Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 17 Elena
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17 Elena

—No puedo ser tu prisionera y tu amante, Federico. Las dos cosas no encajan —expongo, apartando la boca del cannoli que intenta meterme entre los labios.

No se me escapa el simbolismo de la situación. Y, para mi absoluta vergüenza, la mente decide añadir una comparación que no debería estar haciendo.

¿Qué estoy pensando? No quiero conocer ninguna parte de él. Mucho menos esa.

—Creo que tienes razón —dice, sin apartar la vista de mi boca.

No sé en qué momento terminé sentada en el sofá donde él estaba leyendo.

La semana ha sido un silencio ensordecedor por fuera y, dentro de mi cabeza, un grito constante.

No quería besarlo.

No quería porque sabía que sería imposible olvidarlo.

Un beso capaz de encender cada molécula de mi cuerpo y dejarme sedienta de algo que no debería desear.

Es mi carcelero, por el amor de Dios. Él me encerró aquí, en esta cuna de cristal.

—¿Tengo razón? —pregunto, sorprendida—. ¿El capo por fin piensa?

—Sí. No me gusta que tu atención esté lejos de mí. Así que, desde este momento, eres mi amante. Punto.

Resoplo.

—Por supuesto. No estás acostumbrado a no ser el centro de atención, pobre don.

Se ríe y vuelve a intentar alimentarme.

Trato de quitarle el cannoli, pero me aparta la mano.

—Déjame alimentarte.

Pongo los ojos en blanco.

—Lo que en realidad quieres es verme con algo fálico en la boca, Federico.

Él arquea una ceja.

—No lo había pensado, pero ahora que lo mencionas… —La sonrisa se le borra—. Abre la boca para mí, bedda mia.

Joder.

Apartando la mirada, hago exactamente eso.

Muerdo el cannoli con fuerza, solo para dejarle claro que cualquier idea peligrosa debería pensársela dos veces.

Él se ríe porque entiende el mensaje.

—Hoy es la reunión previa al Comité aquí. Vendrá toda mi organización, así que no quiero que andes vagando por la casa —dice, dejando por fin el cannolo en mi mano.

Terminó de torturarme.

—¿No confías en tus hombres?

—No confío en sus pensamientos cuando te ven —murmura, más para sí mismo que para mí.

Respiro hondo. Si no soy honesta ahora, quizá no vuelva a tener otra oportunidad.

—Federico —digo, obligándome a sostenerle la mirada—, esa reunión durará horas, si me encierras en mi habitación hasta que la casa quede vacía de nuevo, voy a perder la cabeza. Necesito salir, aunque sea un rato. Por favor.

Este evento me devuelve de una patada a la realidad. Todo el jugueteo de Federico durante mi tiempo en el ático (una charla rápida, una frase con doble sentido, flirteo gratis) me distrajo del hecho de que era una prisionera.

Cuando él desapareció y el silencio tomó el control, comencé a dudar de cuán fuerte era mi psiquis.

Él me observa con una atención inquietante, primero un ojo, luego el otro, como si intentara encontrar la grieta exacta por donde entrar. Después me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos, lento, demasiado suave para alguien como él.

—Quieres salir. —No es una pregunta.

Asiento.

—Por favor —repito, odiando lo mucho que necesito que acepte.

Federico se toma unos segundos, y cada uno de ellos parece calculado solo para torturarme.

—¿Y qué gano yo si te dejo salir?

—¿Conciencia? ¿Un corazón?

—No necesito ninguna de esas dos cosas —responde, divertido—. Ofréceme algo tentador.

Tomo aire. No sé por qué finjo no entender lo que está insinuando.

—¿Mis servicios legales gratis?

Niega con la cabeza. Una media sonrisa empieza a asomarle en la boca.

—¿Cuánto tiempo fuera? —pregunto.

—Depende de tu oferta. Pueden ser quince minutos, una hora, dos…, quizá siete.

—¿Siete horas? Vaya. ¿Y qué tendría que hacer para ganar siete horas?

Federico apoya una mano en el respaldo del sofá y se inclina hacia mí, demasiado cerca.

—Sabes muy bien lo que tendrías que hacer.

—Sí —respondo con sequedad—. Entregar mis convicciones.

Su sonrisa se vuelve más oscura.

—No necesito tanto, Elena.

Yo sí.

—¿De verdad estás negociando mi libertad como si fuera una moneda de cambio?

Se recuesta en el sofá, tranquilo, demasiado cómodo con su propia crueldad.

—Te traje aquí a la fuerza —me recuerda—. No sé por qué te sorprende que sea capaz de negociar con ventaja.

Tiene razón, y eso me irrita más que cualquier amenaza.

—¿Cuánto tiempo por un beso? —pregunto sin mirarlo, aunque siento su atención clavada en mí.

—Una hora —responde, como si acabara de cerrar un trato importante.

—Creí que dirías quince minutos.

—Tus besos cotizan diferente.

Asiento una vez, despacio.

El silencio se instala entre nosotros, pesado y lleno de cosas que ninguno se atreve a nombrar.

—¿Aceptas? —pregunta al fin, con una cautela que no esperaba.

—Sí, acepto. ¿Cuándo?

—¿Cuándo quiero el beso o cuándo salimos?

—Las dos cosas.

Federico se levanta y extiende la mano hacia mí.

—Vamos —ordena, con esa sonrisa de hombre que siempre consigue convertir una concesión en victoria—. Vamos a recorrer tu preciada ciudad.

Abrazo a mi madre con fuerza.

No ha pasado tanto tiempo desde la última vez que la vi, pero la necesitaba. Necesitaba su olor a harina, café y azúcar; sus manos en mi espalda; esa forma suya de abrazarme como si pudiera sanar todas las heridas.

