5 Federico
No tenía intención de ir a trabajar.
Creía que tener a Elena dentro de mi casa bastaría para ocuparme el día entero. Vigilar sus movimientos, anticipar sus intentos de fuga y disfrutar de cómo intenta convertir cada respiración en un acto de rebeldía. Sin embargo, su presencia despierta algo en mí que no me gusta.
Algo indeseable.
Una mezcla confusa de odio y lujuria. Una necesidad brutal de silenciarle la boca con la polla.
Elena ha conseguido tocar una parte de mí que no estoy manejando bien. Durante unos segundos, contra aquella pared, he sentido cómo el control se me escapaba de las manos. Y perder el control es un lujo que un hombre como yo no puede permitirse.
Mi reacción ha sido desmedida. Dramática, incluso.
La palabra que ha utilizado no debería haber sido suficiente para provocarme de esa manera.
Lo que Elena desconoce es que vastasu fue uno de los insultos preferidos de mi padre.
Lo utilizaba cuando quería recordarme que, a pesar de mi apellido, seguía siendo un animal sin educación, incapaz de estar a la altura del imperio que algún día heredaría.
Hay palabras que no envejecen.
Se quedan enterradas en la carne y esperan a que alguien las pronuncie con la entonación correcta.
¿Va a enterarse Elena de eso? Por supuesto que no.
No puedo permitirle que descubra dónde están las grietas. No le concederé el privilegio de saber que su veneno me alcanza, que me altera y que, para mi desgracia, también me enciende.
Mantener la calma y la distancia es mi única defensa.
Por eso me doy la vuelta antes de cometer una estupidez mayor y llamo a Faustino. Le ordeno que vigile a Elena de cerca hasta que consiga colocar en fila los putos patitos que me revolotean por la cabeza.
Conduzco hasta Little Italy. Aparco el Porsche frente a una panadería demasiado pequeña para tener una reputación tan grande dentro de la comunidad. El nombre de Alondra Bianchi aparece pintado sobre el cristal y, detrás del escaparate, se exhiben panes, tartas y dulces sicilianos.
Me detengo en la puerta con las manos dentro de los bolsillos del abrigo y observo el ajetreo del establecimiento.
No necesito preguntar quién es Alondra, el parecido con Elena es innegable.
Tiene el mismo cabello castaño, los mismos rasgos firmes y esa presencia que obliga a mirar dos veces.
Sus ojos son más oscuros, pero pertenecen a la misma tonalidad imposible.
Está conversando con un cliente detrás del mostrador, cálida y cercana, hasta que me descubre al otro lado del cristal.
La transformación es inmediata.
La sonrisa desaparece.
El brillo de su cara se apaga como si la mismísima Parca hubiese venido a buscarla.
Alondra no monta una escena. Le indica a una empleada que continúe atendiendo, se quita el delantal y lo dobla sobre el mostrador.
Profesional, serena en apariencia. Una mujer que sabe reconocer al don cuando lo encuentra esperando frente a su negocio.
Está ante mí en menos de un minuto.
—Don Federico. —Su voz sale demasiado deprisa.
—¿Eres Alondra Bianchi? —La pregunta es innecesaria. Solo necesito una forma de empezar.
Asiente.
La ansiedad se acumula en sus ojos. Quiere saber por qué demonios estoy aquí.
Yo también empiezo a preguntármelo.
—¿Te sorprende verme?
Señalo la calle con un leve movimiento de cabeza.
Estamos en Little Italy, mi barrio, mi territorio. Puedo caminar por estas aceras sin escolta visible porque cada ventana tiene ojos y cada hombre sabe qué apellido gobierna esta parte de la ciudad.
Alondra niega despacio.
—Me alivia.
La respuesta me obliga a observarla con más atención.
Mis manos permanecen enterradas en el abrigo. Las suyas se retuercen sobre el estómago.
—Mi hija me escribe todas las mañanas —explica—. Pregunta cómo estoy, qué haré durante el día, si he comido. Hoy no lo ha hecho. Su padre tampoco contesta el maldito teléfono. —Hace una pausa—. No es difícil imaginar que tú tienes algo que ver.
Comienzo a caminar, Alondra se coloca a mi lado.
Un comerciante sale de su establecimiento para estrecharme la mano. Lo saludo sin detenerme. A nuestro alrededor, la ciudad continúa viva, ruidosa, indiferente al miedo de la mujer que avanza conmigo.
