Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 3 Federico
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3 Federico

Tengo habilidad para el dramatismo. Es innegable.

Debe de venir en el ADN de los Romano, mezclado con la violencia, la paranoia y esa necesidad enfermiza de convertir cada decisión en una puesta en escena.

Por eso disfruto del sonido vacilante de los tacones de Elena siguiéndome por el ático.

Está bien que tenga miedo.

El miedo demuestra que es una mujer sensata. Que sabe reconocer el peligro cuando lo tiene delante y que todavía conserva el instinto suficiente para no darle la espalda.

Camino hasta el aparador del salón, donde mis botellas preferidas se exhiben bajo la luz como pequeños tesoros. Sirvo un dedo de whisky para mí y dos para ella.

Lo necesita más.

Ella permanece de pie detrás del sofá, sujetando el bolso contra el cuerpo. Espera una explicación, no una orden, pero en sus ojos ya se está formando una tormenta.

Señalo el asiento una sola vez.

Se sienta sin dejar de mirarme, con la espalda rígida y las rodillas juntas. No es sumisión. Está estudiando el terreno, midiendo la distancia hasta el ascensor y calculando cuánto tardaría yo en detenerla.

Me gustaría que lo intente.

Le pongo el vaso en la mano.

—Bebe.

—No me gusta el whisky. —Lo sostiene de todos modos.

Ocupo el sillón situado frente a ella. Entre los dos hay una mesa baja de cristal cubierta de libros de diseño que nunca he leído y que no pienso abrir en mi puta vida. Ediciones especiales de moda, coches y marcas demasiado caras que el decorador consideró imprescindibles.

—Esta noche te gustará —respondo. Doy un sorbo y la observo por encima del vaso.

Elena no es pequeña, dulce ni sumisa. Hay algo arisco en ella. Una fiereza escondida bajo la ropa elegante y los modales profesionales. La clase de mujer que, incluso asustada, continúa buscando la mejor forma de clavarte los dientes.

En mi mundo no abundan.

Las mujeres que se acercan a hombres como yo suelen tomar primero la decisión y hacerse las preguntas cuando ya es demasiado tarde. Un error atrevido cuando se meten en la cama de un mafioso.

El cabello de Elena es castaño, más claro en las puntas. Sus ojos tienen un color extraño, entre azul y turquesa, demasiado luminoso para esta casa. Esta noche los lleva rodeados de sombra oscura y delineador negro. Me pregunto cómo será su rostro sin toda esa mierda.

Debajo del vestido hay un cuerpo real. Curvas naturales, caderas anchas, carne que no ha sido diseñada por un cirujano.

Levanta el vaso y se bebe todo el whisky de una vez, antes que yo.

Una sonrisa me estira la boca, no esperaba disfrutar tanto de esto.

—¿Vas a decirme algo o me has traído para mirarme? —Su tono intenta ser firme, aunque todavía tiene el vaso atrapado entre las manos.

—Hablas como si tuvieras otro lugar al que ir.

Elena deja el cristal sobre uno de los libros de Tom Ford. Lo hace de forma intencionada, para que la condensación forme un círculo húmedo sobre la cubierta.

Una maldad pequeña. Me importa una mierda el libro, pero me gusta que necesite atacarme, aunque solo sea arruinando una edición limitada.

—Dime qué ha hecho mi padre —exige—. Lo resolveré, como resuelvo todas sus mierdas.

Cruzo una pierna y apoyo el tobillo sobre la rodilla. Todavía cree que esta conversación trata de Carlo.

—No vas a resolverlo. Tampoco vas a marcharte. —La tormenta de sus ojos llega de golpe—. Este es tu nuevo hogar, Elena. Y cuando digo nuevo, quiero decir permanente.

Durante unos segundos no reacciona.

Después mira a su alrededor: los ventanales, el ascensor, la ciudad extendida cincuenta pisos más abajo.

Vuelve a mí con una expresión cargada de incredulidad.

—La esclavitud dejó de ser legal en 1865 en este país.

—Me alegra que tu título de Derecho sirva para algo.

Su boca se endurece.

Se levanta.

No grita ni intenta convencerme. Recoge el bolso y camina directamente hacia el ascensor, convencida de que la seguridad con la que se mueve será suficiente para obligarme a respetar su decisión.

El chasquido del seguro de mi pistola la detiene.

No apunto todavía, pero la dejo apoyada sobre mi muslo, visible.

Elena baja la mirada hacia el arma.

—¿Vas a dispararme?

