16 Federico
Me estaba irritando de verdad.
Quería hacer esto desde el día en que interrumpí su cita en mi restaurante y vi sus labios tensarse en una línea obstinada.
Elena intenta empujarme, pero no puede contra la presión de mi boca ni contra mi cuerpo, que la guía hasta la pared más cercana. La encierro allí, sostenido por la necesidad brutal de sentirla cerca, de hacerla mía, aunque sea durante un segundo.
Le sujeto los brazos antes de que vuelva a golpearme el pecho.
Mis labios insisten sobre los suyos, probando, provocando, hasta encontrar esa resistencia que no termina de ser rechazo.
Elena pelea porque necesita convencerse de que no quiere esto; yo, por el contrario, noto cada cambio en su respiración, cada tensión en su cuerpo, cada señal que intenta ocultarme cuando me acerco demasiado.
Y después de verla trabajar todo el día, con el ceño fruncido, los ojos fijos en el ordenador y la mano moviéndose sin descanso sobre sus notas, esa versión suya de abogada implacable me dejó al límite.
Al final, sus brazos ceden, tal como sabía que ocurriría. Deja de golpearme el pecho y, aunque se resiste todavía por orgullo, termina fundiéndose contra mi calor.
Aprovecho ese instante para pedir permiso de la única manera que mi cuerpo entiende: con la lengua, rozando la línea de sus labios antes de deslizarme en su boca tibia.
Elena gime cuando rompo esa última barrera. Le acaricio el rostro con una suavidad que ni yo esperaba, y entonces su lengua responde a la mía, primero con cautela, después con una rendición que me incendia entero.
La descarga me atraviesa directo, brutal, inevitable.
Joder. Besarla es demasiado.
Me acerco más, incapaz de conformarme con su boca, con la sensación de tenerla contra mí y no poder tomar todo lo que deseo. La necesidad me vuelve impaciente, casi furioso.
Mis manos bajan hasta su cintura y la aferran contra mi pecho. Ella deja caer los brazos sobre mis hombros y, antes de darme cuenta, su cuerpo encaja con el mío como si esa cercanía llevara esperándonos demasiado tiempo.
Una parte de mí quiere reírse, cruel y satisfecha, por lo rápido que ha dejado de luchar contra este beso.
Otra quiere decirle que esto no es un final, sino el principio.
Pero pensarlo es una cosa; usar la boca para decirlo y arruinar este momento es otra muy distinta.
Nunca había dudado tanto con una mujer. Siento que cualquier movimiento en falso puede despertarla de golpe y devolverme a la fiera que ha estado intentando morderme desde el primer día.
Y aunque una parte de mí quiera demostrarle que nadie desafía a Federico Romano sin consecuencias, otra entiende que lo más inteligente es detenerme aquí: dejarla encendida, furiosa, y enviarla a su habitación como si fuera ella quien hubiera perdido el control.
Convertirme en una obsesión para ella, en una necesidad difícil de ignorar. Ese debería ser mi objetivo principal. Porque sé que vamos a terminar juntos. Ella todavía no lo sabe, o no quiere admitirlo, pero yo sí.
Me separo despacio de su boca. Cuando bajo la mirada, Elena sigue con los ojos cerrados.
No digo nada.
Ella tampoco.
Cuando por fin los abre, sus ojos están salvajes, encendidos, furiosos, y me encantan.
Me golpea el pecho con el puño. Fuerte, más fuerte de lo que esperaba.
Aun así, me río.
—¿Qué pasa, Elena?
—¡Idiota! —me grita a la cara.
Cuando intenta alcanzarme el rostro, le sujeto la muñeca a centímetros de lograrlo.
—Cuidado, Bianchi. No olvides quién soy.
—Imposible olvidarlo. Acabas de demostrar que siempre obtienes lo que quieres, incluso si tienes que forzarlo.
Le aprieto la muñeca y la atraigo hacia mí. Nuestros labios quedan a punto de rozarse otra vez.
—Agradece que todavía estoy intentando controlarme.
—¿Eso debería tranquilizarme?
Me río por lo bajo, oscuro, demasiado satisfecho.
—Sigue engañándote si quieres. Los dos sabemos que esto no termina aquí.
—Sigue soñando —amenaza, aunque sus ojos se quedan demasiado tiempo en mi boca.
