8 Elena
Vestirme para la cena se convierte en un problema lleno de mensajes contradictorios.
La ropa elegante funciona como una armadura. Me da poder, seguridad, la sensación de que puedo enfrentarme a cualquier cosa. Pero también podría parecer que quiero estar guapa para él. Que me importa lo que piense cuando me vea.
Y nada está más lejos de la realidad.
Así que elijo un punto medio.
Toda mi ropa ha aparecido en el armario, ordenada por colores y tipos de prenda. Arranco de las perchas unos vaqueros y una camiseta negra de cuello alto, sin mangas.
Elegante, comedida, sobria.
Nada excesivo.
Nada que Federico pueda malinterpretar.
Por supuesto, cuando llego al comedor formal, no hay nadie esperándome.
Solo estoy yo, sentada frente a una mesa demasiado grande, con una libreta que encontré en la cocina y que Elvira me regaló al verme rebuscar entre los cajones.
Federico entra unos minutos después, caminando con ligereza mientras observa el móvil. Ni siquiera levanta la mirada al sentarse en la cabecera. Continúa escribiendo, como si la conversación que él mismo ha organizado fuera secundaria.
Elvira aparece con dos platos ya servidos.
Una generosa ración de pasta cubierta por una salsa roja intensa, espesa y brillante. El aroma a tomate, ajo y albahaca me alcanza antes de que deje el plato delante de mí.
Se retira de inmediato.
Federico guarda el móvil y empieza a enroscar la pasta alrededor del tenedor.
Sin excusarse.
Sin introducciones.
Lo imito porque no pienso dejar que su falta de educación arruine mi cena (otra vez), pero el coraje aumenta con cada bocado.
Al cuarto, exploto.
—¿No vas a decir nada?
Federico detiene el tenedor antes de llevárselo a la boca y vuelve a apoyarlo en el plato.
—¿Así tratas al hombre que puede devolverte la libertad, bedda mia? Creía que se te daba mejor esto.
Hace un gesto leve con la mano, como si estuviera reconsiderando el acuerdo.
Me crispa.
Respiro hondo y cuento hasta tres.
Si esta investigación es el camino para salir de aquí, Federico se encargará de llenarlo de obstáculos. Esperar otra cosa sería subestimarlo.
—De acuerdo. Empecemos por lo básico. ¿Cómo encontraron a tu padre?
Deja el tenedor junto al plato con una lentitud excesiva.
—¿Cómo fue tu infancia, Elena?
La pregunta me descoloca. Durante un segundo, olvido que todavía sostengo el tenedor cargado frente a la boca.
—¿Qué tiene que ver eso con…?
—Responde. —Su tono cambia.
No es alto ni abiertamente amenazante, pero ha perdido toda amabilidad. Lo suficiente para despertarme una punzada de miedo.
Aun así, registro la maniobra.
No ha contestado.
Le he preguntado por su padre y ha desviado la conversación hacia el mío. Es una técnica común entre testigos que necesitan ganar tiempo o controlar el ritmo de una declaración.
Lo archivo en mi mente.
A veces se descubre más observando aquello que alguien esquiva que escuchando lo que decide contar.
—No fue una infancia —respondo—. En mi casa sucedían cosas que una niña no debería presenciar.
Federico toma la copa de vino.
—Tu padre.
No es una pregunta.
—Sí. Vivíamos con miedo a que no regresara. Y otras veces, con miedo a que lo hiciera.
Sus cejas se juntan.
—¿Era violento con vosotras?
Asiento y libero el aire que tenía atrapado en los pulmones.
Federico coge el cuchillo, aunque no lo necesita para la pasta. Lo hace girar lentamente entre sus dedos mientras dice:
—Mi padre me encerraba en un baúl en el puerto de Brooklyn cuando consideraba que lo había mirado mal. —La confesión sale con la mayor neutralidad posible—. Así que entiendo a qué te refieres. Crecer dentro de este mundo nunca fue sencillo.
Observo el cuchillo en su mano.
—La diferencia es que yo me marché en cuanto pude.
Federico sonríe y asiente despacio.
—Mi mejor venganza fue convertirme en alguien mejor que él. Más inteligente. —Se señala la sien con el cuchillo—. Eso terminó colocándolo dos metros bajo tierra.
Trago saliva.
Ahí está el primer dato real de la noche, escondido dentro de una frase pronunciada como si no tuviera importancia.
Federico se considera más inteligente, más capaz y mejor preparado que su padre. Habla de su muerte como una consecuencia de esa superioridad.
Cualquier investigador lo anotaría.
Un hombre que admite sonriendo que sus actos ayudaron a enterrar a la víctima está muy cerca de confesar algo.
O quiere que yo crea que lo está.
—¿Lo mataste o no?
Utiliza el cuchillo para cortar el pan de la cesta y deja un trozo cerca de mi mano.
—Vamos a jugar.
—Esto no es un juego.
—Yo te contaré mi historia. Cuando termine, me dirás qué piensas.
No es así como funciona una investigación.
No necesito una historia. Necesito hechos verificables: fechas, nombres, movimientos, accesos. Quién estaba en la casa. Quién cocinó. Quién vio a Cucu con vida por última vez.
Una narración construida por el principal sospechoso no es una prueba.
Es una versión.
Y cuando un sospechoso elige voluntariamente la versión que quiere entregarte, suele ser porque esa historia le conviene.
Lo sé como abogada. También lo sé como hija de un hombre que manipulaba relatos hasta conseguir que la verdad pareciera una mentira.
Aun así, estaría engañándome si dijera que no quiero escucharlo.
Porque Federico todavía no ha comprendido algo. Cuando una persona decide cómo contar su historia, no solo habla mediante lo que incluye.
También lo hace mediante lo que intenta enterrar.
Si Federico Romano quiere darme su versión, dejaré que lo haga. Pero mientras él habla, yo escucharé cada detalle.