Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 2 Elena
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Camino por la calle mojada intentando que el viento no me arranque el paraguas de las manos.

Los días de lluvia en Nueva York son agotadores. No solo hace un frío que se cuela bajo la ropa y se instala entre los huesos, sino que hay tanta humedad en el aire que respirar parece una tarea que requiere concentración.

Los taxis atraviesan los charcos sin compasión, las alcantarillas expulsan vapor y la gente avanza con la cabeza gacha, amontonándose bajo los toldos para evitar una tormenta que ya los ha empapado.

Yo me dirijo a Il Corvo, uno de los restaurantes más exclusivos de Little Italy.

Llevo años queriendo entrar.

A pesar de que tiene una lista de espera de cuatro meses, he conseguido una mesa para esta noche y he invitado a mi… Mmm.

Pareja es una palabra demasiado grande.

¿Compañero de cama?

Suena funcional, aunque quizá demasiado honesto. Boy toy me resulta agresivo y, sobre todo, generoso.

Víctor es abogado, como yo. Trabaja en una firma con aspiraciones de crecimiento que promete grandes logros en el sector, aunque sospecho que esa promesa aparece en todas sus presentaciones corporativas desde hace una década.

No tiene madera de novio. Ninguno de los hombres con los que intenté tener algo serio la tenía.

O quizá sea yo el problema, ya que la mayoría terminó haciéndome ghosting.

Pero Víctor es lo bastante atractivo para captar mi atención, no da pena en la cama y, por ahora, representa exactamente lo que necesito: poca dedicación, compromiso nulo y ninguna conversación incómoda acerca del futuro.

Una relación de bajo mantenimiento.

Como un cactus, pero con abdominales.

Cuando entro en el restaurante, Víctor se pone en pie y sonríe al verme.

—Estás increíble —susurra junto a mi oído antes de besarme la mejilla.

—Tú tampoco estás mal.

Lo digo de verdad.

Ha hecho un esfuerzo porque le advertí de que el lugar era elegante.

Lleva una camisa blanca, pantalones negros y el cabello color trigo peinado con más dedicación de la habitual.

Incluso mantiene la espalda un poco más recta, como si temiera que alguien pudiera adivinar el saldo de su cuenta bancaria por su postura.

Me quito el abrigo y observo el salón antes de sentarme.

Los techos son altos, atravesados por vigas de madera oscura. Las paredes están revestidas hasta media altura con paneles de nogal y, por encima, cubiertas con un papel borgoña tan profundo que bajo esta iluminación parece negro.

Los apliques de bronce, rematados con tulipas de cristal amarillo, proyectan una luz cálida que envejece a todos diez años y, al mismo tiempo, hace que el espacio resulte íntimo.

Las mesas son redondas y están cubiertas con dos manteles blancos. El inferior cae hasta el suelo; el superior, más corto, está perfectamente planchado. En el centro de cada una hay un arreglo discreto de ramas de olivo.

Las cortinas de terciopelo borgoña son pesadas, antiguas y probablemente más caras que el alquiler mensual de mi piso.

No puedo creer que esté aquí.

Llevaba años queriendo vivir la experiencia completa de comer en uno de los restaurantes más tradicionales de Manhattan. Este no es uno de esos locales que sirven platos diminutos diseñados para aparecer en Instagram.

Il Corvo vende comida italiana de verdad.

Recetas antiguas. Ingredientes importados. Platos que no necesitan flores comestibles ni luces de neón para justificar su precio.

Víctor también parece encantado.

Sé que con su salario no podría permitirse este menú, pero disfruta cuando lo saco a pasear.

—No consigo decidirme —murmura mientras revisa la carta—. Todo parece increíble.

—Elige con cuidado. Tendremos que esperar otros cuatro meses para volver.

Se ríe, cómplice.

Finalmente, pide el pulpo a la parrilla. Yo elijo el risotto con tinta de calamar.

Mientras esperamos, Víctor me cuenta cómo ha ido su día. Utiliza palabras que le quedan demasiado grandes y menciona varias veces el nombre completo de la firma, sujeta la copa de vino por el tallo con dos dedos y la hace girar con una lentitud estudiada, fingiendo que sabe oxigenarlo.

Idioteces, si me preguntan.

Yo no necesito encajar, solo he venido por la comida.

Además, vengo de una familia italiana. En nuestra escala de prioridades está primero la comida, después la Biblia y, finalmente, la famiglia.

Aunque las dos últimas suelen cambiar de posición dependiendo de quién haya muerto esa semana.

—Voy al baño antes de que lleguen los platos —dice Víctor—. Vuelvo enseguida.

Asiento y doy un sorbo a mi copa.

Las sillas son sorprendentemente cómodas, de cuero negro, probablemente natural. Me acomodo y dejo que la mirada recorra el restaurante mientras espero.

El ruido ambiental está un poco saturado. Hay demasiadas conversaciones al mismo tiempo, risas, cubiertos golpeando porcelana y camareros moviéndose entre las mesas.

Nada fuera de lo normal para un restaurante lleno.

Por eso no presto atención al hombre que se acerca.

Solo lo hago cuando aparta la silla de Víctor y se sienta en ella.

—Disculpa —digo con una sonrisa cortés—, ese asiento está ocupado.

El desconocido toma la servilleta de tela, la despliega con tranquilidad y se la coloca sobre las piernas.

