Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 4 Elena
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4 Elena

El dolor que me palpita detrás de los ojos me recuerda lo ocurrido anoche antes incluso de que consiga abrirlos.

No fue una pesadilla.

Federico Romano me secuestró.

El hijo de Cucu Romano. El don más sanguinario, paranoico y desquiciado que ha pisado este país. Un hombre del que los adultos hablaban en voz baja cuando yo era pequeña, convencidos de que pronunciar su nombre demasiado alto podía hacerlo aparecer.

Ahora estoy en manos de su hijo. Y, por lo que he podido comprobar, la manzana no ha caído demasiado lejos del árbol.

Me incorporo despacio, con la lengua pegada al paladar y el mismo vestido negro de anoche arrugado alrededor de mi cuerpo. He dormido sobre una cama enorme, probablemente king size, en la primera habitación que encontré después de que Federico me dejara sola en el salón.

No tenía sentido ser exigente, tampoco creía que fuera a dormir.

Sin embargo, el whisky, el agotamiento y la conmoción hicieron el trabajo por mí.

Las sábanas blancas se deslizan sobre mi piel con una suavidad que solo puede significar una cosa: lino puro y obscenamente caro.

Hay tantas almohadas apiladas contra el cabecero que podría construir una barricada con ellas.

Todas son blancas, pero varían en tamaño, textura y firmeza, creando una sensación de lujo que no encaja con mi condición de rehén.

Ni siquiera los secuestradores respetan ya la austeridad.

Anoche estaba demasiado furiosa para detenerme a observar la habitación. Ahora descubro que el ventanal ocupa toda la pared frente a la cama y continúa hacia la derecha, envolviendo una esquina entera.

El Hudson refleja la claridad de la mañana.

La lluvia ha dejado el cielo gris y el cauce parece una lámina de acero que parte la ciudad en dos. Desde esta altura, los coches son puntos oscuros y las personas han desaparecido. Manhattan resulta silenciosa, ordenada, casi inofensiva.

Una mentira perfecta.

Las cortinas, claras y pesadas, podrían ocultarlo todo si quisiera. Prefiero dejarlas abiertas. No tengo intención de permanecer aquí el tiempo suficiente para cansarme de la vista y dudo que vuelva a contemplar algo parecido.

La ventana de mi dormitorio da a un callejón cubierto de grafitis, bolsas de basura y una escalera de incendios que chirría con el viento.

Fuera de la habitación, la casa está despierta.

Escucho puertas que se abren y se cierran, el choque de la vajilla y el sonido metálico de los utensilios contra una encimera. Varias voces se mueven a lo lejos, aunque no consigo distinguir las palabras.

No quiero salir. No quiero verlo ni soportar la expresión satisfecha que seguramente llevará desde que consiguió arrastrarme hasta aquí. Pero el estómago me ruge con desesperación y el dolor de cabeza aumenta cada vez que respiro.

Necesito agua, café y un plan.

Me bajo de la cama, aliso el vestido todo lo posible y utilizo los dedos para peinarme el cabello. Lleno los pulmones, levanto la barbilla y me preparo para interpretar mi papel.

Si Federico quiere una mujer aterrorizada y obediente, tendrá que buscarla en otra habitación.

Abro la puerta y choco contra un muro.

Retrocedo un paso antes de comprender que el muro lleva una camisa oscura remangada hasta los codos.

Federico me observa desde arriba y yo le devuelvo la mirada con el mismo odio.

—Por fin —dice—. Empezaba a pensar que te habías quitado la vida.

—¿No es esa tu especialidad?

Su expresión no cambia, pero algo parecido a la diversión le cruza los ojos.

La camisa se ajusta sobre sus hombros y deja al descubierto los antebrazos bañados en tinta: calaveras, serpientes, cruces y símbolos que no reconozco, todos negros, violentos.

Los pantalones son del mismo color. Los zapatos parecen demasiado caros para haber pisado alguna vez una acera.

—Mi especialidad es conseguir que otros hagan el trabajo por mí —responde—. Cuando quiera matarte, no tendrás que preocuparte por verme hacerlo.

Sonrío sin enseñar los dientes. Esa sonrisa que solo existe cuando una mujer contiene suficiente ira para cometer un delito y todavía no ha decidido cuál.

—Qué tranquilizador.

Federico me estudia.

Esperaba que la insolencia lo irritara, pero parece disfrutarla. El muy enfermo encuentra algo entretenido en cada intento mío por desafiarlo.

Se vuelve y comienza a caminar.

—Ven.

No explica nada más.

Me quedo quieta durante un segundo, observando su espalda. Podría encerrarme otra vez en la habitación, pero no conseguiría comida, información ni una salida.

Así que lo sigo.

La cocina está al final de un pasillo amplio. Es tan grande que podría contener mi piso entero y todavía sobraría espacio. Mármol claro, armarios oscuros, electrodomésticos ocultos tras paneles de madera y una isla central de granito blanco sin una sola mancha.

Una mujer nos da la espalda mientras trabaja frente a la encimera.

Tiene el cabello gris recogido en un moño bajo y se mueve con la seguridad de alguien que conoce cada rincón de esta casa. No lleva uniforme, solo pantalones oscuros y una blusa color crema.

—Elvira —la llama Federico—. Ella es Elena Bianchi. Mi nueva compañera de piso.

Compañera de piso.

Federico se sienta en uno de los taburetes de la isla. Frente a él esperan un periódico doblado, una taza de café y un plato con bollería.

La mujer se vuelve y sus ojos se detienen en mí.

—¿Bianchi? ¿Eres hija de Alondra?

La reacción de Federico es mínima. Deja de pasar la página, sus ojos se desplazan hacia Elvira, más atentos que un segundo antes. No le gusta que conozca a mi madre. Mucho menos que haya una conexión entre nosotras que él no haya previsto.

