7 Federico
cWG
Son las pequeñas victorias las que me hacen sonreír.
Cuando decidí raptar a esta mujer, descubrí que es abogada penalista.
Reconstruye delitos para ganarse la vida. Lee pruebas como otros leen el periódico y encuentra coherencia donde los demás solo ven caos.
Llevo un año buscando al responsable de la muerte de mi padre. Un año analizando mi entorno: rivales, enemigos y cada hombre con motivos suficientes para quererlo bajo tierra.
Un año sin encontrar nada.
Y resulta que el pago de una deuda ha dejado en mi casa a una mujer cuyo oficio consiste en descubrir lo que la policía no ve.
—No sé de qué quieres hablar, pero, si estás insinuando que trabaje para ti, estás completamente loco —dice al entrar en la cocina con todo ese dramatismo que le gusta exhibir cuando discutimos.
Otra cosa que tenemos en común.
Preparo la cafetera con el cuidado de un profesional.
—No trabajarías para mí —respondo con calma—. Trabajarías para ti misma. Ya lo entenderás.
Elena contempla la ciudad por la ventana. Mantiene la misma postura que cuando regresé al ático y la encontré observando Manhattan como un reactor nuclear a punto de arrasar con la población.
—No tengo nada que hacer para ti.
Los abogados suelen compartir la misma fachada. Se presentan como defensores de la moral, la ética y las buenas intenciones. Hombres y mujeres incorruptibles hasta que aparece una oportunidad lo bastante tentadora.
Solo hace falta colocarles el cebo adecuado delante para comprobar cuánto pesan realmente sus principios.
Aquí está el suyo.
—¿Y si te ofreciera un trato?
Mi tono sigue siendo sereno. Ella continúa rígida, cargada de furia.
Me encantaría calmar esa histeria con la lengua.
Elena se vuelve.
El interés aparece en sus ojos antes de que consiga ocultarlo. Clásico.
—¿Qué trato?
Camino hasta la ventana y me detengo a su lado. Los dos contemplamos la ciudad. No la toco. Todavía.
La cafetera trabaja a nuestra espalda, llenando el silencio con un murmullo mecánico.
—Hace un año encontraron muerto a mi padre —comienzo—. La policía cerró el caso sin un culpable, aunque la comunidad eligió el suyo. Dicen que lo maté yo.
No necesito mirarla para saber que sus ojos están sobre mí. Miedo, curiosidad y esa necesidad suya de desmontar cada palabra hasta encontrar lo que oculto debajo.
—Yo no maté a mi padre, Elena. —Lo digo como quien anuncia la hora—.
Llevo doce meses buscando a quien lo hizo y sigo con las manos vacías.
—Me vuelvo hacia ella—. Tú reconstruyes crímenes.
Lees escenas, pruebas y personas. Encuentras el detalle que todos los demás ignoran.
Averigua quién mató a mi padre, demuéstramelo y te dejaré marchar.
El silencio que sigue es diferente.
Ya no contiene miedo, es puro cálculo.
Reconozco esa expresión porque es la misma que adopto yo antes de tomar una decisión importante.
—¿Por qué yo? Tienes hombres dispuestos a lamerte las botas.
—Tengo hombres que llevan mi apellido o que se lo deben todo. Tú no le debes lealtad a nadie de esta casa. Tu padre ya no trabaja para mí, eso te hace útil.
—Eso me hace prescindible.
La cafetera emite un pitido.
Me alejo con una sonrisa que no consigo esconder.
Es lista, peligrosamente lista.
—Eso te mantiene libre de cualquier mentira. No puedo decir lo mismo de nadie más que haya cruzado esa puerta.
Mi organización es mi familia, pero ningún vínculo impediría que los destruyera si descubriera una traición.
Carlo ya debería saberlo.
Regreso con su taza y la encuentro inmóvil, construyendo el argumento dentro de su cabeza, examinando cada arista del trato antes de acercarse.
—¿Y si descubro que fuiste tú? —pregunta en voz baja—. ¿Qué ocurre si las pruebas te señalan?
Observo sus labios con hambre. Sería una pena no probarlos antes de dejarla marchar.
—Entonces, habrás encontrado la verdad. Y un trato es un trato.
No es del todo cierto.
Ella todavía no necesita saberlo.
Elena se acerca a la isla, lo único que nos separa. La tensión le endurece los ojos y la mandíbula. La distancia quiere que la elimine de una vez.
—Aunque aceptara, no podría investigar encerrada en un ático. Necesitaría documentos, hablar con personas, entrar en ciertos lugares…
—Tendrás lo necesario. —Apoyo los codos sobre la isla, sujetando la taza entre las manos—. Bajo mis condiciones. Y una de ellas es que yo estaré cerca.
—Eso no es libertad.
—Es el camino hacia ella. Más de lo que tenías hace cinco minutos.
