11 Federico
—¡Faustino! —llamo al entrar al depósito.
La suela de mis zapatos negros suena rasposa contra el cemento húmedo y hace eco en el vacío.
El lugar está en silencio, mis hombres están atendiendo un encargo que debe salir en unas horas. Las ventanas sucias, grises por el día depresivo que hace fuera.
Mi primo no aparece. Quien está aquí es Massimo, de pie junto a la ventana como si llevara horas allí, y probablemente las lleve.
El abrigo negro le llega casi hasta el suelo.
No tiene ni una arruga en la ropa. Massimo nunca tiene arrugas, sospecho que es lo más cerca que está de una declaración de principios.
Debo admitir que el maldito tiene una elegancia atemporal, sin tatuajes, sin heridas, distinguido.
—Federico. Hay un par de asuntos que…
—Lo sé. Siéntate. —No me detengo a oírlo; cruzo el despacho y me sirvo un dedo de whisky de la estantería antes de mirarlo siquiera.
Que espere.
Se sienta en una de las sillas frente al escritorio, simples, de madera oscura. Antes de acomodarse del todo, se pasa dos dedos por el muslo y retira una pelusa que solo él ha visto. La deja caer al suelo como quien descarta un insecto.
Massimo siempre espera, es su forma de hablar.
Faustino llena los silencios; Massimo los usa.
Mi padre lo trajo a esta familia cuando en uno de sus viajes a Sicilia lo encontró robando por allí.
Hacía mucho eso mi padre, reunir huérfanos por la calle como si fuesen cartas de póker abandonadas en el suelo y convertirlos en sus lacayos, como también lo hizo con Nero, pero él es un caso aparte.
A Massimo sí lo puso en la universidad y lo convirtió en su consigliere pocos meses antes de su muerte.
A veces, cuando lo miro demasiado tiempo, tengo la sensación incómoda de que sigue trabajando para un hombre muerto, pero solo es una sensación.
Cucu está bajo tierra, y la mano que paga a Massimo desde hace un año es la mía. Él lo sabe y yo sé que él lo sabe muy bien. Esa es la única jerarquía que importa en este despacho.
Me siento. No al otro lado de la mesa: en el borde de ella, por encima de él.
Observo sus facciones filosas, su rostro estúpidamente perfecto, equilibrado, su nariz romana.
El cabello oscuro, espeso, peinado hacia atrás con ese abandono estudiado del que sabe que no necesita esforzarse.
Una sombra de barba recortada le marca la mandíbula cuadrada, dura.
Pero son los ojos los que me incomodan: claros, de un gris glacial inhumano, ojos que piensan antes de hablar.
Entonces suelto la pregunta que llevo masticando desde anoche.
—¿Crees que nuestros hombres son leales?
—Lo son.
Massimo responde sin parpadear.
La pregunta nace del breve intercambio que tuve con Elena. De la manera en que señaló que las mujeres de mi piso solo estaban allí por mi poder.
Era cierto.
Nunca me había importado hasta que ella tomó aquella verdad y la convirtió en una burla.
Confío plenamente en los hombres más cercanos de la organización. O eso he hecho hasta ahora. Sin embargo, alguien mató a mi padre. Alguien lo bastante próximo para entrar en su casa y sentarse a su mesa.
Ignorar esa posibilidad no demuestra confianza.
Demuestra estupidez.
—¿Por qué son leales?
—Porque saben que contigo no se juega.
No es la respuesta que quería escuchar. Massimo lo sabe. Precisamente por eso me la ha dado.
—Eso no es lealtad.
—No. Es obediencia. —Junta las yemas de los dedos—. De lejos se parecen, de cerca, no tienen nada que ver. La obediencia dura lo mismo que el miedo, Federico. La lealtad suele sobrevivirlo. Algo que tu padre nunca terminó de comprender.
—Y por eso está muerto.
Dejo la frase ahí.
Cortada.
No necesito que Massimo siga comparándome con un cadáver.
—Háblame de Carlo Bianchi. ¿Qué se dice?
Me levanto y rodeo el escritorio. La luz fluorescente que cuelga sobre nosotros parpadea dos veces antes de estabilizarse. Me siento en el borde opuesto.
Massimo acepta el cambio de tema sin protestar.
Puede ordenar las palabras mejor que nadie, pero nunca olvida quién decide de qué se habla.
—Circulan dos versiones. —Levanta un dedo—. La primera: tienes debilidad por su hija. —Levanta otro—. La segunda: te has vuelto blando con los hombres que te traicionan.
—¿Y cuál es la verdad, según tú?
—Yo no trabajo con verdades. Trabajo con lo que la gente está dispuesta a creer. —Se inclina apenas hacia mí—. Y lo que creen puede debilitarte, aunque sea mentira. A un don no siempre lo hunden sus actos. A veces basta con lo que los demás imaginan que hace.