Es la primera fisura que encuentro en su control.

—Sí —respondo—. Soy su hija.

El rostro de Elvira se ilumina.

Conoce la panadería. Recuerda los cannoli de mi madre, las tartas de ricotta y una receta que Alondra se negó a compartir hace años. Habla mientras se lava las manos y las seca en un paño.

Federico finge escucharla. Asiente de vez en cuando, aunque su atención real está dividida entre la conversación y yo.

Me siento en el taburete que queda más lejos de él.

Mientras Elvira continúa hablando, analizo la relación entre ambos. Ella no parece temerlo del mismo modo que los hombres del restaurante. Se mueve con naturalidad, ocupa espacio y habla sin esperar permiso.

Eso podría convertirla en una aliada o en los ojos más antiguos y leales de Federico dentro de esta casa.

No puedo decidirlo todavía.

Necesito hablar con mi madre. Decirle que estoy viva antes de que descubra mi ausencia y piense lo peor.

Elvira coloca una taza de café humeante delante de mí.

—Todo lo que ocurre en esta casa pasa primero por mis ojos —me informa—. Si necesitas algo, dímelo.

La frase parece amable, pero es una advertencia.

—Gracias.

Ella se aleja murmurando una lista de tareas y desaparece por una puerta lateral.

Federico continúa leyendo. Sin mirarme, empuja hacia mí un plato con el índice.

Sobre la porcelana hay varias sfince di San Giuseppe: masas fritas, doradas e irregulares, abiertas como flores mal cerradas. Están rellenas de crema de ricotta con pequeñas chispas de chocolate y cubiertas con cáscara de naranja confitada.

Mi debilidad.

No puede saberlo. Aunque el recuerdo de mi Peloton demuestra que Federico conoce demasiadas cosas que no debería.

—Come.

Miro el plato con un desprecio que no siento.

Lo deseo tanto que podría llorar, pero no pienso darle la satisfacción de verme aceptar algo suyo sin luchar.

—¿No tienes nada más saludable?

Federico levanta la vista del periódico.

—No.

Extiendo la mano antes de reconsiderarlo. Él aparta el plato, arrastrándolo por la encimera hasta dejarlo fuera de mi alcance, después sonríe.

Una sonrisa maligna.

Y, para mi desgracia, obscenamente atractiva.

—Pídemelo.

—Prefiero morir de hambre.

Su mirada desciende por mi cuerpo con descaro.

—Sería una pena desperdiciar tanto esfuerzo en la Peloton por miedo a unos carbohidratos.

No estoy a dieta. Nunca he sido de las que renuncian a lo mejor de la vida para complacer a una báscula. Lo que me molesta es que él lo sepa.

—No seas vastasu, Federico.

La palabra siciliana cae entre nosotros. Significa grosero, mal educado. Un hombre sin clase.

El cambio es inmediato, Federico deja el periódico. Se levanta y rodea la isla con una lentitud que me hace retroceder antes de decidir hacerlo. Mi espalda encuentra la pared.

Él llega un segundo después. Una de sus manos se apoya sobre mi pecho, justo debajo de la clavícula. No aprieta lo suficiente para hacerme daño, pero su cuerpo bloquea cualquier salida.

El gesto no pretende lastimarme, pretende recordarme que podría.

Federico se inclina hasta que su respiración me roza el oído.

—¿Siempre eres tan agradecida, Bianchi?

Su proximidad me obliga a sentirlo todo. El calor de su cuerpo, la rigidez de los músculos bajo la camisa. El aroma oscuro de su colonia mezclado con café.

El miedo me recorre la espalda, pero me niego a bajar la mirada.

—¿Eso era bondad? —pregunto—. El título de don ha destruido tus modales.

En lugar de responder, me examina el rostro con una atención incómoda, como si quisiera recordar cada detalle: la rabia en mis ojos, la respiración acelerada, la manera en que aprieto los labios para no mostrarle que la cercanía me afecta.

Porque me afecta.

—Nunca los tuve —murmura. Sus labios quedan demasiado cerca de los míos.

Giro la cara. No pienso permitir que confunda mi inmovilidad con una invitación.

Federico observa el gesto y, por primera vez, su sonrisa pierde algo de fuerza.

—Faustino está recogiendo tus cosas —dice—. Llegará pronto.

El sentido de las palabras tarda en atravesar la neblina que su cuerpo ha creado a mi alrededor.

—¿Has enviado a alguien a mi piso?

—Sí.

—No tienes derecho a tocar mis cosas.

—Me temo que esa discusión llega tarde.

La furia desplaza al miedo. Intento apartarlo, pero la mano sobre mi pecho me mantiene contra la pared sin esfuerzo.

—No puedo agradecerle nada al hombre que me ha quitado la libertad.

Nuestras miradas chocan. Federico debería enfadarse, en cambio, parece satisfecho, casi orgulloso. Como si mi resistencia confirmara algo que ya sospechaba de mí.

—También traerá tu bicicleta —añade. Su mano abandona mi pecho.

Durante un segundo creo que el enfrentamiento ha terminado. Entonces su palma me golpea el trasero con firmeza, el sonido seco estalla en la cocina.

—No queremos que pierdas esto —dice.

Me quedo inmóvil, demasiado sorprendida para reaccionar.

Federico se aparta antes de que consiga clavarle las uñas en la cara.

El calor de la bofetada se extiende bajo la tela del vestido. La humillación me sube por el cuello y se mezcla con algo físico, involuntario, que me enfurece todavía más.

Federico camina como si no acabara de ponerme una mano encima. Como si la casa, mi cuerpo y el desarrollo de esta mañana le pertenecieran por igual.

—Adiós, compañera de piso.

Se marcha sin mirar atrás.