15 Elena
No le doy vueltas al hecho de estar fuera del ático, ni le recuerdo a Federico que se suponía que no podía salir.
Simplemente respiro y actúo como si no significara gran cosa salir de esa casa.
Calma, Elena, que esto es buena señal.
El Purgatorio no tiene cartel.
Eso es lo primero que observo cuando el coche se detiene en una calle del Meatpacking donde los edificios parecen haber envejecido con clase, algo que Nueva York solo concede a los lugares caros o peligrosos.
Federico baja primero y me ofrece la mano, no la tomo de inmediato. Él sonríe, paciente de una manera que siempre me hace desconfiar.
La entrada está hundida medio piso bajo el nivel de la calle. Hay tres escalones de piedra negra, una puerta sin indicaciones y un hombre enorme apoyado junto a ella, vestido de traje oscuro, con un auricular discreto y la mirada de alguien que decide quién pasa y quién no.
Cuando ve a Federico, no pregunta nada. Solo endereza la espalda y abre la puerta.
—Don Federico.
Federico apenas inclina la cabeza. Su mano se posa en mi espalda baja, no con fuerza, pero sí con suficiente claridad para recordarme que, aquí dentro, todos van a entender antes que yo qué papel se supone que ocupo.
Me dan ganas de gritar: «¡Soy prisionera! Ayuda», pero sé que es en vano, nadie aquí va a ir en contra del don.
Bajamos por las escaleras y el mundo cambia.
El aire del Purgatorio es tibio, espeso, perfumado con alcohol caro, humo viejo incrustado en la madera y algo dulce que no sé identificar.
La luz ámbar cae desde lámparas bajas y lo vuelve todo más íntimo: las conversaciones, los movimientos de las manos, las miradas que se levantan apenas Federico entra.
No es un club grande, tiene ladrillo descubierto, columnas oscuras, reservados de terciopelo granate y mesas pequeñas donde nadie parece estar solo, aunque nadie parezca acompañado del todo.
La música es un jazz oscuro, algo sucio y melancólico, que se desliza entre la gente como si buscara seducirlos.
Hay mujeres demasiado elegantes para estar borrachas, hombres demasiado tranquilos para ser inocentes y camareros que se mueven con una precisión casi militar.
Nadie tropieza, nadie grita, nadie llama la atención.
Entonces aparece Santino con sus facciones afiladas y una media sonrisa de galán que estoy segura de que consiguió que más de una mujer cayera en la trampa.
Viste de negro, pero en él no parece uniforme; parece una intención.
La camisa abierta en el cuello, el pelo oscuro peinado hacia atrás con esa despreocupación perfecta de los hombres que saben exactamente qué efecto causan.
—Federico —saluda, abriendo los brazos. Lo besa dos veces en la mejilla—. Me traes visitas y no avisas. Eso, para mí, es una falta de respeto.
—Si te avisara, tendrías tiempo de hacerte el interesante —responde Federico, su mano se mantiene firme en mi espalda baja.
—Yo siempre soy interesante. —Santino gira los ojos hacia mí—. Elena, querida.
—Hola, Santino —contesto.
—Bienvenida a mi humilde morada —señala a su alrededor—; lo que necesites, pídelo, aquí estoy para serviros.
Federico lo empuja como empujaría a un hermano con el que tiene confianza.
—Deja de jugar con fuego, Santino.
Santino suelta una risa breve y mira a Federico con una satisfacción infantil.
—No puedes cegar a todos los buenos hombres de este establecimiento, Federico.
—Que recen los que la miren demasiado. Yo no perdono, y Dios está muy ocupado —devuelve sin una gota de gracia.
Santino me mira de soslayo y suelta un guiño, pero no agrega más, nos guía hacia el fondo, a una zona elevada apenas tres escalones sobre el resto del local.
Desde allí se ve todo sin estar tan expuestos.
Federico camina como si el lugar le perteneciera, pero Santino se mueve como si el lugar respirara por él.
Cada camarero inclina la cabeza al verlo, cada guardia ajusta su postura.
Administrar, en este mundo, no significa hacer cuentas detrás de una puerta. Significa saber quién entra, quién bebe, quién miente, quién debe dinero y quién no va a salir de aquí.
—Tu mesa está lista —dice, señalando el reservado del fondo—. Y antes de que preguntes, sí, está esperándote hace unas dos horas, aproximadamente.
Federico sonríe apenas.
—Bien.
Mi mirada va de uno a otro. Federico no parece sorprendido, tampoco complacido. Solo conforme, como si esa clase de pequeñas humillaciones formara parte de un idioma que todos aquí hablan con fluidez.
Yo, en cambio, sigo aprendiendo la gramática.
Subimos los tres escalones hacia el reservado y, al llegar, encuentro un hombre sentado en la esquina, con las manos entrelazadas sobre la mesa y la espalda recta, como si el sofá fuera en realidad un banco de iglesia.
No parece cómodo y, aun así, no se mueve.
Tiene el pelo gris cortado al ras, la piel curtida por el frío del puerto y una cicatriz fina que le parte el labio en dos.
Cuando Federico aparece, el hombre se pone de pie de inmediato. No rápido, no nervioso, preciso. Como si ese movimiento lo hubiera practicado durante años.
—Don Federico —saluda, inclinando apenas la cabeza.