Elena guarda silencio. Lo está considerando de verdad.
Eso ya es una victoria. Hace apenas una hora, esta mujer habría preferido arrojarse por la ventana antes que negociar conmigo.
—Necesito pensarlo.
—Tómate tu tiempo. —Me encojo de hombros y camino hacia la puerta. Antes de salir, me detengo—. Una cosa más. —Espero hasta que me mira—. Cuando aceptes, porque aceptarás, empezarás por las personas más cercanas a él.
Frunce el ceño, todavía no lo comprende.
—La verdad casi nunca está donde uno la busca, Elena. Suele estar más cerca.
Salgo con el café en la mano y silbando la melodía que mi abuelo repetía cuando estaba de buen humor.
No había comprendido lo aburrido que estaba hasta que Elena entró en mi casa.
Esta situación me está proporcionando el entretenimiento que necesitaba.
Y algo más que todavía no quiero nombrar.
Por primera vez en un año, ya no estoy buscando solo.
Elena Bianchi tarda exactamente una semana en llamar a la puerta de mi despacho.
Mi mente celebra en silencio. Esperaba que nuestra batalla de voluntades durara más.
—Adelante.
Me quito las gafas y las dejo sobre el teclado del portátil mientras ella se acerca al escritorio.
No sonrías.
Tengo que recordármelo para no ahuyentarla antes de que hable.
Me reclino en la silla de cuero y espero.
—¿Lo hiciste o no? —Se cruza de brazos, aunque mantiene la mirada fija en el suelo.
Sé perfectamente a qué se refiere, pero ha ignorado mi existencia durante toda la semana y no pienso desperdiciar esta oportunidad.
Lleva unos leggings azules y una camiseta blanca de Peloton. El cabello, recogido en una coleta alta, todavía está húmedo alrededor de las orejas. Ha aprovechado que yo estaba encerrado aquí para hacer una de sus clases.
Odia que me siente detrás de ella mientras pedalea. Por eso lo hago siempre que puedo.
—¿Qué cosa? —Entrelazo los dedos sobre el estómago.
Estoy disfrutando demasiado.
—¿Mataste a tu padre, Federico?
Levanta los ojos turquesa y los clava en los míos. Debe de encontrar algún rastro de diversión en mi rostro, porque su expresión se endurece.
—No.
La observo, atento al instante exacto en que decida si me cree.
—No puedo investigar la muerte de un hombre sin saber si su hijo me está mintiendo. Si reconstruyo el caso y al final las pruebas te señalan a ti, habré perdido el tiempo trabajando para mi propio carcelero.
—No acostumbro a repetirme, Elena.
Ninguno rompe el contacto.
Ella busca una grieta, una vacilación, cualquier indicio de mentira. Yo intento averiguar cuánto necesita creerme para aceptar.
—Entonces, escúchame bien, porque yo tampoco me repetiré.
—Se acerca al escritorio y apoya el índice sobre la madera—.
Si hago esto, lo trataré como cualquier otro caso.
Necesito la historia completa: cuándo encontraron el cuerpo, quién estaba en la casa, quién tenía acceso, quién cocinaba y quién entró o salió aquel día.
Quiero ver el lugar y hablar con todos sin que tú estés presente condicionando sus respuestas.
Su tono no admite interrupciones.
La mujer que tengo delante ya no es mi prisionera furiosa. Es la abogada.
—Nada queda fuera —continúa—. Ni los nombres incómodos ni tu familia. Si ocultas una sola pieza, no encontraré la verdad, sino la versión que tú quieras mostrarme. Y para eso no me necesitas.
Inclino ligeramente la cabeza.
No esperaba tanto fervor por una investigación que, en teoría, no significa nada para ella. Pero Elena no sabe hacer las cosas a medias. Si entra en un caso, necesita dominarlo.
Comprenderlo.
Vencerlo.
—Cuando estés dispuesto a contármelo todo, con detalles y sin teatro, avísame.
Se da la vuelta, convencida de haber cerrado la conversación.
Pero soy Federico Romano. No permito que nadie salga de mi despacho creyendo que ha tenido la última palabra.
—A las siete, en el comedor formal.
Elena se detiene.
Vuelvo a colocarme las gafas y abro el portátil.
—Esta noche cenaré en casa.
Me mira desde la puerta, molesta porque he convertido sus condiciones en una orden.
—Querías la historia completa —añado—. Empezamos esta noche, trae algo con lo que tomar notas.
Levanto las cejas, invitándola a discutir.
Elena se limita a asentir y sale sin responder.
La puerta se cierra detrás de ella.
Sonrío por fin.
Siempre gano.
Aunque una parte incómodamente lúcida de mí comprende que Elena acaba de entrar en el juego imponiendo sus propias reglas.
Y quizá eso significa que esta vez no soy el único que está moviendo las piezas.