14 Federico
Noc, noc.
La puerta se abre y me abalanzo a mirar.
Elena está del otro lado, estirándose el vestido a la altura de los muslos con nerviosismo. Uno negro, con un escote delicado que deja a cualquiera perdido en su imaginación.
Su maquillaje es leve, centrado en resaltar los ojos. El cabello liso le cae sobre el pecho.
Tomo aire profundamente y me acomodo la garganta antes de hablar.
—Eres hermosa, Elena Bianchi.
No «estás». No es temporal, es continuo. Es hermosa, no importa lo que se ponga.
Ella me concede una leve sonrisa.
—Gracias, Federico.
Estiro el brazo para que lo coja y, cuando lo hace, apoyo la mano sobre la de ella; está tensa, mi pobre Elena, pero ¿puedo culparla? Soy el hombre que la arrancó de su vida para dar un mensaje a la mafia neoyorquina, un mafioso tosco y tatuado, la representación de todo lo que odia.
Se detiene cuando ve la mesa. Con un susurro cerca de su oído, le doy la explicación:
—Elvira se fue y Faustino también. Somos solo tú y yo esta noche.
Eso hace que me mire, quizá un poco asustada por la repentina soledad en mi piso.
Señalo la silla y la alejo de la mesa para que se siente.
Yo me acomodo en la cabecera y abro el vino que espera frente a nosotros. No le pregunto esta vez si quiere o no, lo necesita, igual que yo.
—¿Bajo qué excusa los echaste de la casa? —pregunta mirando cómo el líquido se vierte en su copa.
—No tengo que explicarle nada a nadie, quiero estar a solas y para lograrlo solo debo dar la orden.
Elena bebe de su copa en cuanto termino de servirle; su nerviosismo me hace sonreír.
—Muy amigable tu filosofía.
—Pocas filosofías son amigables, ¿has oído hablar alguna vez del estoicismo? Eso sí que es frío.
Quiero saborear este momento con ella, sin comida que pueda distraerla, que su atención solo esté en mí.
—Un don aficionado a la filosofía…, eso es algo que no se ve por ahí.
—Soy mucho más que un don —digo, jugando con mi copa en la mano; muevo el vino, oxigenándolo—. Detrás del poder hay alguien también.
—Déjame adivinar —formula, apoyando la copa con cuidado en la mesa—, ¿quieres que conozca al hombre oculto tras tu fachada?
—Solo si te animas a mirar.
Elena asiente, valiente e intrépida.
—¿A cuántas personas has matado por haber desobedecido una orden?
Mierda.
Ella se sonríe, victoriosa, porque sabe que esa respuesta solo puede arrojar más sombras sobre mí.
—Más de las que puedo recordar.
—¿Y eso no habla de tu persona?
Levanto los hombros, despreocupado.
—Viene con el trabajo, es inevitable y una pregunta tramposa. Ahora me toca a mí: ¿cuál es el mejor momento del día para Elena Bianchi?
Ella tiene que pensar la respuesta, durante un rato.
—Tras un día de trabajo arduo, una copa de vino y lo que sea que esté viendo en Netflix. —Me sonrío imaginándola desparramada en un sofá, en pijama—. ¿Y para ti?
¿Y para mí?
No lo sé, creo que no tengo uno, pero por ella lo pienso un poco más.
—Este momento entra en el top cinco de los mejores que he tenido.
Elena pone los ojos en blanco, fingiendo fastidio, y me devuelve la sonrisa a la cara.
—¿Demasiado cursi para ti, bella Elena?
—Sí. Hasta empalagoso, diría.
—Es la verdad. No estoy solo en mi casa en ningún momento, pero hoy me siento extrañamente cómodo.
—No estás solo, estoy yo aquí.
—Pero tú ya eres parte de la casa —digo mirando sus ojos turquesas.
Mi mirada la alerta, entiende que me siento atraído por ella, siente mi necesidad y se yergue en la silla.
—¿Hay comida en esta noche, Federico?
—Hay lo que tú quieras que haya…
—Sabes que mi respuesta es comida, ¿no? No sé si fantaseaste otra cosa. Nunca hay otra prioridad en mi vida más que comer.
—Son tus genes hablando. De todas maneras, estás de suerte, no tengo otra prioridad en este momento más que alimentarte.
A pesar de lo que cree mi abuela, Elvira cocina como los dioses. Observo a Elena partir el pan, mojarlo en la salsa y cerrar un segundo los ojos, y algo en mí se altera. Un pensamiento absurdo: la próxima vez cocino yo. Quiero saber si le gusta lo que hago con las manos.
Aprendí de la nonna. A amasar, a matar el ácido del tomate con una pizca de azúcar, a no soltar el arroz del risotto antes de tiempo. Cocinarle a Elena se ha vuelto una necesidad que no sé nombrar. Una compulsión por complacer a la única persona de esta casa que no me debe nada.
—¿Quieres hablar de tu caso? —pregunta.
