12 Federico
La casa de mi nonna huele igual desde que tengo memoria.
A tomate cocido a fuego lento, a albahaca, pan y a algo más que no tiene nombre y que solo existe entre estas paredes de Brooklyn.
En esta calle estrecha de fachadas iguales donde los Romano llevan medio siglo volviendo cada domingo como quien vuelve a respirar.
Aquí nací yo, aquí nació mi padre. Y aunque ahora viva en una torre de cristal sobre Manhattan, ninguna de mis ventanas eternas me ha hecho sentir nunca lo que me hace sentir este recibidor de techo bajo con fotos familiares en blanco y negro, esa sensación de que pertenezco a algo más viejo y más grande que yo.
A una cultura sagrada.
Miro a Elena de soslayo, incómoda y alterada por estar aquí.
—Estás nerviosa —murmuro.
Lleva todo el trayecto retorciéndose las manos.
Sus ojos turquesa me miran con un odio puro, sin filtros. No quiere estar aquí. Probablemente porque esta cena se parece demasiado a una presentación formal ante mi familia, aunque solo venga a investigar y acercarse un poco más a su libertad.
—Yo no me pongo nerviosa —responde a la defensiva mientras se alisa el vestido de terciopelo verde que elegí para ella.
¿Murmuró insultos cuando lo encontró sobre la cama? Por supuesto.
¿Me importa? En absoluto.
Por alguna razón que no quiero analizar, necesito que esta noche cause una buena impresión.
La nonna aparece en el pasillo antes de que pueda contestar, secándose las manos en el mismo delantal gastado que le he visto puesto toda la vida.
Menuda, de negro (desde que murió mi nonno), el pelo blanco recogido sin un mechón fuera de sitio.
Setenta y ocho años y la energía de una muchacha de veinte.
—Federico —pronuncia mi nombre con su acento siciliano. Me toma la cara con las dos manos, me baja hasta ella y me besa las dos mejillas—. Has adelgazado. ¿Quién te da de comer en esa nevera de vidrio donde vives?
—Elvira, nonna. Ya lo sabes —respondo con paciencia.
Detesta que otra mujer me cocine, a pesar de que Elvira es su amiga, o eso sostiene ella.
—Elvira. —Lo dice como quien nombra una herejía leve—. Una mujer que cocina por dinero. La comida que se cobra no alimenta igual.
Y entonces se gira hacia Elena.
Contengo el aire sin darme cuenta. He traído a una cautiva a la mesa de mi abuela y por un segundo no sé qué va a pasar, si Carmela verá a una intrusa, a una Bianchi, a la hija del hombre que me robó.
Pero ella solo le toma las manos a Elena, se las mira, se las sostiene.
—Manos flacas. —Chasquea la lengua—. Hay que engordaros a ambos. Entra, cara. Hay solo una regla en esta casa, nadie discute con la cocinera. Soy Carmela, pero seguro que ya lo sabías.
Elena, que lleva semanas desafiando al hombre más atroz de Manhattan, abre la boca para decir algo y no le sale nada. Lo veo: la nonna la ha desarmado en una frase.
Las dos desaparecen y yo me quedo en el pasillo, extrañamente desnudo sin ella a mi lado.
La mesa de la nonna no entiende de jerarquías.
En el Purgatorio, en el puerto o en cualquier sitio donde yo entre, los hombres se reordenan a mi alrededor como una pared de hierro.
Aquí no.
Aquí soy el muchacho al que la nonna manda a poner los platos, y eso es exactamente lo que hace que esta sea la única hora de la semana en que puedo respirar.
Casi todos están aquí, cada uno tiene una misión otorgada por la nonna.
Santino se ha sentado donde no le toca y Valerio se lo está echando en cara.
—Esa es la silla de Federico.
—Federico se sienta donde quiere —dice Santino sin moverse—. No se va a rebajar a discutir por una silla. ¿Verdad, Federico?
—Levántate de la silla, Santino —pronuncio sin mirarlo, simplemente continúo repartiendo los platos.
Se levanta entre risas. Valerio ocupa su sitio con la dignidad de un hombre que acaba de ganar una guerra. Treinta años llevan con la misma pelea y ninguno de los dos quiere ganarla del todo; si la ganaran, se acabaría.
A Massimo le toca la vajilla junto conmigo y Nero está en algún lado, reparando cosas, como siempre.
Faustino entra el último, con una caja de cannoli de la pastelería de Alondra porque sabe que es la única manera de que la nonna le perdone llegar tarde. Le da un beso en ambas mejillas, le deja la caja en las manos, ella finge regañarlo y se le iluminan los ojos a la vez.
—Nonna, juro que el tráfico del puente… —empieza.
—El puente lleva cien años donde está, Faustino —grita ella desde la cocina.
Me asomo para ver a Elena. Está de espaldas, revolviendo una sartén; ni ella se libra de las órdenes de la nonna. Empiezo a caminar hacia ella, movido por ese impulso de acercarme y fastidiarla, pero la nonna me sujeta del brazo y me detiene.
—Federico, ¿puedes ver el goteo que tiene el grifo? Juro por Dios todopoderoso que en la noche cae más fuerte solo para hacerme enfadar.
Miro hacia abajo, entretenido por su dramatismo, todos los Romano somos iguales.