Federico permanece detrás de mí, demasiado cerca para ser una simple sombra y demasiado quieto para fingir indiferencia.

Lleva la camisa negra arremangada, los brazos tatuados al descubierto y esa expresión de hombre que no se relaja ni siquiera dentro de una pastelería llena de familias, vitrinas y bandejas de cannoli.

No le gusta verme en el exterior. Lo noto en la tensión de su mandíbula, en la manera en que revisa la puerta, las mesas, los clientes y hasta a las empleadas que fingen no mirarnos.

Me pregunto si es su lado más psicópata peleando contra la idea de verme libre, aunque sea durante una hora comprada con un beso que todavía no le he pagado.

—¿Qué haces aquí? —pregunta mi madre junto a mi oído.

—Soy buena negociando. Esto es temporal —susurro rápido, antes de soltarla.

Mi madre mira a Federico, y él inclina la cabeza con esa cortesía antigua que vuelve más inquietante todo lo que hace. Luego le da dos besos en la mejilla, como si esta fuera una visita normal y no una concesión vigilada.

—¿Cómo estás, Alondra? —pregunta con la misma seriedad que usa cuando sale de su torre y recuerda que el mundo entero puede ser una amenaza.

—Bien —responde mi madre—. Gracias por traerla.

—No fue gratis —aclara Federico, con una calma siniestra—. Eso te lo aseguro.

Pongo los ojos en blanco.

—Mamá, ¿estás bien? —bajo la voz para que solo ella pueda oírme.

Mi madre me observa durante un segundo de más, como si intentara leer en mi cara todo lo que no puedo decirle delante de Federico. Sus ojos me recorren el rostro, los hombros, las manos; busca señales de daño, de miedo, de algo que pueda confirmar sus peores pensamientos.

Después asiente, aunque la angustia no desaparece del todo de su expresión.

—Estoy bien, hija —mi madre tarda apenas un segundo en responder, pero ese segundo basta para que algo se me cierre en el pecho. Primero me mira a mí; luego, inevitablemente, mira a Federico. Y el gesto no pasa desapercibido para el don.

En realidad, creo que nada se le escapa: ni los clientes que bajan la voz, ni el silencio breve que se forma alrededor de nosotros como una burbuja incómoda.

—Hay algo que quiero deciros… —empieza mi madre. Su voz baja hace que esa frase pese más que cualquier amenaza.

—Aquí no, ¿tienes un lugar privado? —pregunta Federico, sujetándome el brazo inesperadamente.

Mi madre asiente y nos lleva a la cocina.

—Espera que revise primero —dice Federico.

No pregunto demasiado. Sus protocolos a veces son absurdos, pero cuando nota mi mirada, explica:

—Podría ser una emboscada… o podría haber alguien esperando con un arma ahí dentro.

—¿En la cocina de este lugar? —susurra mi madre cuando pasa a su lado.

—Hasta en el recto de los cocineros soy capaz de buscar si es necesario, Alondra —responde sin rastro de humor.

—No tienes idea con quién estás hablando —murmuro, lo bastante bajo para que no me escuche.

Federico apenas reacciona. Se asoma, inspecciona.

Un segundo, dos.

—Limpio.

Me toma del brazo otra vez, más firme, y me arrastra con él, dejando a mi madre delante.

Está nerviosa; nunca la había visto así. Acomoda algunas cosas, limpia harina con la mano, hasta que Federico la interrumpe:

—Alondra, habla.

Lo miro con cara de pocos amigos. Entonces noto algo: la cocina está completamente vacía.

No hay nadie.

Frunzo el ceño, confundida, hasta que caigo en la cuenta de que Federico seguramente echó a todos.

—Vino Carlo hace unos días —declara, cruzando los brazos y encorvándose, como si se protegiera—. Hizo preguntas… raras.

—¿Raras? —repite Federico.

—Sí. Primero, sabe que tienes a Elena. Estaba furioso por eso. Me pidió que interfiera, pero le expliqué que esto es por su culpa, de nadie más.

—Naturalmente, él no entiende que sus acciones tienen consecuencias —dice.

—Supongo que no —continúa mi madre—. Le aseguré que Elena estaba bien, que la vi con mis propios ojos…, y ahora quiere saber dónde la tienes.

La expresión de Federico apenas cambia.

—¿Y qué más?

—Me dijo que está resolviendo esto, que no me preocupe, que Elena volverá a casa en poco tiempo.

Federico suelta una leve burla, una risita contenida.

—Lo único que puede resolver Carlo es la contraseña para acceder a su móvil.

No debería, pero estoy de acuerdo.

Lo que no entiendo… es otra cosa.

Miro a mi madre, la observo, la busco, pero algo no encaja.

¿Por qué suena… como si estuviera de su lado? ¿Por qué parece más tranquila hablando con él que conmigo?

Entonces cae la evidencia, pesada, inevitable: mi madre le debe lealtad a Federico.

—Le dije que no se metiera, pero parece muy confiado.

—¿Qué más tienes para decir, Alondra?

—Él… cree que estoy de tu lado y me amenazó por eso.

La sangre me burbujea.

El agarre de Federico se vuelve más firme, como si supiera que quiero prender fuego al mundo con esa información.

—No te preocupes, tendrás vigilancia. ¿Algo más?

—No, eso es todo.

—Bien —dice, llevándome otra vez—. Tienes mi móvil; escríbeme, o a Faustino, si algo ocurre.

—Lo haré.

Como siempre, no tengo poder en esta conversación. Soy simplemente el objeto que va y viene.

Me despido de mi madre con un abrazo y, de regreso, estoy en el Porsche, camino al ático.