—Mis sueños suelen cumplirse, Elena. Sobre todo, cuando me propongo hacerlos realidad.
Le rozo el labio inferior con el pulgar, despacio, solo para verla contener el aliento. Ella intenta apartarse, pero la pared se lo impide.
Sé que, si vuelvo a besarla ahora, perderé el poco control que me queda. Por eso respiro hondo y me aparto.
Cruzo los brazos y arqueo una ceja.
—¿Qué esperas? Ve corriendo a tu habitación, conviérteme en tu enemigo y sigue mintiéndote. Es lo que mejor haces.
Abre la boca para responder, pero se arrepiente antes de soltar una sola palabra.
Aun así, pasa junto a mí y me empuja con el hombro al salir.
Escucho su puerta cerrarse y me río mientras me acaricio los labios.
Durante el resto de la semana me concentro en una sola tarea: ignorarla.
Si pensé que mi beso la había enfurecido, estaba muy equivocado. Ahora sí está furiosa.
Naturalmente, me regodeo al verla desesperarse por mi atención. No importa cuánto se esfuerce en la bicicleta, ni qué prendas use para provocar una reacción: no la miro. Intercambio con ella una o dos palabras, nada más, y paso fuera del ático todo el tiempo que puedo.
Hay días en los que ni siquiera la veo, porque vuelvo demasiado tarde y ella ya está dormida.
Sí, durante un segundo considero la posibilidad de entrar en su habitación mientras duerme. Pero si quiero que esto funcione, tengo que mantener a raya mi lado más desequilibrado.
El sábado, por fin, se detiene el juego.
Elena entra en el salón con decisión y me encuentra en el sofá, leyendo, con un plato de cannoli sobre la mesa de café.
¿Es un anzuelo? Por supuesto.
Miro por encima de la página, con una ceja arqueada.
No digo nada. Solo espero a que se trague el orgullo y venga a mí. Si puede ser de rodillas, mejor. Pero Elena no hace eso: se acerca al plato y yo, con el pie, lo alejo de su alcance.
—Dudo muchísimo que tu madre no te haya enseñado modales, Elena.
—¿Ahora también tengo que rogar por comida? —pregunta, cruzándose de brazos.
Mi media sonrisa se extiende, viciosa, por mi rostro.
Sabe la respuesta.
—Elena —digo, dejando el libro a un lado—, ¿tienes hambre?
Cierra los puños hasta que los nudillos se le ponen blancos.
—Esta actitud te queda fatal, Federico. ¿Cómo puedes contradecirte así?
—¿Cómo?
—Un día dices que no quieres seguir siendo el típico don que hace lo que quiere, y al siguiente me privas de una necesidad básica.
Me levanto y camino hacia ella. Como la fiera que es, no retrocede.
Solo para molestarla, le coloco un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Tú me privas de tus labios todos los días y no me escuchas quejarme.
—No. Lo tuyo es hacerme pasar hambre.
—¿Y crees que no es hambre lo que yo siento por ti? —susurro.
Ella abre la boca, pero no encuentra nada inteligente que decir. Aprovecho el silencio y dejo un beso suave sobre sus labios, sin apartar la mirada.
—¿Quieres cannoli, Elena? —murmuro.
—S-sí…
Por supuesto, lo del plato era solo una trampa. Nunca la privaría de nada, mucho menos de su mayor debilidad: la comida.
Hoy tenemos la reunión para preparar el Comité aquí, únicamente porque no quería dejarla sola más tiempo del necesario.
Podría haberla convocado en el Purgatorio, en el depósito o en cualquiera de los lugares donde mis hombres se sienten más cómodos, pero eso habría significado pasar más horas lejos de ella.
Y, aunque me moleste admitirlo, últimamente todo lo que me aleja de Elena empieza a parecerme una mala decisión.
Ahora empiezo a arrepentirme de haberlos citado a todos en mi casa. No porque no confíe en ellos, sino porque conozco demasiado bien a los hombres que me rodean: observan, calculan, sacan conclusiones incluso de lo que uno no dice.
Y Elena, con esa boca afilada y esa manera insolente de sostenerme la mirada, no es precisamente algo que pueda pasar desapercibido. Pero eso no significa que no pueda divertirme con ella un rato antes de que la casa se llene.