15 Elena #2
La boca de Federico se curva apenas. Una sonrisa mínima, peligrosa, orgullosa.
Como si mi opinión le importara más de lo que debería.
Cuando Ignacio se marcha, Santino lo acompaña hasta la salida y nos deja solos en el reservado.
La mesa parece quedar en silencio, aunque el Purgatorio sigue latiendo alrededor.
Federico permanece quieto, sigiloso, con la mirada perdida en algún punto de la mesa.
Probablemente está atando cabos, ordenando cada dato que Ignacio acaba de dejar sobre el tablero como si fueran piezas de una partida que yo apenas empiezo a comprender.
De pronto sus ojos se posan en mí.
—Ignacio será el reemplazo de tu padre —dice—. ¿Lo apruebas?
Me resulta extraño que espere mi opinión. O, al menos, eso es lo que asumiría de un mafioso acostumbrado a decidirlo todo sin consultar a nadie.
—Buscas lealtad, ¿no es así?
—Sí —responde de inmediato, mirándome con tanta intensidad que parece atravesarme.
—Entonces, creo que Ignacio es leal a tu nombre. Y eso, por lo que he visto, no se encuentra tan a menudo.
Una media sonrisa, maligna y hermosa de una forma irritante, se derrama por su rostro.
—Mírate —murmura—. Prácticamente ya eres parte de los Romano. ¿Segura de que no quieres ser mi abogada?
—Ya tienes abogado —respondo, siguiéndole el juego. No suelo hacerlo, pero esta vez no puedo evitarlo.
—Lo despido ahora mismo —dice, llevándose una mano al interior del traje para buscar el móvil.
Le sujeto el brazo antes de que lo alcance. Federico, por supuesto, no desaprovecha la oportunidad: gira la muñeca, me atrapa la mano y entrelaza sus dedos con los míos con una naturalidad insultante, como si ese contacto también hubiera estado previsto desde el principio.
Se la retiro unos segundos después, más por orgullo que por verdadera convicción.
—La información que me diste esta noche —le recuerdo, obligándome a volver al terreno seguro del trabajo—. Necesito empezar a desglosarla. Quiero un espacio donde pueda pensar, ordenar datos y trabajar sin interrupciones.
Federico me observa un instante, como si hubiera escuchado otra cosa debajo de mis palabras. Una sonrisa pícara se vuelve a dibujar en su rostro.
—Lo que quieras de mí, Elena —dice en voz baja—, solo tienes que pedirlo y será tuyo.
Al día siguiente, Federico cumple su parte del trato: tengo todo lo que necesito para empezar a trabajar.
Me enseña el espacio que será mi despacho provisional. Por supuesto, está justo enfrente de su habitación. Hay escritorio, ordenador, carpetas, bolígrafos, una lámpara impecable y suficiente silencio como para fingir que esto es una oficina normal.
No lo es.
El acceso a internet está restringido y monitoreado por el gran sultán de esta prisión, porque Federico Romano puede darme herramientas, pero jamás confianza absoluta.
Y, como si eso no fuera suficiente, el maldito ordenó quitar las puertas para poder vigilarme desde su cama.
Así que mientras yo intento armar un caso, el capo me observa relajado entre sus sábanas; lee un libro, pero espía por encima de las páginas cada dos por tres, como si yo fuera una línea más interesante que cualquiera escrita allí.
Durante las primeras horas logro ignorarlo. Reviso nombres, fechas, movimientos de las últimas horas de Cucu, posibles accesos a la casa, ordeno los datos como puedo, separando sospechas de hechos verificables.
Pero, para el mediodía, Federico deja caer el libro sobre la cama y anuncia que vamos a almorzar. Sabe que puedo discutir casi cualquier cosa, menos una comida. Saltarme el almuerzo no está en mi naturaleza.
Nunca fui de elegir un sitio fijo en la mesa familiar de mi casa. Nos sentábamos donde se nos antojaba. Aquí, en cambio, siempre termino escogiendo la silla junto a Federico.
Él, naturalmente, ocupa la cabecera.
—¿Qué habrías preferido? —pregunta mientras corta la carne de su plato. Los jugos se mezclan con el puré de patata—. ¿Que matara a tu padre o esto?
Señala alrededor, como si el ático y mi encierro fueran argumentos válidos.
Pienso bien la respuesta. Mi padre representa casi todo lo malo que ocurrió en mi familia, pero sé que a mi madre le dolería verlo muerto, aunque fuera como consecuencia de sus propias decisiones.