—El tobillo debería bastar. —No lo haría, pero ella no necesita saberlo.

Permanece inmóvil durante unos segundos. La veo calcular sus opciones y odiarlas todas. Finalmente, regresa al sofá sin apartar los ojos de la pistola.

Esta vez no se sienta por obediencia, se sienta porque es inteligente.

Guardo el arma, aunque dejo la chaqueta abierta para que recuerde dónde está.

—Tu padre no es un hombre especialmente listo —comienzo.

—Eso no es información nueva.

—Decidió robarme. —Las palabras cortan su siguiente respuesta antes de que llegue a formarse.

Me levanto y regreso al aparador. Sirvo más whisky en mi vaso. Después lleno el suyo sin preguntarle. Algunas gotas caen sobre el libro que ella ha intentado estropear.

Lo hago a propósito. Su pequeña rebelión no tiene poder aquí.

Elena sigue cada uno de mis movimientos.

—Lo descubrimos —continúo—. Hablé con él. Un hombre que roba a su don deja de ser útil.

Le acerco el vaso y lo acepta. Esta vez bebe más despacio.

—Eso es discutible.

Sonrío apenas.

—Le ofrecí dos opciones. Podía morir y saldar la deuda… o entregarme algo que considerase valioso.

Elena se ríe. No porque le resulte gracioso, es un sonido seco, incrédulo.

—¿Y pensaste que ese algo valioso era yo?

La observo por encima del borde de mi vaso.

—No lo pensé yo. —Su risa desaparece—. La decisión fue suya.

Su cerebro tarda unos segundos en procesar mis palabras; cuando lo hace, Elena mira el whisky. Sus dedos se cierran alrededor del cristal mientras comprende que Carlo ha entregado su vida para salvarse a sí mismo.

Conozco esa clase de traición.

La que viene de alguien cuya sangre se supone que debería protegerte. La que no cicatriza porque la herida continúa llevando tu apellido.

Algo se me retuerce en el estómago al ver cómo la verdad le alcanza los ojos. Me burlo antes de que la compasión se convierta en una debilidad visible.

—¿Quieres más whisky, cariño?

Elena levanta la cabeza.

La herida desaparece detrás de una armadura construida con demasiada rapidez. Endereza los hombros y apoya la espalda contra el sofá.

—¿Federico Romano no puede conseguir mujeres y tiene que robarlas?

La provocación es evidente. También lo es la intención: quiere herir mi orgullo, hacerme reaccionar y obligarme a demostrar que no la necesito.

Una táctica mediocre, seguramente heredada de su padre.

—Mujeres sobran —respondo—. Tú eres un mensaje.

No es toda la verdad, pero no pienso revelársela por ahora.

—No puedes retenerme mucho tiempo —dice—. Tengo un trabajo, personas que notarán mi ausencia. Cuando la policía llame a tu puerta, no podrás fingir que no existo.

La dejo hablar. Mientras lo hace, repaso todo lo que ya está resuelto: Su firma cree que ha solicitado un permiso por una emergencia familiar, el portero de su edificio ha recibido instrucciones. Sus clientes serán reasignados. El teléfono que llevaba en el bolso ya no puede localizarse.

Elena cree que está enumerando obstáculos. Yo los eliminé antes de sentarme en su mesa.

—Si viene la policía, les serviré whisky.

Su expresión cambia. Comprende que no se enfrenta únicamente a un hombre con una pistola. Se enfrenta a un sistema entero construido para protegerme.

—¡No puedes hacer esto! —Por fin alza la voz. La furia le queda mejor que el miedo.

Me pongo en pie y dejo mi vaso junto al suyo. Los dos círculos húmedos se mezclan sobre la portada del libro.

—Ya está hecho.

Elena también se levanta. Ahora estamos demasiado cerca, tiene que elevar la barbilla para sostenerme la mirada, pero no retrocede.

—¿Y cuánto durará? ¿Hasta que sea vieja y ya no te haga sentir poderoso?

La pregunta contiene más veneno del que esperaba.

Decido devolverle una dosis mayor.

—Dudo que mi interés dure tanto. Suelo cansarme de las cosas bonitas.

Paso junto a ella con las manos en los bolsillos. Necesito alejarme antes de que la proximidad me haga cometer un error demasiado pronto.

—Haré de tu vida un infierno, Federico.

No me vuelvo.

Su amenaza me sigue por el salón y logra que mi sonrisa regrese.

—Bienvenida a casa, Elena.