13 Elena
Un buen abogado no empieza por las preguntas. Empieza por el lugar.
Me lo enseñó un viejo socio del bufete, en mi primer año, cuando yo todavía creía que los casos se ganaban con elocuencia: «La gente miente, Elena. Las habitaciones, no».
Así que esta mañana, con Federico fuera y Elvira ocupada en la cocina, hago lo único que puedo hacer sin pedir permiso.
Miro la casa.
Y la casa de Federico Romano es, ya de entrada, una declaración.
Ocupa la última planta de una torre de cristal sobre Manhattan, suspendida tan alto que la ciudad de abajo parece una maqueta.
Todo aquí es pálido y liso: suelos de un blanco impoluto que devuelven la luz, muebles de líneas rectas sin un solo adorno, ventanales que van del techo al suelo y no terminan nunca.
No hay desorden, polvo, color o pasado.
Llevo tres semanas durmiendo aquí y hasta hoy no me había detenido a notarlo. No hay fotografías, ni una. Ningún niño en una playa, ninguna boda, ningún muerto. Un hombre que vive en una casa sin una sola fotografía es un hombre que ha decidido, de manera consciente, no recordar.
Ayer en la casa de la nonna pude aprender que Federico se relaja solo en ese lugar, que por su abuela hace lo que sea, incluso ponerse de rodillas delante de mí para arreglar la cañería.
Aprendí que Massimo es el más inteligente de todos, el más observador y encantador.
Que su primo, Faustino, tiene alma de golden retriever, pero puede convertirse en rottweiler en menos de un chasquido.
Que los gemelos Russo son el yin y el yan, los opuestos que se complementan, la sombra y la luz, el silencio y el ruido.
Santino, por lo que entendí, maneja uno de los clubs de Federico; Purgatorio, asumo que se llama, ya que lo han nombrado varias veces delante de mí.
Fiestas, alcohol, descontrol y mujeres, eso es Santino.
Mientras que su hermano, Valerio, maneja la parte legal de Federico, el intento desesperado de lavar dinero con el sector de bienes raíces.
Un hombre de negocios, serio, pulcro y controlado.
Y después tenemos a el misterioso Nero, a quien no le conocí la voz.
Vestía de negro, por supuesto. Camisa cerrada, pantalones oscuros y una chaqueta que no lograba ocultar del todo los tatuajes que le trepaban por el cuello, las muñecas y los dedos, dibujos negros y densos que parecían extenderse por su cuerpo como una enfermedad.
Tiene el cabello corto, igual de oscuro, peinado hacia atrás de forma descuidada, con varios mechones cayéndole sobre el rostro.
Sus facciones son afiladas, casi demasiado perfectas: mandíbula marcada, pómulos altos y una boca seria que parece incapaz de pronunciar algo amable.
Llevaba pequeños pendientes en una oreja, un detalle extraño en un hombre que parece vestido para asistir a un funeral.
Pero lo que más recuerdo son sus ojos verdes, claros y completamente vacíos, inquietantes y observadores.
Era hermoso, de una manera oscura, como una estatua tallada para adornar la entrada al infierno.
Su papel no fue claro, ni dentro de la familia ni en la organización.
Y por supuesto, no descarto a la cabeza de toda esta organización, Federico.
Por eso estoy empezando por él.
El despacho es la única habitación con carácter. Estanterías oscuras, un escritorio de madera oscura y libros que sí han sido leídos: los lomos rotos, las esquinas blandas. Filosofía, casi toda, Marco Aurelio, Séneca. Un hombre que mata para vivir y lee a estoicos para dormir.
Y, por fin, en un estante alto, lo primero que encuentro de su padre.
Una sola fotografía, la única de toda la casa, y ni siquiera está a la vista: está tumbada boca abajo, como si no hubiera podido soportar mirarla.
La levanto y veo un hombre mayor, duro. La gente de este mundo no sonríe en las fotos; sonreír es enseñar humanidad, y Cucu Romano era todo menos eso.
Lo recuerdo muy bien, tuve encuentros esporádicos y rápidos con él, momentos donde aparecía en mi casa y hablaba con mi padre en su despacho con palabras murmuradas.
Acostumbrada a los adultos siendo suaves conmigo, Cucu pasaba a mi lado y me trataba igual que a un mueble sin valor.
El muerto que tengo que resucitar para poder marcharme de aquí.
Detrás del marco, entre la foto y el cartón, hay un recorte de periódico gastado, doblado en cuatro. Lo abro con sumo cuidado.
Es la crónica de la muerte de Cucu y alguien, con bolígrafo, ha rodeado y subrayado partes del texto. Sé que es la letra de Federico; la reconozco de las notas que veo sobre su escritorio.
No ha subrayado los nombres de los rivales, ni a las otras familias, ni las teorías de ajuste de cuentas. Ha subrayado una sola línea, dos veces, con tanta fuerza que el bolígrafo casi rompe el papel: «Las autoridades no han hallado signos de intrusión».
Sin signos de intrusión.
Nadie forzó una puerta.
Me siento despacio en la silla, con el recorte en la mano, y por primera vez desde que me trajeron a esta casa, entiendo de verdad lo que Federico me ha pedido.
Él ya lo sabe, o lo sospecha y no se ha atrevido a decirlo en voz alta, ni siquiera a sí mismo, por eso me lo pidió a mí, alguien que pueda pensar lo impensable sin que se le caiga el mundo encima.
A Cucu Romano no lo mató un enemigo que entró desde la calle. Lo mató alguien que ya estaba dentro.
Y yo, ayer, comí con toda esa gente, me reí con ellos. Dejé que una anciana me hiciera sentir bienvenida.
Devuelvo la fotografía a su sitio. Boca abajo, exactamente como estaba.
Hay cosas que conviene que sigan pareciendo intactas.