2 Elena #2
Mi cabeza corre a mil kilómetros por hora buscando una explicación. Si mi padre estuviera muerto, no creo que el mismísimo don viniera a darme la noticia. Enviaría a otro hombre o una corona de flores con una tarjeta poco emotiva.
Tiene que ser otra cosa.
Con las pocas neuronas funcionales que posee Carlo Bianchi, probablemente haya hecho algo para enfadarlo. ¿Se habrá metido en sus negocios? ¿Habrá intentado acercarse a una de sus mujeres?
No.
Mi padre es estúpido, pero no tanto.
No puede habérsele ocurrido traicionar a los Romano, mucho menos robarles.
Cuando Federico termina, se limpia las comisuras de los labios con la servilleta y la deja sobre la mesa.
—Bien. —Ese único sonido basta para que mi cuerpo vuelva a tensarse—. Esto es lo que va a suceder, bella Elena. Nos levantaremos de esta mesa y vendrás conmigo.
Su tono es tranquilo, relajado, casi jovial, como si estuviera proponiendo un paseo.
Todo en él parece estar bajo control.
Yo, en cambio, soy un manojo de nervios cuidadosamente envuelto en un vestido caro.
—No.
La palabra se me escapa antes de que pueda analizar las consecuencias.
Federico ladea la cabeza.
—¿No? —Lo repite despacio, no parece enfadado, parece interesado.
Como si acabara de hacer algo inesperado y quisiera comprobar si soy lo bastante valiente o lo bastante imbécil para repetirlo.
—No —insisto—. Primero quiero entender qué está ocurriendo.
Federico suspira, toma la copa y bebe el último sorbo de vino.
—Lo que ocurre es que te estoy ordenando que te levantes de la mesa. —Deja la copa con delicadeza y se pone de pie—. Eso es lo que ocurre, Elena Bianchi, vamos.
Permanezco sentada.
El corazón me late con tanta fuerza que estoy segura de que puede verlo moverse bajo mi vestido.
Federico observa mi resistencia, después apoya ambas manos sobre la mesa y se inclina hacia mí.
No eleva la voz, no frunce el ceño.
Utiliza el tono más calmado y afectuoso que he escuchado en mi vida.
—¿Recuerdas el chiste del Hudson? —El aire deja de entrar en mis pulmones—. Puedo convertirlo en realidad con un pestañeo, cariño. Así que levanta ese bonito trasero que has cultivado sobre una bicicleta Peloton y ven conmigo.
Me pongo de pie inmediatamente, no porque haya mencionado a Víctor. Porque sabe que tengo una bicicleta Peloton en casa.
—¿Cómo sabes…?
—No hagas preguntas cuyas respuestas te impedirán dormir.
Alguien aparece con mi abrigo, Federico lo recoge y lo coloca sobre mis hombros con una delicadeza que contradice cada amenaza que acaba de pronunciar. Después apoya una mano en la parte baja de mi espalda.
Su contacto es firme, posesivo.
Me guía hacia la salida mientras yo intento decidir si gritar, correr o clavarle el tacón en el pie.
No hago ninguna de las tres cosas, hay demasiados hombres observándonos y ninguno parece dispuesto a ayudarme.
En la puerta nos espera un Cadillac Escalade negro que obstruye parte del tráfico de Manhattan. Los taxistas hacen sonar el claxon, pero el vehículo no se mueve.
Federico abre la puerta trasera.
—Sube.
Miro la calle. Hay peatones, coches y restaurantes llenos de testigos, aun así, comprendo que estoy sola.
Subo sin protestar.
Federico entra a mi lado.
Un hombre con boina está al volante. Sus ojos celestes me observan a través del espejo retrovisor, analizándome con una atención que no intenta disimular.
—Elena, él es Faustino —dice Federico.
—Encantado —responde el conductor.
—No puedo decir lo mismo.
Una sonrisa aparece en el rostro de Faustino.
—Definitivamente, es ella.
—Conduce —ordena Federico.
El Escalade se incorpora al tráfico como si los semáforos fueran simples recomendaciones. Faustino ignora los gritos de los taxistas y las protestas de los peatones mientras atraviesa la ciudad.
Federico saca un móvil del bolsillo interior de su chaqueta; empieza a revisar la pantalla como si esto fuese su rutina diaria.
Yo intento bajar el nudo que tengo atascado en la garganta y, para distraerme, deslizo una mano dentro del bolso, en busca de mi teléfono.
No está.
Revuelvo el interior una segunda vez.
Nada.
Entonces miro de soslayo a Federico y encuentro que el móvil que sostiene es el mío.
Su dedo se mueve entre mis contactos, desciende por la lista hasta que encuentra el nombre de Víctor, abre el contacto, bloquea su número y después lo elimina.
—¿Qué demonios haces? —digo intentando controlar la ira que siento.
—Mejorando tu vida, no parecía demasiado comprometido con la relación.
—Porque no era una relación.
Sus dedos se detienen sobre la pantalla, levanta la mirada.
—Entonces no deberías estar tan molesta.
Tomo aire profundamente e intento no abalanzarme sobre él.
Nos dirigimos hacia el Upper West Side, donde viven ricos, famosos y, por lo visto, mafiosos con graves problemas para respetar la propiedad ajena.
El edificio al que llegamos tiene un nombre grabado en letras doradas sobre la entrada: Edificio Carmela.
El Escalade desciende hasta un aparcamiento subterráneo. Faustino se detiene en una plaza reservada con las iniciales F. R. grabadas en una placa de metal.
Federico baja y rodea el vehículo. Abre la puerta de mi lado.
—Vamos, Elena. —Extiende una mano. No la acepto, pero bajo del vehículo.
Faustino baja su ventanilla y Federico le murmura algo, el conductor se ríe mientras vuelve a subirla.
El ascensor privado está a pocos metros. Entramos en silencio y las puertas se cierran detrás de nosotros.
El espacio se vuelve demasiado sofocante. Cargado con una tensión que me recorre desde los hombros hasta los tacones.
Federico continúa mirando mi teléfono mientras yo tengo la sensación de que los zapatos van a romperse por la fuerza que ejerzo contra el suelo.
El ascensor sube y sube. ¿Vive en el cielo?
Las puertas se abren y dan paso a un gran recibidor.
Mármol oscuro, madera negra. Cristales que muestran Manhattan extendiéndose bajo la lluvia.
Federico sale primero.
Yo permanezco dentro del ascensor.
—Espero que te guste —dice mientras entra en el piso.
—¿Qué cosa?
Se detiene y luego se vuelve hacia mí. La sonrisa que aparece en su rostro es la más siniestra que he visto en toda mi vida.
—Tu nuevo hogar, obviamente.