Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 9 Federico
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9 Federico

Elena me atraviesa con los ojos turquesa y debo admitir que su atención me halaga.

Más de lo que debería.

Su plato está por la mitad; el mío, vacío. Antes de terminar, paso el pan por la salsa como solía hacer mi abuelo, y lo bajo con una copa de Sauvignon Blanc que saboreo en la lengua unos segundos.

—Mi padre era estéril —comienzo—, pero necesitaba un heredero por toda esa mierda de que el poder se transmite de generación en generación.

Quizá, tu cerebro lógico piense que hicieron un tratamiento para concebirme, como cualquier pareja normal.

Pues no. Mi padre obligó a mi madre a acostarse con uno de sus hombres para que le diera un hijo, era un secreto entre los tres.

Elena cruza los brazos; cada rasgo de su rostro deja claro cuánto desaprueba lo que escucha. Y aún no ha oído lo peor.

—El día que nací, cuando comprobaron que era un bebé sano y fuerte, le metió una bala entre los ojos al que era mi padre. Y a mi madre, cuando cumplí cinco años.

—Dios mío… —dice ella, cubriéndose la boca con sus delicados dedos.

No por nada lo llamaban «Cucu».

Me levanto de la silla y aparto la suya para invitarla al salón. Ella me toma del brazo sin decir palabra; parece que la historia la tiene tan absorta que no repara en nuestra cercanía.

La dejo sentada en uno de los sillones mientras sirvo dos vasos de brandy.

—Mi padre no crio a un niño, crio a un mafioso, y eso es lo que soy. No fui a la universidad y apenas logré terminar el colegio. Aunque quisiera, no podría ser otra cosa, porque no tengo preparación para nada salvo para los negocios, el dinero y las armas.

Le tiendo el vaso y ella lo acepta sin dudar.

—¿Tuviste niñera, al menos?

Me siento frente a ella y apoyo el vaso en la rodilla.

—Al principio, pero mi padre acababa echándolas. Supongo que se las follaba y luego se deshacía de ellas. —Me llevo el líquido a la boca y dejo que me mate por dentro.

Ya estoy muerto de todas formas.

—Una vez vi a tu padre… —dice ella, mirando por encima de mi hombro, probablemente recordando—.

Lo espié por la ventana una noche que oí ruido en la calle.

Estaban dándole una paliza a mi padre en la puerta, y el tuyo lo miraba mientras se fumaba un cigarro, apartado.

Yo estaba tan enfadada con mi padre por haberle pegado a mi madre que disfruté viendo lo que le hacían.

Hasta que vi a un niño… —Sus ojos se clavan en los míos—. A ti.

Bajo la mirada al vaso, el líquido ámbar se mueve al ritmo que le marco. Mis ojos se deslizan hasta la muñeca, al Patek dorado que Cucu dejó atrás el día de su muerte.

No alejo la mirada porque me dé vergüenza, sino porque siento tormento por ese niño tan solo y asustado.

Recuerdo haber visto movimiento tras esa misma ventana: una niña aterrada, con el pelo revuelto, en pijama y abrazando un osito contra el pecho, usándolo para no mirar cuando ya no soportaba la paliza de su padre. Nunca até cabos. Nunca imaginé que pudiera ser ella. Hasta ahora.

Asiento, expectante por lo que recuerde a continuación.

—Veía que tenías mi edad, pero no te comportabas como los niños que yo conocía. Parecías…

—Indiferente a lo que ocurría frente a mí, sí —la interrumpo para tomar control de la conversación—.

Recuerdo verte espiar por la ventana. Recuerdo haber envidiado tu vida: estar en casa por la noche, rodeada de tus juguetes y arropada por tus sábanas.

El trabajo se hacía a esas horas, así que mis horarios siempre fueron irregulares, pero lo que más recuerdo es tu osito.

Algo que yo nunca había tenido, y me moría de ganas de saber si era tan suave como parecía.

Mi padre creía que los juguetes me convertirían en un sensible de mierda.

Ella bebe.

Yo también.

—Supongo que mi vida era un poco más normal que la tuya.

—Así es —concedo, observando su rostro al detalle; es refrescante verla tranquila en mi salón y no furiosa conmigo—. ¿Cómo era tu madre?

La pregunta nace de una curiosidad genuina. Mi única relación con las mujeres ha sido siempre sexual; no tengo ni idea de lo que es vivir un amor maternal.

Elena sonríe por primera vez, y no soy idiota: sé que no me la regala a mí, sino que está pensando en Alondra.

—Es una gran madre. Siempre me protegía de él, de sus golpes.

Recuerdo oírlos en una de aquellas tantas peleas, cuando ella lo amenazó: «Puedo soportar tus palizas, pero el día que le toques un pelo a mi hija será el día en que termines muerto».

Y nunca me tocó, pero la violencia psicológica siempre estuvo ahí.

—Tendría que haberlo matado cuando tuve la oportunidad —digo en voz alta, un pensamiento que me ronda la cabeza desde que empezamos a hablar.

Ella no rebate mi declaración, y al fin encuentro algo en lo que coincidimos. Se sorprende al oír la furia burbujeando en mis venas.

Cojo el vaso y lo apuro de un trago.

—A los doce proclamó que ya era un hombre y me obligó a hacer todo lo que hace un hombre.

Elena se horroriza, agarra un cojín y lo abraza contra el estómago como hacía con ese osito de pequeña.

—¿Mujeres? —pregunta con miedo.

