12 Federico #2
Cruzamos miradas un segundo y asiento dándole mi aprobación.
No se nombran los Ferrari, todavía no le toca a Elena saber ese nombre, pero veo cómo ella archiva el hueco, cómo registra que Massimo ha doblado una esquina sin dejarle ver lo que hay detrás. Esa cabeza no descansa nunca, por eso la quiero en esta casa.
—Basta de mesas y comités —decreta la nonna—. En esta mesa solo manda una y soy yo.
—Sí, nonna —decimos cinco hombres adultos a la vez. Lleva razón, y no nos avergüenza.
La encuentro después de la comida, cuando los demás se han dispersado por el salón con el café y el brandy. Carmela y Elena están solas recogiendo los platos que la nonna no deja tocar a nadie más.
Me detengo en el marco de la puerta. No me ven.
—Tienes buenas manos —dice mi abuela, secando un plato—. Firmes. Se nota cómo sujetas las cosas.
—Soy la persona más torpe que conocerá, señora.
—Carmela —la corrige y le pasa un plato para que lo seque—. No te creo. La gente torpe suelta lo que tiene. Tú lo agarras. —Una pausa—. Eso, en esta familia, importa más que ser lista.
Elena seca el plato sin decir nada. Aprende rápido; ha entendido que con mi abuela se contesta poco.
—¿Sabes qué aprendí yo en esta vida, cara? —La nonna no la mira; mira sus propias manos viejas sobre la loza—. Que en una casa como esta los hombres creen que mandan ellos. Y dejas que lo crean. Pero la casa… la casa de verdad la sostienen las mujeres. Siempre la han sostenido las mujeres.
Elena se queda con el plato entre las manos un segundo de más.
Y yo, desde la puerta, siento algo que no sé nombrar con exactitud. Un calor y un frío a la vez, como si dos partes de mi vida se hubieran tocado por primera vez y, justo ahí, en el punto donde se rozan, no encajaran del todo.
Mi nonna quiere a esa mujer. Lo sé porque la conozco, porque he visto esa cara toda la vida y esa cara no se finge.
Y mi cautiva, que llegó a esta casa con la mandíbula apretada como un puño, mira a mi abuela como hacía semanas que no miraba a nadie. Como si la creyera. Como si, de toda la gente de esta casa, hubiera decidido que la anciana de negro es la única de la que no hay que cuidarse.
Doy un paso atrás antes de que me vean.
Hay charlas de domingo que es mejor no interrumpir.
Elena está sentada a mi lado, aunque mantiene una distancia prudente entre los dos.
Siempre evita mis manos, la proximidad de nuestros cuerpos, cualquier contacto que no haya iniciado ella. No importa cuántas veces intente acercarme: se escabulle como un animal asustado.
Especialmente delante de mi familia.
Ahora conversa con Massimo, sujetando una taza de café entre las manos. Él ocupa el sofá de al lado, uno floreado que mi abuela conserva desde que tengo memoria y que, por algún milagro, continúa pareciendo nuevo.
Resulta extraño ver a un hombre tan distinguido sentado sobre algo tan antiguo y colorido.
Elena lo analiza.
Lo escucho en cada pregunta, en las pausas y en la manera en que aparenta curiosidad cuando, en realidad, está reuniendo información.
Massimo también lo sabe. Por eso dirige la mirada hacia mí de vez en cuando, intentando comprender qué está ocurriendo y por qué no interrumpo ese interrogatorio disfrazado de conversación.
Ignora que la he traído precisamente para escuchar su opinión.
—¿Columbia? —pregunta Elena, señalando el anillo de Massimo—. Estuve a punto de estudiar allí, pero al final elegí Fordham.
—Así es —responde con frialdad—. Vamos, leones.
Nadie en la habitación ignora la ironía seca de Massimo. A Elena tampoco se le escapa, aunque le ofrece una sonrisa falsa.
