Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 10 Elena
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10 Elena

—Este lugar es precioso —dice mi madre, recorriendo con la mirada el salón.

Los ventanales eternos, los sillones de líneas simples… La vieja elegancia de Nueva York siendo disfrutada por un mafioso.

—Es precioso, pero también es una prisión —respondo con sequedad.

Mi madre se entristece y toma mi mano entre las suyas.

—Hija, sé que esto es duro para ti…

—¿Duro? Mamá, me secuestraron.

—Lo sé, lo sé. —¿Lo sabe? ¿Entiende la gravedad de lo que ocurre?—. Pero Federico no es tan malo, ¿no? Podría ser mucho peor. Mira, me trajo aquí para que…

—Para que no lo mate mientras duerme —la interrumpo.

—Elena… —Su voz es lastimera—. Eres más inteligente que eso. Un hombre desalmado no te deja vivir en su ático, ni te da una habitación para ti sola, y mucho menos invita a tu madre a almorzar. Si me lo preguntas, parece que su intención es cortejarte, no mantenerte prisionera.

Eso me deja pensando.

Muy en el fondo sé que todo esto es raro al punto de lo absurdo.

Y que por más señales de atracción que Federico haya mostrado hacia mí, lo más probable es que simplemente esté acostumbrado a flirtear con cualquier mujer que se le cruce, pero hay otra cosa que quiero decirle a mi madre, y no es esta.

Es la que llevo callándome desde que se sentó frente a mí.

Miro el techo, no por casualidad, sino con intención: las esquinas, las molduras, el supuesto detector de humo que a lo mejor no lo es. Las paredes de los hombres poderosos siempre tienen oídos, aunque no se vean.

No encuentro nada, pero eso no significa que no lo haya.

Así que me inclino sobre la mesa, bajo la voz hasta dejarla en un hilo y elijo el otro idioma. El que mi madre y yo hablamos desde que era niña sin que nadie nos lo enseñara: el de las cosas dichas por debajo de las cosas.

—Mamá…, la comida de esta casa. —La miro fijamente, para que entienda que no hablo de comida—. Si tuvieras que comer aquí a diario, ¿lo harías con los ojos cerrados?

Mi madre no es tonta. Treinta años con mi padre le enseñaron a leer una mesa antes de sentarse a ella.

—Depende —dice, igual de bajo, removiendo un café que ya no le hace falta remover— de quién tenga la receta.

Quién decide de verdad.

—Cocina él, supongo.

—Cocina él, sí. —Una pausa larga—. Pero un plato como este no lo saca un hombre solo, hija.

Siempre hay otras manos en la olla. Gente de antes, de las recetas de toda la vida, que entra en la cocina cuando el dueño no mira y sazona a su gusto.

Yo no me fijaría en quien trae el plato a la mesa con mala cara.

Me fijaría en quién estuvo removiendo antes de que te sentaras.

Me quedo muy quieta.

Porque mi madre acaba de decirme algo importante, y no tiene nada que ver con la comida.

Me está diciendo que la amenaza de esta casa no es la que se ve. No Federico, que sirve el plato. No los hombres armados, que reciben en la puerta con mala cara. Son los otros, los que llevan tanto tiempo entrando en esta cocina que ya la sienten suya, porque para ellos lo es.

Y la cabeza cruza datos.

Federico me ha pedido que averigüe quién mató a su padre. Que empiece por la familia. Y ahora mi madre, que conoce este mundo desde mucho antes que yo, me dice por lo bajo que en esta casa el peligro no entra por la puerta: ya está dentro, con las manos en la masa.

Las dos cosas son la misma cosa.

—¿Y tú —murmuro— comerías de esas manos?

¿Faustino? ¿Elvira?

—Yo tendría cuidado con las recetas de toda la vida.

—Me aprieta la mano—. En estas casas, hija, la comida se echa a perder en la despensa, despacio, sin que nadie la vea.

Acuérdate. Y lo que sea que estés cocinando aquí —añade, y la voz se le pone de madre, aunque las palabras sigan siendo de cocina—, cocínalo a fuego lento.

