Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 9 Federico #3
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9 Federico #3

Durante un instante vuelvo a tener nueve años y a confundirlos.

El mismo rostro elegante y esculpido. La misma forma de ocupar el espacio con cuerpos altos y fornidos. Incluso comparten el gesto de echarse el cabello negro hacia atrás con una mano.

Mi padre decía que tener gemelos en la organización era como poseer un arma con dos gatillos.

Nunca le encontré la gracia hasta que crecí.

Valerio termina la llamada y se deja caer junto a su hermano.

Siempre llega segundo y habla el último.

Después de treinta años, todavía no sé si se debe a la timidez o al cálculo.

La versión estoica de Santino pareciera que tiene los rasgos un poco más afilados.

Es el encargado de Romano Holdings; el negocio inmobiliario crece en Manhattan como la mala hierba.

Él está ahí para diversificar todo el dinero que producimos, va alineado con su personalidad imperturbable, un hombre de negocios despiadado que le está haciendo la competencia a los Walker, que se creen los dueños de la isla.

—¿Qué queréis?

La pregunta carece de filo.

Con ellos casi siempre es así.

—Cenar contigo el domingo —responde Santino—. Valerio sostiene que Carmela ya no nos invita porque la última vez nos quejamos de lo llenos que estábamos. Yo digo que es porque le vaciamos la nevera.

—Ambas cosas pueden ser ciertas —apunta Valerio con su habitual seriedad.

A pesar de compartir rostro, sus personalidades no podrían ser más distintas.

Me río.

No sucede a menudo. Ellos lo saben y, por eso, provocarlo se ha convertido en un viejo deporte entre los tres.

Faustino reaparece con los auriculares en la mano y la expresión de quien acaba de comprender que el plan ha cambiado. Se los guarda en el bolsillo sin preguntar.

Elena tendrá que esperar.

—¿Habéis venido solo para hablarme de mi nonna?

—Para eso ha venido él. —Santino señala con la barbilla hacia los escalones.

Massimo Vitale, mi consigliere, desciende sin prisa mientras se abrocha la chaqueta.

La temperatura de la mesa cambia.

No porque Massimo traiga malas noticias. Casi nunca trae noticias, trae preguntas.

Y las preguntas de Massimo suelen ser las peores.

—Federico.

Se sienta sin pedir una copa. Massimo siempre parece estar de paso, incluso cuando permanece durante horas.

—Tres contenedores han entrado esta mañana por Nueva Jersey. Todo limpio, supongo.

—Limpio.

—Bien.

Entrelaza las manos sobre la mesa.

—Entonces, explícame por qué la mitad de las Cinco Familias ya sabe a quién tienes en casa y la otra mitad lo sabrá antes del domingo.

Santino y Valerio guardan silencio al mismo tiempo. Otra de esas cosas que hacen como si fueran un único hombre.

—Es una abogada. No es asunto de nadie.

—Es la hija de Carlo Bianchi. —Massimo deposita el nombre sobre la mesa con el cuidado—. Eso la convierte en asunto de todos. Carlo te roba en el puerto, te humilla y desaparece. Tú, en lugar de cerrar la herida, llevas a su hija a tu casa y la sientas a tu mesa.

—Me la entregó como pago —explico, aburrido.

—Ya lo sé. —Massimo no levanta la voz. Nunca lo necesita—. Pero ahí fuera no cuentan que cobraste una deuda. Cuentan que el don de los Romano duerme bajo el mismo techo que la sangre del hombre que lo traicionó.

Hace una pausa breve.

—Tu padre muerto sin culpable. Carlo sin castigo visible. Y ahora su hija instalada en tu ático. Cuando dejas huecos en una historia, la gente los rellena. Casi nunca lo hace a tu favor.

Ahí está.

La pregunta escondida debajo de la advertencia.

Massimo no necesita decir que una mujer como Elena solo deja de ser una debilidad cuando posee una función clara dentro de la casa.

Y la tiene. Solo que todavía no puedo explicársela.

—Sé lo que estoy haciendo, Massimo. —La impaciencia endurece mi voz.

—No lo dudo. —Se pone en pie y vuelve a abrocharse la chaqueta—. Solo quería recordarte que el resto del mundo también está pensando en ella.

Sus ojos se detienen un instante sobre los míos.

—Ya no eres el único. Ahora, si me disculpan, caballeros, tengo alguien esperando por mí.

Se marcha por donde ha venido, dejándome la última frase clavada bajo la piel.

Porque no es una advertencia sobre rumores.

Es una advertencia sobre hombres.

Valerio espera a que Massimo desaparezca escaleras arriba antes de hablar.

—Tiene razón, ¿sabes?

—Lo sé.

—No te lo decimos para tocarte los cojones —añade Santino, esta vez sin rastro de sonrisa—. Tu padre se rodeó de hombres que asentían a todo. Ya viste cómo acabó.

No necesito otra advertencia.

Mucho menos una que utilice a Cucu como espejo.

Me pongo en pie y me preparo para irme.

—Cenad el domingo con la nonna. Decidle que yo también iré.

—¿Y la abogada? —pregunta Valerio.

La respuesta debería ser inmediata.

No lo es.

—La abogada también.

Los gemelos intercambian una mirada. Una de esas conversaciones completas que mantienen sin palabras y que llevo toda la vida intentando descifrar.

Salgo de Purgatorio con Faustino detrás y los auriculares que ya no voy a utilizar pesándole en el bolsillo.

Hay cosas que un hombre escucha mejor cuando llega a casa.