9 Federico #2
Su hija (mi actual abogada penalista y cautiva), a su derecha con la misma tensión en los hombros.
Me sostengo la barbilla con la mano, el codo en el reposabrazos de la silla de madera oscura. Las observo interactuar en silencio; el dedo corazón juguetea con mi labio inferior y una media sonrisa se me resiste en el rostro.
Se están poniendo al día. Hablan de absolutamente todo, excepto del elefante en la habitación.
Yo.
Yo y mi brillante idea de raptar a esta mujer.
Sé que estoy desestimando mis tareas, una organización no se maneja sola, pero es que nunca creí que fuera a entretenerme tanto.
Alondra no parece estar sufriendo ningún conflicto interno; juraría que hasta se siente aliviada al ver que su hija está sana y alimentada.
¿Podría hacerle más cosas, aparte de alimentarla? Sí, pero no es el momento. No, Elena necesita más información sobre mí. El deseo lo tiene (lo reconozco cuando me mira), pero su moral elevada le impide verme como lo que soy.
Quizá por eso sonrío, porque puedo ver el futuro.
Los platos ya están vacíos y Elena me mira de vez en cuando, como analizando lo que le dice a su madre, probando hasta dónde puede hablar, qué decir sin que yo la escuche o me dé cuenta de su plan para escapar de aquí.
Pero Elena todavía no sabe hasta qué punto Alondra apoya esta situación.
—Alondra… —interrumpo. Las dos me miran de inmediato; esperaban esta interacción—. ¿Se ha puesto Carlo en contacto contigo?
—No —responde con honestidad.
¿Cómo sé que es honestidad? La ira en sus ojos dice que, en el momento en que se comunique con ella, es hombre muerto.
—Y no creo que lo haga. Es muy cobarde.
—Sí que lo es… —murmuro, recordando cómo entregó a su hija sin dudarlo un segundo—. Mis hombres dicen que le ha pedido asilo a los rusos. —Me río.
—¿Los rusos? —pregunta Alondra, mirándome confundida—. Creía que ya no…
Las palabras quedan en el aire.
—¿Que ya los había matado? —completo su pregunta con una sonrisa. Me inclino sobre la mesa, sosteniéndome la mandíbula con aburrimiento—. No…, bueno…, no a todos.
Elena no ha dicho una sola palabra.
Hasta ahora.
—¿Qué harás si lo encuentras?
Sin cambiar de postura, mis ojos viran hasta enfocarse en ella; el peso de mi mirada la obliga a apartar la vista y clavarla en el vaso que tiene delante.
—Aún no lo he decidido. Después de todo, le hice una promesa: su vida a cambio de la tuya.
Parece… ¿decepcionada?
—Entiendo.
—Pero… —me yergo en la silla—, como he dicho, esa promesa la hice yo. Puede que otros no se la tomen tan en serio.
Eso le cambia el semblante. Ha entendido lo que quería decir.
Puede que yo no lo mate. Pero mis hombres…
Ella sabe mejor que nadie que siempre hay que leer la letra pequeña, sobre todo si tratas con un mafioso.
—Bueno. —Me levanto—. Tengo reuniones que atender. Alondra, confío en que Faustino y tú estéis en contacto, por si te enteras de algo.
—Sí, sí, tengo su número. —La madre de Elena se pone de pie y yo alzo la mano para detenerla.
—Por favor, disfruta de tu hija —ronroneo mirando hacia Elena—. Parece que necesita que alguien la convenza de que está en buenas manos.
—¿Buenas manos? —pregunta ella, irritada.
—Sí —responde Alondra, posando una mano en el brazo de su hija—. No te preocupes, yo me encargo.
Con una media sonrisa odiosa, me retiro del comedor.
Elena me sigue con la mirada colérica, y yo le guiño un ojo, demostrándole una vez más que siempre soy yo quien tiene el control.
—¿Cómo sabes que no se escaparán de tu piso? —pregunta Faustino mientras conduce por las calles de Manhattan.
Hace un tiempo ya decidí desplazarme siempre en compañía de mi underboss y primo, cambios que hice al momento de tomar control de la organización.
Todos mis empleados son también familia, amigos, confianza, y los de la vieja escuela como Carlo Bianchi, terminaron en el olvido, despojados del apellido Romano.
—Están demasiado aterradas —respondo mirando por la ventanilla—. Sabes que el terror paraliza a la gente.
—Ya —se ríe por lo bajo—, pero Elena tiene carácter.