—No pensaba hacerlo de otra manera.

Se levanta para irse. Me abraza más fuerte y más largo de lo que suele abrazarme, y contra mi pelo, tan bajo que apenas es sonido, añade una última cosa:

—Y procura no cogerle el gusto.

No dice a qué. No hace falta.

—Antes muerta —respondo.

Pero por primera vez en mi vida le he mentido a mi madre, y las dos lo sabemos.

A las dos de la mañana algo me despierta.

Gente.

Ruido.

Risas.

—¿Qué cojones está pasando?

Me levanto de la cama y me asomo. Los sonidos vienen del salón, hay una fiesta a unos metros de mí y yo no fui invitada.

Niego con la cabeza y vuelvo a meterme entre las sábanas. Esto es una jugada de Federico, lo sé, y por eso lo mejor que puedo hacer es ignorarla; reconocer la jugada solo va a empeorarlo todo.

Darle más poder del que ya tiene.

Media hora después sigo mirando el techo, de mal humor y completamente desvelada.

La música subió al menos cinco decibelios, las mujeres están más borrachas que antes, los hombres se ríen con fuerza, trastornando cualquier intento de agarrar el sueño de nuevo.

No vayas.

No le demuestres que te importa lo que hace, ni con quién.

Que no me importa.

No me importa.

La puerta se abre de golpe.

Una mujer borracha entra en la habitación riéndose, un pecho por fuera del vestido, el maquillaje corrido, apenas se sostiene en pie, y del susto termino fuera de la cama.

—Este no es el baño… —dice entre risas, como si las dos fuéramos cómplices de algo. Pero entonces procede a subirse el vestido e intentar mear en la alfombra.

Y ese es mi límite.

Camino hacia ella, la agarro del antebrazo y la arrastro por el corredor hasta el salón, donde hay al menos diez personas, la mayoría mujeres, algunos hombres desparramados por los sillones.

Federico está sentado en el mismo sitio donde hace unas horas hablaba conmigo. Una mujer a cada lado, bajo cada brazo.

Las dos parecen gatas en celo, tocándole el pecho, los muslos.

Y yo registro, con una precisión que me genera asco de mí misma, el punto exacto donde están esas manos.

Cómo él no las aparta y el bulto se deja acariciar.

No me importa, ya lo he decidido, no me importa.

Pero Federico clava los ojos en mí en cuanto entro, y se olvida de las dos mujeres tocándolo. Ojos pesados, eternos, un agujero negro que se traga todo lo que tiene delante.

Suelto a la borracha a sus pies. Ella se queja y me da exactamente igual: estoy furiosa y quiero matar a alguien.

—Merezco un mínimo de intimidad. Quiero una llave para mi habitación.

La comisura de sus labios se eleva, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Los hombres de la sala me observan con curiosidad.

—No.

—¿No? ¿Y tener que aguantar a estas gatas en celo meando en la alfombra? Me niego.

Federico se ríe de mi insulto, y las tres mujeres que escuchan la conversación protestan por mis palabras, me llaman aguafiestas, mojigata, frígida.

—Elena. —Mi nombre en su boca, suena a propiedad—. Estas son mujeres que han elegido estar aquí. No seas irrespetuosa.

—¿O a lo mejor le tienen tanto miedo al gran Federico Romano que se sienten obligadas a complacerlo? ¿Nunca lo has pensado?

Ahora se ríen los hombres.

Reconozco a Faustino en un rincón, hablando con dos invitados; al otro lado de la sala, un hombre imponente y elegante está sentado con una mujer sobre el regazo, oscuro, atento a todo lo que ocurre, analizando el comportamiento de Federico.

Estos son los que tengo que mirar, estos hombres son el círculo íntimo del don.

Federico junta las cejas. Su mirada se vuelve más oscura de lo que ya era.

Despega los brazos de las dos mujeres y se levanta. Despacio. Siempre despacio, he aprendido que es así como hace las cosas que importan, sin prisa, porque la prisa es de los hombres que pueden perder algo y él no concibe perder.

