Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 18 Federico
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18 Federico

Cuando se abren las puertas del ascensor, sigo con la mano en su brazo, me gusta llevarla así, como si fuese mi objeto más preciado.

—Faustino —llamo cuando pongo un pie en mi ático, sé que está aquí—. Asegúrate de que Massimo venga hoy, quiero saber qué cojones está haciendo Carlo.

Faustino sale de la cocina, con el móvil en la mano:

—Ya estoy en ello —responde llevándose el móvil al oído.

—Y tú, ven conmigo —ordeno sin mirarla.

Elena camina con pies apurados, mis zancadas son ansiosas mientras abro la puerta de la terraza de mi habitación.

—¿Por qué no conocía este lugar?

Levanto los hombros.

—Cuando investigaste mi casa no entraste a mi habitación, solo a mi despacho, Elena.

Puedo ver la incomodidad de golpe en su rostro, ¿pensó que no tenía cámaras distribuidas por el ático?

—Yo hubiese hecho lo mismo —confieso—, hubiese buscado mis debilidades y, por supuesto, este balcón es una grata sorpresa para ti.

Hay sillones y tumbonas, plantas y la mejor vista de Manhattan.

—Pero cuando vimos la película…

—Tenía las cortinas cerradas. Puedes venir aquí cuando sientas que te falta el aire —digo, sentándome en el sillón blanco.

—O puedes liberarme, así no termino con deficiencia de vitamina D.

Me río.

—Sabes que eso no pasará. Ven, bedda mia, es hora de cumplir tu parte del trato.

Ella sabe a lo que me refiero.

Tragando saliva con dureza, camina hacia mí y tiro de su mano para tenerla a mi lado más rápido.

Su lentitud saca lo peor de mí.

—Siéntate sobre mi regazo.

—Ni de coña, no.

—No estaba preguntando —respondo irritado—, súbete, una rodilla a cada lado de mis piernas.

Soy muy afortunado, hoy lleva unos leggings negros, perfectos para dejarme sentir la curva de su trasero.

Pero todavía no, Federico, tranquilo.

Ella hace caso, deliberadamente esquivando el bulto entre mis piernas, por eso le sujeto la cadera y la encastro a mí.

Ahora sí. Ahora puedo sentirla.

—Esto no fue lo que acordamos, Federico —reniega mirándome directamente a los ojos.

—Salimos más de una hora —digo perezosamente—, esto es simplemente un ajuste de minutos.

Ella desvía la mirada a lo lejos, a la inmensidad de mi ciudad, y toma una bocanada de aire.

—No te preocupes por tu madre, tendrá a mis hombres allí. —Me encuentro guardando un mechón de pelo tras su oreja.

—Lo sé, gracias.

—¿Y qué te preocupa entonces?

Suspira.

—Mi padre está a punto de hacer algo estúpido, es como que puedo sentirlo.

—Otra vez —aclaro, recordando todas las veces que Carlo Bianchi tomó malas decisiones.

O no tan malas, depende de qué villano seas en esta historia.

—Otra vez. No quiero que mi madre termine en el medio, como terminé yo.

Le sujeto la barbilla, atrayéndola hacia mí, quiero que me mire cuando diga estas palabras importantes.

—Tu padre es insignificante. No supone ninguna amenaza para tu madre ni para ti. Antes de que os pase nada, estará en el fondo del Hudson. ¿Lo entiendes?

—Te gusta mucho ese río —comenta poniendo los ojos en blanco.

—Es práctico. —Levanto un hombro.

Ella no puede resistir la risita y, en ese momento preciso, la sujeto de la nuca y la atraigo hacia mí.

Se sorprende, no entiendo por qué, sabe que no puedo resistirme. La que aparece cada muerte de obispo y me retuerce el estómago con algo punzante.

Al principio la dejo acostumbrarse a mí, a la presión firme de mis labios, al agarre de mis manos y cómo las puntas de los dedos se entierran sobre su piel, mi calor, mi perfume, mi respiración.

Solo cuando siento sus músculos relajarse, me muevo sobre su boca tortuosamente lento; esto es parte de mi plan maestro para volverla adicta.