—Lo sé. Víctor ha decidido marcharse.

La sonrisa desaparece de mi rostro.

—¿Perdón?

El hombre se acomoda como si la mesa le perteneciera. No, como si el restaurante le perteneciera. Como si el mundo entero fuera una propiedad heredada y nosotros simples invitados tolerados mientras no hiciéramos demasiado ruido.

No me mira, tampoco parece interesado en explicarse. Coge la copa de Víctor, la acerca a su nariz y huele el vino.

Su boca se tuerce en una mueca de desagrado.

—Puedes llevar a un hombre sin gusto al mejor restaurante de la ciudad —murmura—, pero seguirá teniendo mal gusto.

Levanta una mano y un camarero aparece a su lado en menos de dos segundos.

—Paolo, lo de siempre. —Señala la silla que ocupa—. ¿Qué había pedido el caballero?

—Pulpo a la parrilla, señor Romano.

—No está tan mal. Déjalo.

Señor Romano.

El apellido golpea algún recuerdo enterrado en mi infancia.

Entrecierro los ojos y estudio al hombre que tengo delante. La mandíbula marcada, el cabello oscuro, casi rapado en los laterales y algo más largo en la parte superior. Los ojos negros, tan profundos que parecen dos fosas abiertas en mitad de su rostro.

Debajo del traje asoman tatuajes. Los veo en las muñecas, en los dedos y trepando por el cuello de la camisa.

Hay algo familiar en sus rasgos, algo que no veo desde que era niña.

—Eres el hijo de Cucu Romano.

Por fin levanta la mirada y sonríe.

Quiero pensar que es una sonrisa cálida, natural. Sin embargo, sé quién es el hombre sentado frente a mí.

Federico Romano no sonríe de esa manera sin tener un motivo.

—Hola, Elena —pronuncia mi nombre con demasiada familiaridad.

Extiende una mano sobre la mesa y espera.

Dudo durante tres segundos, después recupero el sentido común y se la estrecho.

No parece recomendable hacer esperar al don de Nueva York dentro de su propio restaurante.

Su mano es cálida, grande. Los dedos se cierran alrededor de los míos con una firmeza que no llega a hacerme daño, pero tampoco me permite olvidar quién controla el contacto.

—¿Dónde está Víctor? —pregunto.

Cuando me suelta, limpio con disimulo la palma sobre la servilleta. A Federico no se le escapa el movimiento y su sonrisa se ensancha.

—Probablemente flotando en el Hudson.

El estómago me da un vuelco tan violento que la copa tiembla entre mis dedos.

Federico me observa durante un segundo, después se ríe por lo bajo.

—Vamos, Elena. Era una broma. —No parece una broma—. Debe de estar camino a casa. No tienes que preocuparte por él.

Vuelvo a respirar, aunque no del todo.

Los platos llegan, colocan el risotto frente a mí y el pulpo delante de Federico. Todo está presentado con una precisión impecable.

Las ganas que tenía de disfrutar de la comida hace rato que se esfumaron.

Federico contempla mi plato.

—Risotto con tinta de calamar —dice—. Debería haberlo pensado mejor. El pulpo no es precisamente la opción más interesante del menú. —Mira su plato—. Aunque supongo que tiene mucho que ver con la personalidad de ese tal Víctor.

—No conoces a Víctor.

—He necesitado nueve minutos.

—Eso no es conocer a una persona.

—Para mí suele ser suficiente.

Miro mi risotto.

No tengo forma de introducir comida en mi estómago ahora.

Federico Romano es el hijo de Cucu Romano, el hombre para el que trabajaba mi padre.

Si Cucu murió, supongo que Federico heredó el mando del negocio familiar.

Pero esa no es la pregunta más importante.

La pregunta importante es por qué el nuevo don de la famiglia ha interrumpido mi cita.

Levanto la vista.

—¿Qué ha hecho mi padre?

Federico se lleva un trozo de pulpo a la boca. Mastica con calma y, después, me señala con el tenedor.

—Me gusta cómo piensas, Elena. —Mi espalda se pone rígida—. Vamos a llevarnos muy bien.

Así que mi padre ha hecho algo.

Joder.

—¿Qué ha hecho?

—Come. —Señala mi plato con el tenedor.

—No tengo hambre.

No le gusta que le responda, por eso sube la mirada y la clava sobre mis ojos.

—La tenías hace diez minutos.

—Hace diez minutos no había un mafioso sentado delante de mí insinuando que mi acompañante está muerto.

—Ya te he dicho que Víctor está bien.

—Quiero hablar con él.

—Yo no. —Su respuesta es inapelable—. Come, bella Elena.

¿Cómo se supone que voy a tragar algo si tengo el estómago tan duro como un yunque?

Pero Federico Romano te pide que comas y, al parecer, comes. Cojo el tenedor, reúno una pequeña porción y me la llevo a la boca.

El sabor es extraordinario y no consigo disfrutarlo.

—Mi madre…

—Alondra está bien.

Sigue comiendo.

La manera inmediata en que responde me inquieta.

—¿Cómo sabes dónde está mi madre?

—Sé muchas cosas.

—Eso tampoco es una respuesta.

—Te estás acostumbrando.

Un hombre pasa junto a nuestra mesa y saluda a Federico con entusiasmo. Él levanta la copa, pero no se pone en pie. El desconocido sigue su camino.

Durante el resto de la cena, comemos en silencio.