Lo escucho con atención.
Los rumores son como una infección. No importa dónde empiezan, sino cuánto tejido sano encuentran antes de que alguien decida cortar.
—Entonces, les daré algo más interesante que creer.
—Tomo el vaso y bebo—. Carlo Bianchi sigue siendo asunto mío.
Se resolverá cuando yo lo decida, no cuando Nueva York se impaciente.
Y la mujer se queda. Quien tenga una teoría sobre ella puede venir a contármela a la cara.
—Dejo el vaso sobre el escritorio—. Eso incluye al Comité.
Massimo me observa durante unos segundos.
Algo se mueve detrás de esos ojos siempre aburridos. No es aprobación. Massimo no aprueba ni desaprueba.
Calcula.
Está colocando mi decisión sobre el tablero y estudiando cuántas piezas puede costarme.
—Es una posición arriesgada.
—Es una posición. Más de lo que ofrecían tus dos rumores.
Por primera vez desde que ha entrado, no tiene una frase preparada.
Asiente con lentitud.
—¿De qué otros asuntos querías hablar?
Cambia de postura y apoya el tobillo sobre la rodilla. Cada movimiento suyo es pausado, medido, como si llevara años practicando la paciencia delante de hombres incapaces de controlarse.
—La desaparición de Carlo ha abierto una puerta. Otros están empezando a tomarse libertades, especialmente en el puerto. No tenemos allí a nadie con autoridad suficiente.
—Te ordené que asumieras el control de manera provisional.
—Y lo hice. Pero tengo otras responsabilidades. —Su tono no cambia—. Responsabilidades de las que no escuchas nada porque pasan primero por mí. Necesitamos un caporegime en el puerto. Cuanto antes.
Mira hacia la ventana.
Al otro lado del cristal, los depósitos, las grúas y el agua sucia forman un paisaje gris. El puerto parece abandonado desde aquí, pero mueve más dinero y sangre que muchos barrios enteros.
—¿En quién estás pensando?
—Ignacio Alori. Ya está llevando gran parte de la operación. Sé que lo conoces, pero deberías hablar con él a solas antes de entregarle el rango.
Lo recuerdo, reservado, eficiente. Nunca intenta llenar los silencios para parecer más inteligente.
Una cualidad escasa entre nuestros hombres.
—Tráelo a la próxima reunión.
—Por supuesto.
—Hemos terminado.
No es una pregunta.
Massimo se pone en pie. Da un paso hacia la puerta, pero se detiene antes de alcanzarla.
—Una cosa más, Federico. —Permanece quieto hasta que le concedo permiso con la mirada—. Si piensas llevar a Elena el domingo, ten cuidado.
Mis dedos se cierran alrededor del vaso.
—Algunos vieron cómo interactuaste con ella anoche. Vieron cómo te desautorizaba delante de otros y cómo se lo permitiste.
—No le permití nada.
—Eso no importa. Importa lo que pareció.
Me sostiene la mirada.
—¿Tú qué crees? —pregunto.
Massimo inclina ligeramente la cabeza.
—Creo que ha llegado el momento de que te mires al espejo y digas en voz alta qué es lo que quieres.
Se marcha.
No hace ruido al cerrar la puerta.
Me quedo mirando mi reflejo en la ventana, superpuesto al puerto.
Carlo me entregó a su hija para pagar una deuda.
Yo la traje a casa para dar un mensaje.
Eso es lo que he repetido desde el principio.
La explicación es sencilla. Estratégica. Lo bastante limpia para que mis hombres la acepten y mis enemigos la teman.
El problema es que, cuando imagino a Elena fuera de mi piso, no pienso en la deuda.
Pienso en ir a buscarla.
Llamo a su puerta dos veces.
—No quiero comer, Elvira. Ya lo hemos hablado. —Su tono irritado me hace sonreír.
—¿Por qué no? —pregunto desde el otro lado.
No abro la puerta.
—Porque no tengo hambre —responde. Noto el aire tenso de su habitación incluso a través de la madera.
—¿Puedo pasar?
—No.
Sonrío.
Lo intento otra vez, usando otro tono.
—Elena…, por favor. ¿Puedo pasar?
Pasan tres segundos hasta que la puerta se abre.
Ella está al otro lado, con el mismo pijama de anoche. Se le marcan los pezones a través de la tela y trago saliva con dificultad.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—No soy tu psicóloga.
—Gracias a Dios; si no, terminaría mucho peor.
Elena abre la puerta del todo y me hace un gesto para que entre.
Hay una pequeña mesa con dos sillas. Dirijo el cuerpo hacia allí y me siento como si este fuera mi lugar.
Un momento, lo es, esta es mi casa.
—¿Te gusta tu habitación?
