6 Elena
No es justo que tenga estas vistas.
El piso de Federico es más grande que los de todos mis amigos juntos. Desde el ventanal, la ciudad se extiende bajo mis pies: coches, autobuses, aviones y personas avanzan con sus vidas mientras el tiempo parece haberse detenido únicamente para mí.
Sigo cabreada.
No solo porque un mafioso ha decidido restringir mi libertad, sino porque Faustino, el misterioso underboss que habla poco y hace demasiado, ha irrumpido en el piso acompañado por un séquito de hombres cargados con mis pertenencias.
Mis trajes.
Mis zapatos.
Mis objetos personales.
Mi ropa interior, que ese cabrón ha tenido que seleccionar con sus propias manos antes de meterla en una maleta.
Y la bicicleta Peloton.
La ha colocado en mitad del salón, frente a los ventanales, en lugar de llevarla a mi habitación. Cuando le he preguntado qué demonios estaba haciendo, se ha limitado a decir que cumplía órdenes de Federico.
Lo ha dicho con una media sonrisa por la que cualquier mujer con menos dignidad perdería la cabeza. Yo solo he pensado en cómo arrancarle esos bonitos ojos azules.
Aprieto la mandíbula hasta que siento que las muelas podrían partirse.
Entonces suena el ascensor.
Unos pasos firmes atraviesan el recibidor.
Me vuelvo y encuentro a Federico avanzando con esos aires de grandeza que quiero sofocar utilizando el cojín más cercano.
Lleva algo en la mano. Una bolsa de papel cuyo logo reconozco de inmediato.
El estómago se me contrae.
Camino hacia él con rapidez, pero antes de que consiga alcanzarlo arroja la bolsa sobre la mesa de centro. El pan de mi madre se desparrama sobre los libros decorativos, acompañado de cannoli.
—Maldito…
—Está bien —interrumpe, alargando las palabras con irritación mientras se deja caer sobre el sofá blanco—. Tu madre está bien. Qué dramática eres, Bianchi.
Se estira, escoge un cannolo y le da un mordisco. Cierra los ojos y deja escapar un gemido exagerado.
—¿Quieres?
—¿Por qué has ido a verla?
El crujido de la masa responde antes que él. Federico mastica despacio, saboreando cada bocado mientras yo intento no saltar sobre la mesa y estrangularlo.
Después saca un pañuelo del bolsillo y se limpia el azúcar de la comisura de los labios.
Dios, dame paciencia.
—Creí que querías que supiera que estabas viva.
—No se quedará tranquila sabiendo que he caído en tus garras.
Las uñas se me clavan en las palmas. Federico rebusca dentro de la bolsa.
—Tranquila no está. Pero ahora sabe dónde te encuentras y con quién.
—¡Estoy desaparecida! Me has raptado y estoy encerrada con un loco.
Él levanta otro dulce para inspeccionarlo.
—¿Quieres café?
El calor me sube por el cuello. Ojalá explote y manche sus sofás impolutos con mis tripas.
No me muevo.
Federico se lleva una mano a la parte trasera del pantalón. Trago con dificultad y retrocedo un paso, esperando ver el arma.
Extrae un móvil. La pantalla vibra con una llamada entrante, responde sin apartar los ojos de mí.
—Faustino.
La voz grave del underboss llega débilmente desde el teléfono. Federico escucha durante unos segundos.
—Añádelo a la reunión de mañana. Y dile a Nero que esta vez se digne a aparecer.
Corta la llamada y deja mi móvil sobre uno de los libros.
—¿Pensabas que iba a apuntarte otra vez? —Su sonrisa se ensancha. Introduce la mano bajo la chaqueta y saca la pistola—. ¿Así?
Me apunta con una inocencia ofensiva.
El pulso me golpea en el cuello.
—Siéntate, Elena.
Obedezco a regañadientes.
Federico baja el arma, satisfecho. Le gusta verme cumplir sus órdenes, aunque tenga que utilizar una pistola para conseguirlo.
Se reclina en el sofá y contempla el segundo cannolo como si fuera un habano cubano.
—Creía que no querías involucrarte en negocios sucios, pero trabajas para el mismísimo Denis Taylor.
Frunzo el ceño.
—Es abogado.
—Lo llaman de muchas maneras. —Una media sonrisa le curva la boca—. En mi mundo lo conocen como el abogado del diablo.
—¿Por qué?
—Representó a mi familia durante años.
El cannolo llega a sus labios. Federico mastica con una paciencia irritante, la clase de paciencia que solo posee un hombre convencido de controlar el tiempo, la habitación y a todas las personas que hay dentro.
Detesto sentir ese poder emanando de él. Detesto todavía más que mi cuerpo lo reconozca.
Denis es el propietario de la firma. Debería conocer sus casos más importantes, y los Romano son famosos por haber cometido algunos de los peores crímenes de la ciudad. Sin embargo, nunca he visto su apellido en ningún archivo.
Eso significa que los casos fueron ocultados o que Denis se aseguró de que yo nunca pudiera encontrarlos.
Cuando me contrató, insinuó que conocía a mi padre. Pensé que se habían cruzado en algún juicio o que Carlo había intentado utilizar sus contactos para atribuirse méritos por mi carrera. Pero si Denis trabajaba para los Romano, entonces conocía a mi padre desde dentro.
Federico no solo saborea el dulce, también disfruta del momento exacto en el que las piezas encajan en mi cabeza.
Quizá Denis me contrató como un favor. Tal vez mi padre quería tenerme cerca de un hombre que pudiera vigilarme o utilizarme cuando fuera necesario.
Otra decisión tomada sobre mi vida sin consultarme.
Joder.
—¿Qué sabes exactamente? —pregunto.
—Lo suficiente para saber que tu carrera limpia tiene algunas manchas que nunca te enseñaron.
—Yo no he cometido ningún delito.
—No he dicho que lo hicieras. —Camina hacia la cocina—. Haré café.
Federico se detiene antes de cruzar la puerta y mira por encima del hombro.
—Ven, Elena. —Sus ojos oscuros se fijan en los míos—. Esta conversación acaba de ponerse interesante y tengo algo que proponerte.