—No. Mi primer asesinato.

Era muy joven en aquella época, y recuerdo todo lo que me ocurrió como si hubiera sido ayer: sentimientos, olores, frases sueltas y el terror.

Mi padre tenía la mira puesta en un nuevo gánster de la ciudad, líder de una banda que, increíblemente, creyó que aún quedaba espacio para más crimen en Nueva York.

Capturó al líder, un hombre que a mí me parecía adulto entonces, pero que no tendría más de veinte años.

Lo encontré sentado en una silla, atado por las muñecas, la camiseta sin mangas chorreando. Creí que era sudor; de mayor comprendí que probablemente era algún método de tortura. A mi padre le encantaba ser creativo en ese aspecto, aunque ahogar a la gente era su preferido.

Sinceramente, aquel muchacho apenas respiraba. Puede que en ese momento no lo notara, pero no le faltaba mucho para pasar al otro lado.

Mi padre me dio una .45. La soltó de golpe y casi se me cayó; pesaba demasiado para mí. Ahora la llevo encima a todas horas y tengo que comprobar que sigue conmigo, porque ya no la siento.

«Quita el seguro aquí, aprieta aquí, apunta a la frente», dijo mi padre.

Desobedecer no era una opción.

Así que, con las manos temblorosas, hice todo eso.

Sin pensarlo, sin razonar que le estaba quitando la vida a alguien a quien ni conocía.

Cuando eres niño no sabes que existe la muerte o el peligro como lo entiendes de mayor; por eso trepas a los árboles sin miedo, por eso te metes en situaciones de graves consecuencias.

El disparo me tiró al suelo, pero la bala cumplió su trabajo.

Mi padre me levantó con brusquedad. Sus únicas palabras fueron de desaliento.

Nunca estuvo orgulloso de mí, ni siquiera en mis mejores momentos.

Elena me mira con una pena que no puedo reprocharle; mi historia lo merece. Pero eso no significa que quiera recibirla.

—¿Dormiste esa noche?

Qué pregunta más rara, nadie me la había hecho antes.

—No —respondo con seriedad—, pero recuerdo que aproveché que mi padre no estaba para ver la televisión hasta que volvió a salir el sol.

Recuerdo querer ocupar la mente con algo, y lo primero que encontré fue un documental sobre leones.

—Me río al recordar que aprendí cómo se reproducen esas bestias impresionantes—.

Se me hizo costumbre recurrir a esa clase de documental cuando no quiero pensar.

—¿A cuánta gente más te obligó a matar?

—A mucha, Elena. A muchísima más de la que puedas imaginar. —Me levanto y camino hacia mi ventana favorita; las luces de Nueva York titilan sin control—. Ya basta por hoy.

El reloj de la pared marca las once y media.

Ella me ve mirar la hora y, por alguna razón, lo interpreta como una orden. Se levanta, murmura unas buenas noches y desaparece tras su puerta.

Dormir nunca fue una opción y, como le he dicho a Elena, me encuentro en mi habitación viendo un documental sobre Tutankamón, el rey egipcio.

No es mi favorito, y por eso me cuesta dejar de pensar en ella.

Puede que ahora mismo sea el villano. Pero ¿lo seré para siempre? ¿Usará otra lente Elena Bianchi cuando conozca mi historia? Si vive mi realidad, si conoce mis pensamientos más ocultos…

Me río sin ganas y le doy un sorbo al vaso de brandy.

Cuando me levanto, oigo la bicicleta de Elena pedalear sin descanso. Debería respetar su intimidad, pero encuentro diversión en hacerla enfadar.

Aunque hoy me siento benévolo. Me levanto, mando un mensaje rápido, me pongo lo primero cómodo que encuentro (unos vaqueros, una camiseta blanca) y voy a buscarla.

Me ve llegar y me ignora. Me acomodo justo detrás, donde sé que va a notarme, y espero.

—Agh… —gruñe—. ¿En serio, Federico?

—Las vistas son mejores que los edificios. —No sonrío—. Sigue, que mi presencia no te distraiga.

No se distrae, o finge no hacerlo. Termina la clase con la espalda muy recta, pedaleando como si pudiera castigarme con el esfuerzo, y ese empeño en ignorarme es lo más cerca de una confesión que voy a sacarle hoy.

Cuando intenta bajarse, los zapatos no ceden. Me arrodillo delante de ella antes de que me lo pida. Le rodeo el tobillo con la mano.

Se queda muy quieta.

Suelto el primer cierre despacio. El segundo, más despacio todavía.

—Puedo hacerlo sola. —La voz le sale medio tono más alta de lo que ella querría.

—Lo sé. —Mantengo mi agarre unos segundos de más.

Me incorporo sin apartarme, tan cerca que la noto contener el aire. Elvira está trabajando en la cocina, así que hablo bajo, solo para Elena.

—Tienes el pulso disparado. —No la toco; solo miro el punto exacto del cuello donde late—. Demasiado para alguien que solo ha hecho ejercicio. ¿Te gusta que te mire el culo, Elena?

Tenía las mejillas rojas del esfuerzo. Ahora es por otra razón, y los dos lo sabemos.

—Degenerado —susurra.

Pero no se aparta.

Me retiro hacia la cocina.

—Ve a cambiarte, Elena. Tu madre viene a vernos hoy.

Alondra Bianchi está sentada, incómoda, en el extremo opuesto al mío de la larga mesa del comedor.