—Está bien —dice sin entusiasmo, de pie, con los brazos cruzados.
Quiere que me vaya y eso solo consigue que quiera quedarme el doble de lo que tenía pensado.
Señalo la mesa.
—Vamos, Elena. Tengamos nuestra charla. ¿No tienes preguntas que hacer? ¿Pistas que conectar?
Ella, como una adolescente, pone los ojos en blanco y se sienta frente a mí, dejando caer su cuerpo. Por supuesto, los pechos le rebotan deliciosamente.
El nivel de perversidades que quiero hacerle no tiene fin. Dios se espantaría si viera las imágenes que se proyectan dentro de mi cabeza.
—¿Crees en Dios, Elena?
Levanta las cejas, sorprendida.
Me río por lo bajo mientras cruzo las piernas, apoyo un codo sobre la mesa, para que la mano me sostenga la quijada.
Ella sabe que me estoy poniendo cómodo, significa que no tengo prisa.
—Tengo curiosidad. —Se encoge de hombros—. No lo sé. Agnóstica, supongo.
Asiento despacio.
—Mi padre era religioso. Tiene gracia, cuando recuerdas que también era el juez y el verdugo en la mayoría de las situaciones —comento.
—Mi padre era igual: seguía una religión al pie de la letra mientras la adaptaba a lo que le convenía.
—Hombres detestables —añado en voz baja.
Ella asiente, en señal de acuerdo conmigo.
—¿Y tu madre?
—Ella sí es creyente.
—Lo suponía. Me llamó esta mañana, pidiendo disculpas de tu parte por lo que ocurrió anoche, tenía miedo de que decidiera arrancarte la cabeza.
Obviamente, Faustino fue quien intervino en la situación, dejándole saber a Alondra la actitud de su hija. Después tendré que hablar con él para recordarle que el chisme no es parte de sus tareas diarias.
Ella fija la mirada en mí. Advierto el desafío en sus ojos.
—Veo que lo que dije ayer te dolió.
—Me abrió los ojos —corrijo.
—Ah, ¿sí? —pregunta cruzándose de brazos—. ¿Cómo?
Miro hacia la ventana antes de responder. La ciudad, aunque es temprano, está viva y vibrante.
—Tienes que entender algo sobre mí, Elena.
Crecí en este mundo. Me alimenté de desconocidos, sacié mis necesidades más carnales en cuerpos cuyos nombres apenas recordaba.
Nunca tuve constantes. Nunca tuve un gran amor ni a nadie que me esperara al volver a casa.
—Traga saliva, pero no aparta la mirada—.
Cuando vives así durante demasiado tiempo, acabas creyendo que no necesitas a nadie.
No te das cuenta de que, incluso rodeado de personas, eres el hombre más solitario de todo Manhattan.
Por un segundo creo ver compasión en sus ojos.
—No hay fiesta que llene ese vacío, Federico. No hay mujer que sacie tu orgullo, por muy alto que gima tu nombre.
—Estoy de acuerdo —digo con seriedad.
Y aquí es donde podría dejarlo. Donde un hombre más prudente lo dejaría.
—¿Sabes por qué te encargué lo de mi padre? —Ella se tensa ligeramente; el trato siempre la pone en guardia—. Podría haberte hecho desaparecer, era lo más sensato. Tu padre me debía y tú eras el pago.
—No hace falta que me recuerdes lo que soy aquí —señala con frialdad.
—No te estoy recordando lo que eres. Te estoy diciendo lo que no hice. —Me inclino sobre la mesa—. Te tuve delante y, en lugar de cobrarme la deuda, te di el único trabajo de esta casa que no se resuelve con una pistola. ¿Y sabes por qué?
Ella no responde, pero tampoco aparta la mirada.
—Llevo un año rodeado de hombres que matan, vigilan y obedecen.
Hombres útiles. Ninguno de ellos podría encontrar lo que tú vas a encontrar, porque solo ejecutan.
—Bajo la voz—. Eras solo una deuda, pero ahora eres una oportunidad.
Lo que quiero es tu cabeza y tú lo que quieres es la libertad, trabajemos juntos para lograr ese cometido.
—¿Quieres que confíe en que un mafioso mantendrá su palabra? Vamos, Federico.
Me encojo de hombros.
—No te he mentido ni una sola vez, y no voy a empezar ahora. Te di mi palabra, lo que no te dije es que parte de mí espera que tardes; disfruto mucho teniéndote aquí.
Las mejillas de Elena cambian de color.
Me levanto antes de que pueda contestar. Hay confesiones que se dejan flotando solas en una habitación.
—Come algo —digo desde la puerta—. Mañana empezamos por la casa, iremos a almorzar a casa de mi nonna. Te quiero descansada y atenta, mañana conocerás a mi familia.
Y salgo, antes de que se me ocurra ser más honesto todavía.