Se esfuerza por sacar conversación, me gusta que quiera colaborar con este intento mío de acercarme a ella.
—Enseguida. —Dejo la copa—. Pero antes de que me compartas tu teoría sobre mi familia, deja que te cuente algo de ella.
Espera. Siempre espera así, con esa quietud de abogada que sabe que el silencio hace hablar a la gente. La misma técnica que uso yo. Por eso funciona entre nosotros: los dos sabemos lo que hace el otro y aun así lo dejamos pasar.
—Cuando era niño, había noches en las que nadie recordaba que yo tenía que cenar.
Mi padre podía llenar una mesa de hombres, de dinero, de mujeres que no eran mi madre.
Y olvidar que en el piso de arriba había un niño con hambre.
—Giro la copa sobre el mantel—. Al principio pensé que era descuido.
Tardé años en entender que era método. Decía que el hambre templa el carácter.
Elena no me interrumpe, solo escucha.
—La nonna aparecía tarde, cuando la casa ya se había quedado en silencio.
No preguntaba. Me sentaba en la cocina y me ponía un plato delante.
Pasta, sopa, pan si no había otra cosa. Yo comía tan rápido que me dolía, y ella me daba con el canto de la cuchara en los nudillos para que fuera más despacio.
—Una sonrisa se me escapa—. Decía que un hombre sobrevive a casi todo, menos a una casa donde a nadie le importa si ha comido.
—Por eso te gusta verme comer —dice ella. No es una pregunta.
Ladeo la cabeza. La he subestimado otra vez.
—Podría ser eso —admito—. O podría estar contándote todo esto para que bajes la guardia. Para que dejes de mirarme como a un problema que resolver.
No aparta los ojos.
—¿Y cuál de las dos es?
—Las dos. Casi nunca es solo una.
Me observa como si estuviera decidiendo si lo que acabo de decir merece ternura o sospecha. Con ella nunca sé cuál va a ganar. Me gusta no saberlo. Es lo único de esta casa que no puedo predecir.
—Dicen que lo maté —añado—. ¿Qué piensas tu?
Piensa la respuesta. No me da la fácil.
—Creo que… —mide bien sus palabras—. Creo que te entendería. Él no era tu padre biológico, era un monstruo.
Asiento, coincidiendo con ella. No era mi padre, pero quise que lo fuera durante mucho tiempo, creo que fue la necesidad latente de tener a alguien, de sentirme en familia.
Solo mi nonna lograba eso y ni siquiera es mi sangre.
—Me pasé la infancia esperando que me dijera que servía para algo. —La voz se me queda corta—. Murió sin decírmelo y ahora ni siquiera puedo preguntárselo. Eso es lo que me quitaron. No un padre, la última oportunidad de saber si alguna vez fui suficiente.
Miro nuestros platos, los restos de salsa, el pan partido, su copa a medio terminar. Todas esas cosas sencillas que en otra vida quizá no significarían nada.
—Me gusta verte comer —admito, y la frase me cuesta más que todas las anteriores—.
No porque quiera controlarte. Bueno, no solo por eso.
Me gusta porque cuando comes algo que te agrada bajas la guardia, respiras distinto.
Te olvidas durante un segundo de odiarme.
Y entonces siento que tal vez no estoy destruyendo todo lo que toco.
La garganta se me cierra. Detesto cómo suena, detesto haberlo dicho, pero, por sobre todo, detesto que sea cierto.
—Come, Elena —ordeno de golpe. El tono cambia, el aire entre los dos también.
Ella parece recordar de inmediato quién soy y eso es enteramente mi culpa. Sujeta el tenedor, pero puedo ver que se está esforzando por hacerlo.
Durante un instante, el silencio entre nosotros no pesa: respira.
—Joder, no sé querer sin convertirlo en una orden, Elena —murmuro evitando sus ojos—. No sé cuidar sin encerrarlo, sin vigilarlo, sin ponerle hombres en la puerta. En mi mundo, proteger siempre se pareció demasiado a poseer.
Su atención me desarma más que cualquier cañón que me haya apuntado en la vida.
Elena tarda en responder.
—Mucha protección solo termina en una cosa, Federico. Aislamiento absoluto —musita al fin, sin apartar los ojos de mí.
Me permito mirarla un segundo más. La luz de las velas le suaviza el rostro, le incendia con sutileza el borde de los labios. Hay tantas cosas que podría decirle que ninguna parece segura.
Puse música sin pensarlo demasiado. Quizá quería apaciguar aún más el ambiente, llenar el silencio con algo que no nos obligara a nombrar lo que estaba pasando entre los dos.
RAYE suena de fondo, casi como un susurro, con What a difference a day makes.
Estamos en el salón, sentados uno al lado del otro. Mi cuerpo se inclina hacia ella sin que yo pueda evitarlo, mientras la escucho contar historias de sus días en la universidad.
Intento seguir el hilo de lo que dice, pero sus labios rojos me roban la atención una y otra vez.
—No puedo hablar si me miras así.