—No estoy segura —admito—. Mi lado más frío cree que todo sería mejor y, sobre todo, más fácil si mi padre simplemente desapareciera. Pero también sé que para mi madre sería devastador. ¿Por qué me lo preguntas?
Federico mira su plato antes de responder. Pasa la yema del pulgar por el filo del cuchillo con una calma inquietante.
Me parece que le encanta hacer eso.
—Hay días en que me levanto con ganas de matarlo —confiesa—. Y estoy a una sola llamada de conseguirlo. El problema es que ahora trabaja para alguien más, y sabe que tú trabajas para mí.
Eso me deja confundida.
Había pensado en mi madre, no en lo que mi padre podría hacer con la información de que estoy colaborando con Federico.
—No me arrepiento, si eso era lo que estabas pensando —añade—. De lo único que me arrepiento es de no haberlo torturado más tiempo.
Obviamente, mi apetito se esfuma con esa conversación. Federico, en cambio, sigue almorzando como si acabara de comentar el clima.
Por la tarde apago el ordenador y me estiro en la silla. Ha sido un día de recopilación de información y mi cabeza está agotada.
—¡Elena! —grita Federico desde su habitación.
Está descalzo, con vaqueros, una camiseta negra desabrochada hasta el pecho y un control remoto en la mano.
—Ven. Voy a poner una película.
Levanto una ceja.
—No voy a acostarme en tu cama, Federico.
—¿Por qué no? —pregunta, genuinamente confundido.
Es demasiado.
—Porque conozco tu cerebro y no quiero que imagine cosas que no son.
Se ríe. Durante un segundo creo que es por lo que he dicho, hasta que retoma la compostura y agrega:
—No era una sugerencia.
Pocas veces he sentido el cuerpo tan tenso.
Del techo descendió una pantalla más fina que mi móvil y ahora estamos los dos acostados en su cama, viendo una película de la que no consigo seguir ni una sola escena.
No puedo relajarme.
Federico se ríe en las partes violentas, lo cual me perturba más de lo que quiero admitir. Él, en cambio, parece realmente cómodo: un brazo detrás de la cabeza, los tobillos cruzados y el cuerpo extendido como si esta situación fuera lo más natural del mundo.
Yo parezco una momia. Estoy paralizada, no solo por él, sino por todo lo que lo rodea: su cama, su cercanía, su olor, el perfume que queda suspendido en el aire como una amenaza suave.
—Hollywood no tiene ni idea de lo que ocurre en nuestro mundo… —murmura.
Lo miro de soslayo. Su nariz romana me roba la atención antes de que pueda evitarlo.
—¿Por qué?
—Creen que el mundo mafioso funciona como un cerebro eficiente y macabro. La mayoría de las veces, resolvemos problemas sobre la marcha y sin pensar demasiado. Énfasis en «sin pensar demasiado». Mírame: con mi cautiva en la cama, viendo una película.
—Al menos recuerdas que estoy aquí en contra de mi voluntad.
—Sí —dice, poniendo la película en pausa—. Pero, lamentablemente para ti, lo disfruto demasiado.
Sus ojos me recorren el rostro durante un instante más largo de lo esperado. Después, sin añadir nada, vuelve a poner la película.
La historia se vuelve más oscura con cada minuto. Tanto que termino cubriéndome la cara cuando la sangre ocupa demasiado espacio en la pantalla.
—Ven —ordena—. Tápate conmigo.
—Federico, no —respondo tajante—. Deja de fingir que esto no es otro intento de llevarme a tu cama.
Su risa profunda me abre una grieta en el cuerpo, pero me obligo a resistir.
—Ya estás en mi cama, Elena.
Chisto por lo bajo y cruzo los brazos sobre el estómago. Me propongo no volver a demostrar nada durante el resto de la película.
Cuando empiezan los créditos, Federico apaga la televisión y se incorpora en la cama.
—¿Tan difícil fue ver algo conmigo? —pregunta sin mirarme a los ojos.
Yo sí lo miro. Y cuando detecto una sombra de tristeza en su expresión, la grieta se abre un poco más.
Suspiro, intentando calmar el dolor incómodo que se me instala en el pecho.
—La próxima vez que quieras hacer algo conmigo, pregúntame. No me obligues.
Me levanto y camino con rapidez hacia la salida, pero Federico me intercepta antes de que alcance la puerta.
—Respeta mi respuesta, sé que es difícil de asimilar, que alguien no quiera pasar tiempo contigo, pero debes entender que…
Federico me silencia.
Con un beso.