Federico no le ofrece la mano. Le apoya dos dedos en el hombro, un gesto breve, casi invisible, pero el hombre lo recibe como si acabaran de ponerle una medalla.
—Ignacio Alori —dice Federico, y su voz cambia de forma sutil. Menos espectáculo, más reconocimiento—. Hace años que no te sientas conmigo.
—Porque hacía años que no era necesario, don —responde él—. Yo trabajo mejor donde no estorbo.
Santino suelta una risa baja y se sirve una copa sin preguntar. Federico me guía hasta sentarme a su lado y después ocupa el centro del reservado, no la cabecera, porque aquí no hay mesa familiar. Aquí hay sombras, vasos gruesos y hombres que se miden hasta la forma en que respiran.
—Massimo dice que llevas el puerto en la cabeza —comenta Federico.
Aunque Massimo no está aquí, se siente su peso.
—El puerto no cabe en una cabeza, don Federico. Cambia demasiado, lo que cabe son los hombres que lo mueven.
Federico apoya un codo en el respaldo del sofá, relajado solo en apariencia.
—Entonces, dime qué hombres se están moviendo.
Ignacio baja la mirada hacia su vaso vacío, no lo toca.
—Los pescadores están llegando antes de que salga el sol.
No entiendo nada.
Santino, en cambio, deja de sonreír.
—¿Qué pescadores? —pregunta Federico.
—Camiones sin logo, matrículas limpias, conductores que no saludan. Dos noches seguidas cerca del muelle treinta y cuatro. No descargan, esperan.
Federico no pestañea.
—¿De quién son?
—De nadie que firme con su nombre. Pero uno de los conductores compra café en Brighton. Paga con billetes doblados en cuatro. Ese es un hábito viejo de los rusos.
Santino chasquea la lengua.
—Yakov no tiene barcos.
—No necesita barcos si alguien le presta agua —responde Ignacio.
Ahí está otra vez. El idioma dentro del idioma, como lo que hacemos mi madre y yo.
Agua no significa agua, pescadores no significa pescadores, café no significa café. Y, sin embargo, ninguno parece estar fingiendo. Hablan como si el mundo tuviera una segunda capa y ellos llevaran toda la vida caminando por ella.
Me descubro inclinada hacia delante.
Fascinada.
Y eso me irrita muchísimo.
—Carlo está metiendo la nariz —dice Federico.
No es una pregunta.
Ignacio me mira por primera vez, solo un segundo.
Lo suficiente para recordarme que mi apellido no es un adorno en esta conversación.
—Carlo está hablando con ellos antes de que ocurra todo —apunta—. Quizá no pueda cargar con nada, pero avisa a las demás ratas dónde está la comida.
Federico sonríe sin humor.
—Siempre fuiste poético para un soldado.
—Siempre fui viejo para mi edad, don.
—Y leal.
Ignacio endereza un poco más la espalda.
—Cuando su padre me puso en la calle, yo seguí trabajando para el apellido. Cuando usted tomó la silla, yo seguí trabajando para usted. Nunca pedí más porque los hombres que piden demasiado suelen terminar creyendo que merecen todo.
Federico lo estudia un momento.
Ignacio Alori no tiene el encanto de Santino ni la elegancia filosa de Massimo.
No tiene el peligro hermoso de Faustino ni esa oscuridad silenciosa que arrastra Nero.
Ignacio parece otra cosa: un hombre de puerto, un hombre de barro, óxido y turnos nocturnos.
Un soldado viejo que sabe dónde se esconden las llaves porque lleva demasiado tiempo viendo a los demás perderlas.
Y quizá por eso me parece más peligroso.
—Si te doy el puerto —dice Federico—, ¿qué haces primero?
Ignacio no sonríe, eso me gusta.
—Cambio las cerraduras sin tocar las puertas.
Federico inclina apenas la cabeza.
—Explícate.
—No echo a nadie el primer día. No levanto polvo; los hombres de Carlo están esperando que alguien llegue con escoba para saber dónde esconder la basura.
Yo dejo que crean que todo sigue igual y cambio los turnos, las rutas, los teléfonos, diariamente.
Que el que quiera vender información no sepa qué tiene en la mano.
Santino levanta su copa, casi aprobando.
—Me cae bien.
—Tú no votas —dice Federico.
—Qué lástima.
Federico lo ignora y vuelve a Ignacio.
—¿Y si Carlo intenta entrar por una puerta vieja?
—Entonces, encontrará una casa nueva con los muebles en el mismo sitio —dice Ignacio—. Y cuando crea que conoce el camino, se romperá la nariz contra una pared.
Se me escapa una respiración breve, casi una risa.
Federico gira los ojos hacia mí.
—¿Algo que aportar, abogada?
Todos me miran.
Me dan ganas de decir que no entiendo una mierda. Que, si esto fuera una declaración jurada, pediría que hablaran como personas normales. Pero también sé que eso sería mentira.
—No ha intentado venderte certezas —digo despacio, mirando a Ignacio—. Eso es raro en alguien que quiere un puesto. La mayoría exageraría lo que sabe para parecer imprescindible. Él está haciendo lo contrario: te está diciendo lo suficiente para que compruebes el resto.
Ignacio baja la mirada, pero no parece ofendido.