En comparación con mi último beso, el robado e impuesto, este es seductor, provocativo. Le acaricio el rostro y aparto el pelo para sentirlo entre los dedos; dejo que mi lengua acaricie la suya con pasión contenida, y ella lo sabe.

Siente que estoy intentando ser suave con ella, y solo cuando gime subo la intensidad.

Mis manos se trasladan a su cintura y lentamente, milimétricamente, comienzan a bajar, las dejo reposar allí, en la esfera perfecta que tiene de trasero.

El problema está cuando aprieto y la obligo a sentir lo duro que estoy por ella.

Ahí se despierta y se aleja de mí.

—¿Qué coño crees que estás haciendo? —suelta interrumpiendo el beso, las mejillas coloradas, la respiración irregular.

Sonrío con lascivia.

—Usando el bonus.

—Bah… —dice intentando levantarse, pero mis manos no se lo permiten. Vuelvo a encajar su cuerpo sobre mí.

—No puedes dejarme así —digo procurando que sienta cómo estoy por ella—, no eres tan cruel, ¿no, Elena?

—Sí que puedo. —Vuelve a levantarse, pero no se lo permito, no entiende que ella no se va de mis piernas hasta que yo lo decida—. Federico… —amenaza.

Mis manos le sujetan la cadera y puedo sentir su calor a través de las telas que nos aíslan.

Se me llena la boca de saliva al pensar lo que se sentirá tenerla desnuda.

—No…, eso te… —se atraganta cuando mis labios se trasladan a su clavícula— te costará más.

Me río profundamente sobre su piel.

—¿Quieres negociar un orgasmo, Elena? —murmuro, dejando que mi lengua se pierda en su cuello—. Esto es inadmisible.

—¿Es un orgasmo lo que buscas? —pregunta.

—Sí, el tuyo.

En un movimiento rápido, le subo la camiseta al cuello y beso el monte de sus pechos, arrastrando la lengua por la piel. Un sostén negro me da la bienvenida, quiero arrancarlo, naturalmente, pero hoy no, hoy no, Federico.

Ella gime ante mi arrebato.

—Quiero más tiempo —dice.

Ya no tengo que moverle las caderas, ella encontró su propio ritmo.

—No —devuelvo firmemente, mis manos se aferran a ella otra vez; conociéndola, sé que intentará levantarse.

—No puedes tomar de mí sin esperar que…

—Cállate, Elena —pronuncio con mi tono más firme, el que hace que mis hombres tiemblen cada vez que lo uso.

El movimiento se vuelve vertiginoso.

Puedo sentir a Elena buscando su orgasmo, la fricción es todo lo que necesita.

—Dámelo, bedda mia —ordeno, apartándole el pelo con urgencia para exponer su cuello y lamerlo como un animal—. Imagina mi polla dentro de ti y empapa esos leggings.

Y como por arte de magia, Elena se rompe en mil pedazos sobre mí, su orgasmo es tenso y silencioso, y esconde el rostro en mi cuello.

Probablemente tenga vergüenza, pero esta es la última vez que le permito privarme de su gesto contraído por placer.

Se queda unos segundos allí, intentando contener la respiración, la vergüenza por haber cedido ante los placeres más básicos con su captor.

Cuando sale de su escondite, encuentra mi cara petulante, una media sonrisa se asoma, solo para molestarla.

—Si pude darte ese orgasmo con solo lamerte las tetas, Elena Bianchi, imagina lo que puedo lograr cuando te tenga desnuda en mi cama.

Ella se levanta de mí, se acomoda las ropas, se da media vuelta y se retira, completamente ofendida por mis burdas palabras.

Me quedo solo y converso mentalmente con Manhattan cuando los ruidos y la vida de la ciudad vuelve de golpe.

Espero que todos hayan visto el poder que tengo sobre esta mujer.

Esta mesa no es la de Carmela.

Aquí hay jerarquías, control y análisis. Por eso ocupo la cabecera, con Massimo a mi derecha y Faustino enfrente, vigilando el extremo opuesto.

A mi izquierda están los gemelos. Valerio, recto y serio, lleva la corbata ajustada hasta el cuello. Santino se desparrama en la silla con los tres primeros botones de la camisa abiertos.