—¿Y no estás asustada?
Cualquier madre sensata estaría perdiendo la cabeza.
—Puedes ser muchas cosas —responde—, pero sé que no te metes con la familia.
Miro hacia el final de la calle.
—Hasta hoy.
Alondra se detiene.
Cuando vuelvo la cabeza, encuentro el terror desnudo en su rostro.
—¿Está viva?
Asiento.
El aire abandona sus pulmones, pero el alivio dura poco.
—Elena se ha visto implicada en las malas decisiones de su padre.
—Pezzo di merda —suelta por lo bajo, con una rabia que no parece nueva.
La madre y la hija comparten algo más que la cara. Las dos detestan a Carlo Bianchi.
—Elena es una buena muchacha —continúa—. Nunca participaría en nada de…
—Lo sé —la interrumpo antes de que intente defenderla de un crimen del que nunca la he considerado responsable.
He leído su historial. Conozco su carrera, sus clientes, las veces que rechazó trabajar para su padre y la distancia que se empeñó en colocar entre ella y este mundo.
Sé demasiadas cosas sobre Elena, muchas más de las que debería admitir.
—Estoy aquí por respeto hacia ti —añado—. No hacia Carlo. Él tomó una decisión y la deuda debe saldarse.
Alondra abre la boca, levanto una mano y se calla de inmediato.
Rangos.
—Elena permanecerá conmigo hasta que considere pagado lo que su padre me debe.
No especifico cómo. Prefiero que el miedo complete los espacios vacíos.
—Carlo ha desaparecido —dice cuando reanudamos la marcha—. Hace días que no sé nada de él. Es un miserable, pero siempre responde a mis llamadas. Anoche no lo hizo.
Me observa esperando una confesión. Quiere saber si lo he matado, si está encerrado en un sótano o si sus restos descansan en una alcantarilla.
No le doy ninguna respuesta.
Carlo sigue vivo porque todavía puede resultarme útil. Aunque no sé cuánto durará esa suerte cuando la comunidad descubra que ha entregado a su propia hija para salvarse el pellejo.
Un hombre puede sobrevivir a la furia del don. Sobrevivir al desprecio de toda la famiglia es más complicado.
Le damos la vuelta a la manzana entera. Los dos sabemos que terminaremos frente a la panadería otra vez. Ninguno tiene prisa por llegar.
—¿Puedo hablar con ella? —pregunta finalmente—. Elena luchó toda su vida por alejarse de esto. Construyó un futuro fuera de la Cosa Nostra, lejos de su padre y de todo lo que representa.
Las palabras me golpean en un lugar incómodo. No necesitaba que me recordara que Elena se ha pasado la vida escapando precisamente del mundo al que acabo de arrastrarla.
—Me encargaré de que habléis. —Miro al suelo mientras lo digo. No por vergüenza, al menos eso me obligo a creer.
Terminamos frente a la panadería, exactamente donde empezamos. Alondra mira el escaparate, pero no entra.
—Tengo miedo de que haga alguna locura. Es impulsiva cuando se enfada.
Yo estoy deseando comprobar hasta dónde puede llegar.
—Nada que no pueda manejar.
Esta vez no utilizo el título ni el rango. Pronuncio su nombre al despedirme, como si eso pudiera suavizar algo.
—Espera.
Entra corriendo en la panadería y regresa poco después con dos bolsas de papel cargadas de panes y cajas pequeñas. El aroma a mantequilla y azúcar escapa por las aberturas. Me las entrega.
—Cuando está cabreada, necesita algo dulce. Esto la ayudará a calmarse.
Quiero sonreír.
No porque el gesto me resulte tierno, sino porque Alondra acaba de ofrecerme información que su hija jamás me habría compartido voluntariamente.
Una debilidad, una forma de acercarme. Quizá una tregua.
Regreso al coche con un ánimo distinto. Ahora sé tres cosas nuevas sobre Elena Bianchi.
Escribe a su madre todas las mañanas.
Ha dedicado su vida a escapar de hombres como yo.
Y cuando está furiosa, come azúcar.
Arranco el motor.
Es hora de regresar a casa y ocuparme de mi leona enjaulada.
Aunque comienzo a sospechar que el verdadero problema no será evitar que escape.
Será convencerme de que algún día debo dejarla ir.