Miro a Faustino de soslayo. Conozco bien sus gustos y no me agrada el comentario. Sus ojos encuentran los míos y, cuando ve mi expresión, sabe lo que estoy pensando.
—Federico… —comienza.
—Solo recuerda que no te pertenece.
—Lo sé. No pretendía dar a entender otra cosa.
Asiento una vez más, pero la inquietud sigue en mi pecho. Yo puedo jugar con ella, irritarla, hacerla enfadar…, pero Faustino tiende a disfrutar de esas cosas en exceso.
Crecimos juntos, nos desarrollamos juntos y sé que, teniendo poca edad, experimentábamos cosas que algunos hombres no prueban en toda su vida. Excesos con mujeres, orgías. Si bien mis gustos no son inocentes, he visto a Faustino ir más allá.
Llegamos al puerto. No al turístico, atestado de gente: al puerto de Nueva Jersey, donde mis contenedores descansan como edificios en una ciudad abandonada, altos y metálicos, esperando mi llegada.
Por supuesto, la policía está al tanto de lo que ocurre; solo que, en sus registros, esto no es más que importación de productos chinos. Dentro de los cajones de madera hay objetos de decoración por encima y, por debajo, armas tan dañinas que son ilegales hasta en este país.
Y eso da mucho que hablar.
Reviso cada cajón por encima; luego es Faustino quien verifica minuciosamente que el encargo se haya cumplido según lo acordado, ese es su trabajo después de todo.
—Todo en orden, Federico —dice por encima del hombro.
—Perfecto. Llama al transporte, quiero todo en camino en un par de horas.
Una vez que está todo cargado, mis hombres se ocupan de llevarlo a un depósito cercano. Allí empiezan las ventas, los intercambios y la acumulación de dinero en mi cuenta.
—¿Adónde? —pregunta Faustino en cuanto cierra la puerta del coche.
Quiero decir «a casa». Quiero volver y crispar a Elena, quiero ver ese fuego que tanto me divierte. Pero también quiero darle espacio, tiempo con su madre, que probablemente me apoye más a mí que a ella.
Eso debe de cabrearla muchísimo y sonrío.
—Vamos al Purgatorio.
Uno de mis tantos negocios en esta ciudad, y el único que no llevo yo. El Purgatorio es de Santino Russo; suyo en los papeles, en la práctica y hasta en el nombre, que se le ocurrió una noche de borrachera.
Es un local sin cartel, hundido medio piso bajo el nivel de la calle en el Meatpacking.
Ladrillo viejo, luz de color ámbar, terciopelo granate en los reservados y una gran variedad de alcohol.
Entran pocos, pero, sea la hora que sea, el sitio está lleno: Santino tiene el don de hacer que un hombre se sienta elegido solo por cruzar esa puerta.
Me siento en la zona vip, apartado de todos. No porque me crea superior, sino porque esta tarde no quiero que nadie me toque los cojones.
Un vaso de whisky aparece delante de mí antes de que lo pida, aquí saben lo que bebo, es la casa de Santino, y en la casa de Santino no falta detalle.
Faustino se sienta a mi lado, observando alrededor como un halcón, aunque sabe que entre estas paredes nadie va a intentar nada: la mitad de los empleados viven muy bien gracias al sueldo generoso que les paga su jefe.
Cualquiera que se plantee siquiera hacerme daño será interceptado antes de levantarse de la silla.
Aburrido, cojo el móvil y abro las cámaras de seguridad que instalé hace un tiempo en mi piso. Una recomendación de Faustino que en su momento no me pareció la más brillante, pero a la que ahora le estoy dando muy buen uso.
Elena está hablando con su madre en el salón. Está sentada en el sitio que siempre elige.
—Primo —lo llamo—. ¿Tienes auriculares?
—No, pero puedo conseguirlos —responde, levantándose en el acto.
Algo me dice que quiero escuchar esa conversación.
Faustino todavía no ha regresado con los auriculares cuando Santino baja los tres escalones de la zona vip como si recorriera el salón de su propia casa.
—Federico. —Me aprieta el hombro con demasiada familiaridad—. Llevas una hora en mi local y ni siquiera me has saludado. Me ofendes.
—Te he saludado bebiéndome tu whisky.
—Ese es el Federico que me gusta.
Se deja caer en el sofá de enfrente y se desabrocha la chaqueta negra. Me observa con su habitual media sonrisa.
—Valerio viene de camino.
Como si lo hubiera invocado, su hermano gemelo baja los escalones mientras discute por teléfono.