Nero está a su lado. Nunca se pone un traje a menos que tenga que asistir a un funeral, así que lleva una sudadera negra y unos vaqueros oscuros, rotos en las rodillas.

A la derecha se sienta Ignacio por primera vez.

Me gusta que el nuevo cargo no haya alterado su apariencia. Sigue llevando la ropa de trabajo, sin disfrazarse de un hombre que todavía no es. Algunos reciben un rango y corren a comprarse un traje. Ignacio parece entender que la autoridad no se lleva puesta.

Mañana nos reunimos con las Cinco Familias. Necesito que todos estemos alineados y, sobre todo, al corriente de cualquier problema que puedan arrojar sobre mi mesa.

—¿Has guardado a Elena? —pregunta Santino con una media sonrisa.

—Lejos de tus ojos lujuriosos.

Acerco un vaso de coñac a Nero. Lo acepta y dejo que mi mano le golpee el hombro con afecto.

—Gracias, hermano —murmura con su voz rasposa.

Regreso a mi silla y me dejo caer.

—¿Con qué vais a tocarme los cojones hoy?

Es el nuevo quien comienza.

Ignacio.

Valiente y lo bastante hambriento como para ganarse el lugar que acaba de recibir.

—Los rusos —dice—. Es el asunto que tiene inquietos a los hombres.

Miro a Faustino.

Asiente.

—Te escucho.

—Han hecho negocios en algunos muelles. Por lo que he averiguado, están moviendo mercancía dentro de la ciudad, pero otros creen que están tanteando el terreno para comprobar cómo reaccionas.

—¿Cuántas veces?

—Dos en dos meses. No es suficiente para declarar una guerra, pero tampoco les quitaría el ojo de encima.

No me gusta que los rusos prueben mis límites, aunque sea con la punta de un dedo. Los hombres que tantean una frontera rara vez lo hacen sin imaginarse ya al otro lado.

—Mantenme informado. ¿Qué más?

Las miradas recorren la mesa, esperando que alguien continúe.

Valerio se yergue antes de hablar, como si incluso sus palabras necesitaran una postura correcta.

—El sindicato de obreros está bloqueando una construcción en Staten Island. Quizá sea el momento de hablar con los Marchetti y descubrir qué demonios ocurre allí.

Miro a Faustino para que guarde la información.

Mi primo asiente.

—¿Y la construcción de Brooklyn?

La reunión avanza con naturalidad. Por momentos nos desviamos para hablar de los Yankees, de mujeres y de cualquier estupidez que permita aflojar la tensión.

Somos mafiosos.

También somos hombres.

Siento los ojos de Nero clavados en mi sien.

Levanto la mirada y asiento.

—Dilo.

Alza la barbilla, incómodo cuando todas las cabezas se vuelven hacia él. Nero prefiere actuar desde las sombras. La atención le sienta peor que la sangre.

—Las Cinco Familias conocen tu situación.

Mira por encima del hombro hacia la puerta cerrada.

Habla de Elena.

—Algunos están preocupados por la forma en que has respondido a la traición de Carlo. Unos aprueban tu decisión, otros no.

Hago girar el vaso entre los dedos.

—Continúa.

—Mañana te preguntarán por qué has secuestrado a la hija de un italiano. Sabes que todos se ponen nerviosos cuando alguien rompe reglas.

—No es asunto suyo.

Nero inclina la cabeza de manera siniestra.

—Entonces, no entiendes el propósito de las Cinco Familias. Se supone que la familia es lo único con lo que no se juega en las reglas italianas.

—Sicilianas —corrige Faustino.

Nero lo ignora.

—Deberías llevar una respuesta preparada, a menos que quieras ponerlos nerviosos a todos.

—Para eso estás tú, hermano.

Alzo el vaso.

Nero me ofrece una de sus medias sonrisas tenebrosas.

—Gracias por el consejo —añado.

Asiente una vez y baja la mirada, deseando que la atención pase a otro hombre.

Massimo no se lo permite.

—Coincido con Nero. A nadie le gusta que Elena esté en tu casa.

—Nadie me ha preguntado a mí. —Clavo los ojos en los suyos—. Yo me lo estoy pasando de maravilla.