Su altura me sobrepasa.

No retrocedo.

Planto mis pies descalzos, ignoro las miradas, la música.

Esta es la pelea que buscaba trayendo a esta gente aquí. Pues que pelee.

—Elena —tono de advertencia—, no quieres hacerme enfadar.

—¿Crees que esa amenaza vacía me da miedo?

A estas alturas ya nadie habla. Federico mira alrededor, consciente de que todos prestan atención.

Demasiada atención trae a la luz el carácter real de las personas.

—No querrás quedar como una loca delante de mis invitados, ¿verdad?

Miro a la izquierda, luego a la derecha.

Todo el mundo nos observa, y yo en pijama, sin sujetador, con el pelo revuelto.

Soy consciente, de pronto, de cada centímetro de tela que llevo encima y de cada uno que no.

Y soy consciente de que él también, porque sus ojos bajan, una vez, un recorrido brevísimo, y vuelven a los míos sin una pizca de vergüenza.

Como un hombre que mira algo que ha decidido que tarde o temprano será suyo.

El calor que me sube por el cuello es de rabia, pero vuelvo en mí rápido.

—No son invitados, son cobardes que te adulan hasta los pelos del culo con tal de quedarse con una migaja de tu poder.

Silencio.

Silencio.

La música baja al mínimo.

Nadie habla.

Hasta que Federico estalla en una carcajada que le raspa la garganta.

Todos se ríen detrás de él. Hasta que él calla, y el silencio vuelve de golpe, como si lo hubiera apagado con un interruptor.

—Se acabó la fiesta —dice, las manos en las caderas—. Todos a casa.

Nadie protesta, nadie discute. Simplemente se deslizan hacia la puerta, ellos sí pueden huir de la ira que estoy a punto de absorber yo.

Federico no deja de mirarme ni un segundo mientras la sala se vacía. Es un poder en sí mismo, esa mirada: la capacidad de vaciar una habitación sin apartar los ojos de mí, como si lo demás fuera reemplazable y yo no.

Cuando la última mujer cierra la puerta, él da un paso hacia mí, invade mi espacio. El aire de la habitación, que hace un segundo sobraba, de repente no alcanza para los dos.

—Me gusta cuando te pones celosa.

¿Qué cojones?

—¿Celosa? ¿De qué? ¿De una mujer que necesita emborracharse para soportar estar contigo?

Eso le duele. Lo veo encogerse medio segundo, una grieta finísima antes de que la armadura vuelva a cerrarse sobre él.

—¿Eso es lo que necesitas tú, entonces? —Su voz baja un tono, y el tono más bajo de Federico es más peligroso que sus gritos—. ¿Emborracharte para estar conmigo de una puta vez?

—Necesitaría un camión entero de vodka para querer meterme voluntariamente en tu cama.

La última palabra se lleva con ella el poco aire que me quedaba en los pulmones.

Y lo peor es que, mientras la digo, mi cuerpo está haciendo inventario de la distancia exacta que nos separa, y la cuenta es cada vez más corta, y ninguna parte de mí se aparta.

Mi pecho sube y baja demasiado rápido. Federico lo nota y da un paso más. Ya casi no hay aire entre los dos. Podría contar sus pestañas.

Estoy lista para lo que sea que venga. Lista para que me bese, para empujarlo, para odiarlo.

Pero lo que hace a continuación me deja helada.

Se inclina y me deja un beso en la frente.

Uno tierno, íntimo, demasiado íntimo, de una intimidad que no sé combatir porque no es un ataque.

—Siento mucho haberte despertado, bedda mia. —Sus labios se demoran un instante de más contra mi piel antes de apartarse—. Vuelve a la cama, mañana seguimos esta conversación.

Y se marcha.

Y yo me quedo en mitad del salón vacío, con un beso ardiéndome en la frente como una marca imposible de borrar, entendiendo que Federico Romano acaba de ganar esta batalla.

No con mujeres, con la fiesta o con la amenaza.

Con ternura.

El muy hijo de puta ganó con aquello contra lo que no sé defenderme.