—¿Por qué no has llamado al fontanero? —respondo entrando a la cocina. Me arremango la camisa.
—Bah, nadie sabe nada, solo confío en ti.
Abro las puertas del mueble y me inclino bajo la encimera para averiguar dónde está el problema. Entonces escucho una risa por lo bajo, una risa burlona.
Muy despacio levanto la mirada; Elena me observa de soslayo, disfrutando el momento.
—¿Te gusta verme de rodillas, Elena? —susurro.
—Es, sin duda, una imagen que no olvidaré —confiesa con esa media sonrisa en el rostro.
—Cuando quieras recrearlo entre tus piernas solo debes invitarme, estaré encantado. —Mientras volteo para enfocarme en el problema, puedo ver cómo su sonrisa se borra por completo.
La nonna entra y pega un grito al percatarse de que se le está quemando la salsa, ahora soy yo quien se ríe por lo bajo.
La mesa estalla en una carcajada por un chiste que dice Santino.
Elena, sentada entre la nonna y Massimo, también se ríe; una risa pequeña, casi robada, como si se le hubiese escapado sin permiso. La cazo, ella se da cuenta de que la he cazado y aparta la mirada.
Tomo nota de ese sonido y lo archivo donde guardo todas esas pequeñas cosas de ella que llaman mi atención.
Como la manera en que se rasca la nariz por la mañana por una alergia temporal, el tiempo que le toma sacarse los zapatos que se usan en la bicicleta, cómo se masajea el cuello cuando no duerme bien…
Massimo es el único que come como si estuviera en una reunión formal.
Erguido, metódico, de traje y corbata a pesar de ser domingo.
La servilleta en perfecto ángulo sobre la rodilla.
Pero hasta Massimo tiene los hombros un dedo más relajados que de costumbre.
La casa de mi abuela le hace eso a todo el mundo.
Es su poder, un poder que no figura en ningún organigrama y que, sin embargo, nos afecta a todos.
El único silencioso es Nero, sentado en la esquina contraria a la mía, entre Valerio y Faustino.
Nero es una adquisición familiar, un perro de la calle más, pero este vino con rabia. Pertenecía a la familia enemiga de mi abuelo, allá en Sicilia. Fue el único superviviente de la masacre de medianoche, una apuesta de mi abuelo por controlar parte del territorio.
Mi padre me contó que le pidió que lo criase como si fuese un Romano, que sería la tortura más efectiva, inclusive después de la muerte, para su mayor enemigo.
Así que, un día, Nero apareció en mi casa con unos diez años, la misma edad que yo, más pálido y ojeroso de lo que estaba acostumbrado a ver pasar por allí.
Nos parecíamos en algunas cosas: el pelo azabache, la mirada oscura y esa aura peligrosa que solo ciertos mafiosos llevan encima desde niños.
Pero, en esencia, éramos distintos, sobre todo en las necesidades de cada uno.
Por eso Nero trabaja para mí y se encarga de la parte que menos disfruto, la eliminación de algunos seres que estorban mi camino; él parece estar contento con su puesto, sediento por momentos.
Nero, el sicario que mata por la familia que le arrebató el apellido y le dio un propósito.
La nonna se levanta de la silla, solo para volver segundos después con una bandeja llena de raviolis caseros, sumergidos en salsa y con el vapor bailando por encima.
Todos nos preparamos para darnos un festín.
—El domingo que viene no los quiero aquí —dice la nonna sirviendo plato por plato, sin dejar que nadie se sirva solo—. Tenéis esa reunión vuestra y vais a venir a mi mesa con la cara torcida. Así que comed hoy el doble.
—¿Qué reunión? —La pregunta sale de Elena antes de que pueda medirla.
La forastera, la que no sabe nuestra cultura.
Se hace un silencio breve. No hostil, el silencio de una familia recordando que hay alguien nuevo oyéndolo todo.
Nero es el único que todavía no la conoce.
La observa de soslayo, analizándola con esos ojos que nunca permiten saber si está intrigado o decidiendo la mejor forma de matarte.
Hasta ahora, su manera de mirar a las personas nunca me había molestado.
Esta vez sí.
Cuando sus ojos se cruzan con los míos, comprende el mensaje. Aparta la mirada de Elena y se concentra en el plato, fingiendo un interés repentino por la comida. Quizá deba hablar con él. Aclarar algunos conceptos antes de que empiece a formarlos por su cuenta.
Es Massimo quien responde, porque Massimo siempre sabe cuánto se puede decir.
—Las cinco familias de Nueva York se sientan a una mesa una vez al mes.
—Deja el tenedor suavemente sobre el borde del plato—.
Territorios, disputas, permisos. Una mesa para que las cosas se hablen en lugar de resolverse en la calle.
—Una pausa exacta—. Federico es el más joven que se sienta a ella.
—Cinco familias —repite Elena; conociéndola, está almacenando información en su cerebro—. ¿Y son aliados?
—No enemigos —aclara Santino sin agregar más, y media mesa se ríe.
—Algunos años más que otros —añade Massimo, sin reírse—. Hay familias con las que compartimos una historia larga. Y hay familias con las que la historia es otra cosa. Pero esa es conversación de negocios y hoy es domingo.
Lo cierra ahí.