Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 1 Federico
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Deuda de sangre (Dinastía Romano 1)

Deuda de sangre (Dinastía Romano 1)

Por Marcia DM

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1 Federico

La primera va al mentón; la segunda, a la mejilla.

El crujido que hacen los huesos al partirse debería entrar en mi lista de sonidos favoritos; tiene algo que me fascina.

—No tienes idea desde hace cuánto quiero hacer eso. —Sonrío.

Me quito la camisa Armani botón por botón antes de que se complique; la sangre es difícil de quitar y Elvira termina siempre llamándome stronzo.

La camisa de Carlo Bianchi sí esta manchada de sangre, de sudor y de pánico. Ya no es el Carlo triunfante que trabajaba con mi padre; ahora veo su verdadero rostro: un tipo vulgar con barriga de vino y un gusto lamentable por las prostitutas de Queens.

Ya no trabaja para mí.

El idiota creyó que podía robar el cargamento del mes: un contenedor repleto de armas.

A mí.

Al don de Nueva York, hijo de Cucu Romano.

¿Por qué «Cucu»? Porque mi padre estaba completamente loco. Pero esa historia no viene al caso. Él yace bajo tierra desde hace un año, alimentando gusanos; ahora soy yo quien está al mando.

Carlo ahora tiene que aprender que toda acción trae una consecuencia, que a menudo implica pérdida, y los brazos son fáciles de cortar.

Estamos en el depósito del puerto, su exlugar de trabajo, donde lo estoy torturando con la fuerza suficiente para que escuchen todos los que decidieron quedarse y ver qué castigo iba a elegir para este sátrapa.

—¡Lo siento, Federico! —suplica. Su voz se quiebra entre sollozos.

Carlo fue el caporegime del puerto durante años; confidente de mi padre, con una sed de poder nunca saciada.

Lo miro y me aburre su piel sudada, su miedo patético; pareciera que las pelotas, esas que lo empujaron a intentar robarme, se le encogieron de golpe.

—Faustino —digo, mirando a mi derecha—, ¿has oído?

Faustino está cruzado de brazos, aburrido con todo este espectáculo, mi underboss, primo y amigo.

Claro, Faustino está acostumbrado a la elegancia de Nueva York, el lado puro y clásico de la aristocracia que nunca lo va a tratar como si fuese parte de ella.

Mientras que a mí, qué puedo decir, me gusta más esto, lo sucio, el vapor de las alcantarillas, las sirenas sonando en mitad de la noche, la parte oscura de mi ciudad.

La que los turistas no ven cuando vienen de visita.

—He oído, Federico.

—¿Crees que debería perdonarlo?

Sus ojos celestes casi blancos me miran con un fulgor repentino.

Por más que se esfuerce en aparentar lo contrario, mi primo es un perro de la calle, como yo, con la violencia flotando cerca de la superficie, siempre lista para salir y tomar control.

El perro que se transforma en lobo.

—Yo opino que no.

Vuelvo a Carlo; su ojo derecho no se abre, el pómulo hinchado como una fruta podrida; de la ceja le chorrea sangre que le pinta la cara.

—Honestamente, Carlo, no logro reponerme de la sorpresa, ¿de verdad creíste que podías robar y salir victorioso? —insisto, con voz afilada.

—¡No! —Tiembla, las lágrimas mezcladas con la sangre—. Esto es toda una confusión, Federico, vamos, somos prácticamente familia.

Está atado a la vieja silla que todos conocen: la silla de Federico Romano, la que hace hablar a la gente; simple, antigua, de madera negra y con un historial de gritos.

Le pertenecía al odontólogo Clifford Brown, un asesino en serie de los años veinte, famoso por torturar a sus pacientes con las herramientas de trabajo. La compré para mí en una subasta como un regalo de navidad.

—Familia —me río mientras busco el cuchillo guardado en mi tobillo, lo saco apresuradamente y le clavo la mano al reposabrazos. El grito truena dentro del depósito—. Si mal no recuerdo, a tu familia no le tienes mucho afecto.

—¡Es por ellas! —balbucea—. ¡Necesitan dinero!

Miro a Faustino buscando su juicio, él niega la cabeza con calma. Es su trabajo saber cosas antes de que yo las pregunte.

—Tu esposa tiene la panadería en la calle Mulberry, ¿no? —lanzo.

Carlo se encoge. ¿Acaso pensaba que se me iba a escapar ese detalle? Qué iluso.

—S-sí…

—¿No pedimos siempre allí? —añado, mirando por encima del hombro.

—Los lunes, miércoles y viernes —dice Faustino—. Cannoli hechos por el mismísimo Dios.

—No hables en vano de Dios —reprendo.

—Lo siento —responde, una pequeña sonrisa se desparrama por su rostro.

Somos famiglia, pero en cuanto a creencias, a Faustino siempre le gusta coquetear con la idea del ateísmo, especialmente tras el asesinato de su padre, mi tío Aquino Romano.

Que en paz descanse.

Mi primo y hermano guarda las manos en los bolsillos de su pantalón hecho a medida y espera a que este interrogatorio culmine.

—¿Entonces? ¿Me mientes?

—¡No! ¡Lo juro! ¡No nos alcanza!

