a Isabella sin darle una explicación satisfactoria.
Durante un segundo exacto, sus ojos se enfrían y ahí está el otro Leonardo, el que vive debajo de la calma. Después la sonrisa vuelve y ya no sé cuál de los dos es el verdadero.
Sospecho que él tampoco.
—Dale las gracias —respondo—. Y dile que merece algo mejor.
No es mentira, también es lo más parecido a una disculpa que recibirá de mí.
Isabella era preciosa, femenina y demasiado frágil para el tipo de hombre que soy. En aquel momento no sabía exactamente qué necesitaba. Ahora el rostro de Elena aparece en mi cabeza antes de que pueda evitarlo.
La aparto, no he venido a pensar en ella. He venido a descubrir quién la utilizará primero contra mí.
Frente a los Marchetti debería estar sentado el segundo hombre de los De Luca. En su lugar hay una mujer. Rosario ha traído a su hija al Comité.
Toda la mesa lo nota.
Salvatore deja la copa un poco más fuerte de lo necesario. Vincenzo aparta la mirada como si alguien hubiera cometido una vulgaridad delante de él.
Hace cien años que una mujer no ocupa una de estas sillas.
Rosario lo sabe, por eso la ha traído.
Los De Luca no creen demasiado en las tradiciones. Creen en los números, y los números no distinguen entre pollas, apellidos ni cadáveres.
Sienna De Luca tiene una libreta cerrada delante y la expresión de quien ya ha calculado cuánto dinero poseen todos los presentes y se siente decepcionada por el resultado.
Cuando me mira no hay coquetería ni miedo, hay reconocimiento.
Tú y yo somos el mismo animal rodeado de dinosaurios.
—Mi hermano os pide disculpas —dice—. Dario tenía la noche ocupada.
En el extremo más oscuro de la mesa está don Alberto Conti. Tiene setenta años que parecen noventa y una mano que tiembla sobre el mantel.
Todos fingimos no verlo.
Su hijo, Marcello, sostiene la copa con absoluta quietud.
Los Conti se están muriendo, en otro tiempo controlaron media Manhattan. Ahora pierden territorio, dinero y hombres cada mes.
Eso debería convertir a Marcello en el más débil de la mesa, sin embargo, lo convierte en el más peligroso.
Un hombre que está perdiéndolo todo deja de tener motivos para comportarse con prudencia.
Comemos primero, las reglas son las reglas.
Partir el pan juntos es la última costumbre que nos separa de los animales, aunque todos sepamos que algunos de los presentes utilizarían el cuchillo de la mantequilla si la reunión se torciera.
Leonardo habla de arte.
Salvatore cuenta una anécdota que ya he escuchado tres veces.
Sienna escucha.
Tommaso apenas prueba la comida.
Marcello observa a su padre derramar vino sobre el mantel y no hace nada por ayudarlo.
Cuando retiran los platos, Salvatore se limpia la boca y abre la sesión sin alzar la voz.
—Los rusos. —El aire cambia—. Brighton Beach se les ha quedado pequeña. Si dejamos que la Bratva ponga un pie en el agua, dentro de un año nos comprarán con nuestro propio dinero. —Mira a Tommaso—. Hay que responder como se ha respondido siempre.
—La frontera no se marca con sangre —digo.
Todas las miradas se vuelven hacia mí con esa lentitud reservada para el niño que ha hablado sin permiso.
—Los rusos no respetan nuestro código. No tienen honor que herir ni apellidos que proteger.
Matamos a uno y envían a diez, y a esos diez les importa una mierda morir.
—Dejo la copa sobre la mesa—. Lo único que respetan es el dinero.
Cerramos las rutas por las que lavan el suyo y se ahogarán sin que nadie dispare.
Sin cadáveres, sin titulares y sin federales husmeando en nuestros puertos.
Salvatore sonríe a los demás, no a mí.
—El muchacho ha leído demasiados libros. Tu padre estaba muy orgulloso.
El nombre de Cucu cae sobre el mantel como una copa rota.
El reservado queda en silencio.
No aparto los ojos de él.
Antes de que hable, Sienna rompe el silencio.
—Federico tiene razón. —No eleva el tono, no lo necesita—. Esta misma noche podría decirles qué hombres de los sentados a esta mesa están lavando dinero ruso sin saberlo. —Mira uno por uno.
Nadie respira.
Acaba de colocar una pistola sobre el mantel sin sacar ninguna.
Rosario esconde una sonrisa detrás de la servilleta, ahora comprendo por qué la ha traído.
Entonces Tommaso habla por primera vez.
—Hablando de la compañía… —Su voz es grave, tranquila. Más peligrosa por todo el silencio que la ha precedido—. Me cuentan que tienes una invitada en casa, Federico. La hija de Bianchi, uno de tus capos.
Ahí está.
Faustino cambia ligeramente el peso de su cuerpo a mi lado. Un movimiento que solo yo comprendo.
«No muerdas», dice. No pienso hacerlo.
—¿Es una pregunta? —suelto, inexpresivo. Esa es la única ventaja de no mostrar nada por fuera: nadie sabe cuánto arde por dentro—. Porque, si necesitas información sobre compañía femenina, estoy seguro de que más de uno en esta mesa estará encantado de instruirte.
Algo se endurece en su rostro. Salvatore abre una mano sobre el pecho de su hijo antes de que llegue a levantarse.
El patriarca conciliador todavía cree que puede sujetar al animal que ha criado.
—Solo decimos que un hombre que entierra a su padre y hereda su silla debería vigilar la compañía que mantiene —interviene Salvatore.
No confirmo ni niego nada.
Es una de las pocas reglas útiles que me dejó Cucu: permite que los rumores trabajen para ti.
A un hombre al que creen capaz de matar a su propio padre no suelen ponerlo a prueba dos veces. Esa sospecha es el muro más alto que poseo y no pienso derribarlo para que un Ferrari duerma tranquilo.
—Mi casa —digo, mirando únicamente a Tommaso—, lo que entra y lo que sale de ella, es asunto mío.
—Inclino un poco la cabeza—. El asunto de los rusos queda sobre la mesa —cierro antes de que otro intente recuperar el control—.
Los De Luca y yo traeremos los números el próximo mes. Cifras, no cadáveres.
Miro alrededor.
Salvatore vuelve a sonreír. Guarda las garras y empieza a hablar del vino, del invierno y del frío que se aproxima.
La reunión muere como mueren todas estas reuniones, entre cortesías.
Faustino y yo salimos los últimos. Quien abandona primero la sala ofrece la espalda, y nosotros nunca damos la espalda.
El aire frío me golpea el rostro al salir. Guardo las manos enguantadas en los bolsillos del abrigo.
—El hijo de Ferrari es peor que el padre —dice Faustino.
—Es más inteligente —observo la puerta de La Lupa cerrarse detrás de nosotros—, que es distinto.