Me sorprende lo dócil que está esta noche. O quizá no es docilidad; quizá es el vino, la música y esta cercanía peligrosa que ninguno de los dos se atreve a romper.
—Déjame besarte —murmuro—. Tal vez así consiga concentrarme en lo que dices.
Las mejillas se le tiñen de rosa, pero no aparta la mirada de inmediato.
—No —responde, aunque su voz suena menos firme que antes—. Yo no beso a cualquiera.
—No soy cualquiera. Soy tu carcelero.
Se le escapa una risa breve. El vino empieza a hacer efecto, o tal vez yo estoy empezando a hacerlo.
—Peor aún —dice, apoyando una mano en mi pecho para apartarme un poco.
Entiendo un mensaje cuando me lo dicen en la cara, así que le doy espacio a pesar de sentirlo como un evento trágico.
—¿Qué conclusiones sacaste de mi familia, Elena? —pregunto, esta vez con seriedad.
Sus ojos, del color del caribe, se fijan en los míos. Duda entre decirme la verdad o seguir guardándose piezas para ella.
—Necesitaría pasar más tiempo con ellos. Interactué poco como para sacar conclusiones firmes.
—Las primeras impresiones no necesitan tanto tiempo, y los dos lo sabemos. Dime qué pensaste.
Ella asiente y ordena sus ideas. Para una abogada, las palabras importan; quizá no siempre contienen la verdad, pero saben fingirla muy bien.
—Faustino y Massimo son los más cercanos a ti, ¿verdad?
—Mis hermanos. Igual que Nero.
—Cuéntame cómo os conocisteis.
Dejo la copa sobre la mesa de café. La canción cambia a Too sweet, de Hozier.
—Faustino es mi primo hermano, como ya sabes.
Su padre, Aquino Romano, era hermano de mi padre y también su underboss.
Crecimos de una forma parecida, aunque su historia fue distinta: Aquino murió asesinado por los Ferrari después de meterse con una de sus mujeres.
Ellos pidieron represalias; mi padre se negó.
Días después, Aquino apareció muerto en la calle.
Elena cierra los ojos un segundo, como si necesitara procesar con qué clase de personas está tratando.
—Massimo también fue «creado» por mi padre.
Era huérfano en Sicilia; mi padre lo encontró mendigando y lo trajo a vivir a casa.
A diferencia de otros, a él le pagó la universidad y lo formó en derecho para que algún día me protegiera cuando yo tomara el mando.
Nero es parecido. Mi padre lo llamaba el Cuervo por su aspecto y por su habilidad para arrancar ojos sin sentir náuseas. Los cuatro crecimos juntos.
—¿Qué hizo que fueras tú el don y no ellos? Después de todo, no tienes lazos de sangre con Cucu.
—Se dio de forma natural —respondo—. Cada uno terminó ocupando su lugar casi sin pensarlo.
—¿Alguien más sabe que no eres hijo biológico de Cucu?
—Solo ellos —confieso—. Y ahora tú.
—Massimo parece estar siempre tramando algo —admite acariciándose el labio con el dedo índice—. Todo lo que dice parece significar otra cosa.
Me río, conociendo bien a mi consigliere.
—Los gemelos…
—Eran amigos de Massimo en Columbia. Una noche los trajo a la mesa con ideas y negocios. Los Russo venían de una buena familia italiana; siempre han sido aliados naturales de los Romano. Fue una asociación que nos benefició a todos.
—¿Y los demás?
—Aún no los conoces, pero hay más personas trabajando para mí. Familias enteras dependen de esta organización: las alimentamos, les damos beneficios, ayuda. Todo eso pasa por mí.
—¿Carmela los crio a todos?
—Prácticamente —respondo orgulloso de ella—. Para ser una mujer tradicional, nos adoptó a todos como si fuéramos sus nietos de sangre. Le has caído bien, por cierto, créeme que no aprueba a todo el mundo.
Elena detiene una sonrisa que se estaba formando en su rostro, no quiere que vea cuán contenta está por esa noticia.
—Ella cree que seré parte de la familia, por eso.
—¿Es tan descabellada la idea? —pregunto con curiosidad genuina.
Su mirada irónica me hace reír, pero algo dentro de mí duele.
No me gusta la sensación.
—¿Y mi padre? —pregunta cambiando de tema—. ¿Qué papel tenía aquí?
Sujeto el tobillo que descansa sobre mi rodilla. El pie se me empieza a mover, inquieto, al recordar a Carlo Bianchi y cuánto me arrepiento de no haberlo matado.
—Tu padre pertenecía a la vieja escuela de Cucu y Aquino. Lo conservé cuando mi padre murió porque era lo más cómodo, pero debí sacarlo de la organización en cuanto tomé el mando. Es un inútil.
—¿Quién controla ahora el puerto?
—Hay un posible candidato. De hecho, quiero que lo conozcas conmigo.
—¿Cuándo?
—Ahora. Tenemos asuntos que atender en el Purgatorio.