—Vosotros erais los carneros, ¿verdad? —pregunta—. Una presa fácil.
No esperaba que pudiera engañar a Massimo. Es el hombre instruido, el cerebro de la organización. Lleva toda la vida preparándose para conversaciones como esta.
Aun así, sigue el juego y responde con educación.
Se cortaría la mano derecha antes de ser grosero con una mujer en casa de Carmela.
Nero y los gemelos están con mi abuela, que, por supuesto, los ha puesto a trabajar en alguna reparación doméstica. Le he ofrecido casas, pisos y todos los lujos que el dinero puede comprar, pero insiste en permanecer aquí.
Dice que quiere morir en esta casa.
Incluso me obligó a prometerle que jamás me desharía de ella.
No lo haría. Pero por Carmela, no por mi padre.
Faustino se une a la conversación y se sienta junto a Massimo. Me observa con una media sonrisa que desaparece cuando encuentra mi mirada y comprende que no considero graciosa la situación.
—¿Qué tal va la convivencia? —pregunta, interrumpiendo a Elena.
Levanto una ceja.
No me gusta que la interrumpa. Estaba haciendo un buen trabajo intentando descifrar a Massimo.
—No estoy segura de que convivencia sea la palabra adecuada para describir la relación entre una prisionera y su carcelero.
Elena mira hacia el resto de la casa, probablemente asegurándose de que la nonna no la haya escuchado.
Relajo la postura. Dejo caer un brazo sobre el respaldo del sofá y cruzo las piernas, apoyando el tobillo sobre la rodilla.
—Increíblemente bien —respondo por mi parte—. Elena y yo formamos un equipo excelente. Todavía tenemos algunas asperezas.
Dejo la mano sobre su hombro.
Ella la aparta de inmediato.
—Por ejemplo, eso.
Faustino sonríe. Massimo, en cambio, estudia la reacción con demasiada suspicacia.
—Prefiero morir antes que dejar que me toques —gruñe Elena, mirándome de soslayo.
Me encanta cuando se pone así. Ella lo sabe, por eso no comprendo por qué continúa ofreciéndome exactamente aquello que más disfruto.
—Vamos, Elena —murmuro—. Todos en esta habitación sabemos que eso no es del todo cierto.
Gira el cuerpo hasta quedar orientada hacia mí.
—Federico… —La amenaza está en sus ojos.
—Elena, querida…
—Toda esta tensión sexual me resulta agotadora —interviene Faustino.
Massimo esboza una media sonrisa y apoya una mano sobre la pierna de mi primo.
—Vamos a comprobar qué tareas tiene la nonna para nosotros.
Ambos se levantan y se alejan sin ninguna prisa.
—Mira lo que has hecho. Has ahuyentado a mis amigos.
—Mejor. Así quizá dejes de comportarte como un lobo en celo.
Se aparta el cabello del hombro.
Sin pensar, tomo uno de los mechones entre los dedos. Ella no parece notarlo. Lo suelto antes de que lo haga y apoyo la mejilla sobre el puño.
—Massimo… —empieza.
—Aquí no. —La interrumpo antes de que continúe—. Hoy es domingo. No se habla de trabajo.
—Yo sí estoy trabajando.
Me observa, pero algo en mi expresión parece incomodarla, porque aparta la mirada demasiado deprisa.
—Todavía no formas parte de mi organización —señalo—. No te preocupes. El día que lleves mi apellido, tendrás que respetar las mismas reglas.
Elena vuelve la cabeza de golpe.
—¿Tu apellido? ¿Has bebido lejía?
La carcajada me sale antes de que pueda contenerla. Dejo caer la cabeza hacia atrás y, cuando vuelvo a mirarla, descubro sus ojos recorriéndome el rostro, descendiendo por el cuello, los tatuajes.
Solo dura un instante, pero lo veo.
La bomba entre nosotros continúa acumulando presión.
Y empiezo a preguntarme cuál de los dos va a encender primero la mecha.