La respuesta me provoca una risa corta, sin alegría.

—Podrías pedir dinero, como hacen todos —digo. Yo no soy un mal capo, yo colaboro con las familias que trabajan para mí, tienen protección, beneficios…

Carlo aparta la vista; el orgullo es lo que realmente los mata.

—Llama a la esposa, pregúntale si necesita dinero —ordeno.

Faustino busca el móvil en el bolsillo interno de su traje, hace el gesto de marcar. Carlo se descompone por completo.

Hablar con su esposa le duele más que el cuchillo que tiene clavado en la mano.

—¡No! ¡No la metáis en esto! ¡Por favor!

—¿Ah, no? —repito—. Hace un momento no dudaste en usar a tu familia como excusa—.

Le doy una patada en el pecho; su cuerpo cae al suelo como un saco viejo.

Oigo la cabeza golpear el cemento; por un segundo pienso que lo maté, pero susurra palabras incomprensibles, así que lo levanto porque aún tengo tiempo para torturarlo.

Estoy harto.

Quiero hombres leales, no gusanos codiciosos, ¿Acaso es mucho pedir? Este tipo promete el oro y entrega mierda; tiene que pagar con el ejemplo para que ninguno de todos mis empleados pruebe suerte.

—Haré lo que sea, Federico —suplica—. ¡Te compensaré! Puedo conseguir lo que quieras: mujeres, cocaína… ¡Lo que sea!

Lo miro como si me ofendiera.

¿Cree que necesito prostitutas? ¿O una bolsa blanca para entretener mis noches? No. Esto va más allá; esto es reputación, mi nombre.

Un aviso.

Cruzo los brazos y dejo escapar un suspiro pesado. Normalmente no me ocupo de estos asuntos; Faustino se encarga. Pero el robo fue directo, a mano armada: no lo puedo dejar pasar. Debe sufrir; debe entender que jugar con lo mío tiene un coste.

¿Cómo castigar a un hombre así? Sin escrúpulos, con la crueldad justa para enseñar. ¿Cómo decirle al resto que no deben sobrepasar al don? La muerte no es suficiente, es un descanso, una salida fácil.

No tengo tiempo para torturarlo todos los días tampoco.

Lo único que tengo es sangre. Eso es… Sangre.

Su sangre.

La recuerdo.

La recuerdo tan al detalle que me siento patético, un niño que nunca terminó de crecer.

—¿No tienes una hija? —La frase se me escapa, fría como la hoja de mi cuchillo.

Su rostro cambia; el terror le corre por la espina dorsal, los ojos se le abren desorbitados, hinchados.

—Por favor… —susurra.

Cualquier padre normal daría la vida por un hijo; yo le doy la ilusión de elegir.

—Faustino —digo sin apartar la mirada del tipo—, ¿cómo se llama la hija de Carlo?

—Elena —responde inmediatamente—. Vive en el Bronx, es abogada.

Carlo grita, pierde la cabeza. Mi indiferencia es el arma más afilada.

—¡No la metas en esto! —implora una y otra vez—. Pagaré como sea, solo dímelo, ¡pero ella no!

Camino en círculos, rodeándolo como un tiburón que se toma demasiado tiempo en atacar a su presa.

Pienso en voz alta, midiendo el espectáculo.

—Mi nonna me dijo que tenía que encontrarme una esposa; es lo único que me falta —murmuro—. ¿Es bonita?

No necesito respuesta; lo hago para martirizarle el orgullo.

—Preciosa —dice Faustino con media sonrisa; le gusta apretar los nervios de los hombres que se creen cojonudos.

—Preciosa —repito, como si me convenciera del todo.

Carlo se desmorona; suplica, miente, se arrastra. Yo espero, paciente, a que ceda.

—¡Está bien! ¡Haz lo que quieras! —grita.

Le suelto un puñetazo en el pómulo con la misma delicadeza con que uno aplasta una mosca.

—¿Crees que la psicología inversa funciona conmigo?

—¡Sé que una vez que se te planta una idea en la cabeza es imposible de cambiar! ¡Llévatela!

Me enerva lo fácil que fue.

—¡Cobarde! —le grito al oído mientras mi mano tiembla con la furia contenida—. ¿Eres capaz de vender a tu hija con tal de salvar tu pellejo? Amordázalo —ordeno—; si lo sigo escuchando, lo mato ahora mismo.

Faustino obedece; la tela se cierra sobre la boca de Carlo y sus ojos se vuelven locos.

Me paso la mano tatuada por el pelo azabache, intento calmar la rabia que se enciende como un motor.

Ahora no tengo otra opción más que…

—Has salvado tu vida esta noche, Carlo —digo, frío—. Pero recuerda esto: tu hija no te perdonará; tu mujer te odiará para siempre; tus amigos te darán la espalda. Estás fuera de mis negocios. Completamente desterrado.

Carlo intenta protestar, palabras que salen huecas bajo la tela. Me giro y me alejo del lugar; las paredes del depósito retienen sus gritos.

Faustino me sigue con la mirada.

—Federico, ¿a dónde vas? —pregunta.

—A reclamar mi deuda de sangre —contesto, y la frase cae como un sello definitivo.