Deuda de sangre (Dinastía Romano 1) 46 Epílogo - Federico
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46 Epílogo - Federico

Epílogo

Hoy nadie la empuja, nadie la entrega.

Camina hacia mí.

La iglesia entera se pone en pie cuando se abren las puertas, pero yo no escucho el movimiento de los bancos ni el murmullo de los invitados. Tampoco la música que comienza a elevarse desde el órgano.

Solo la veo a ella.

Elena permanece al fondo de la nave, con una mano apoyada en el brazo de Alondra.

Lleva un vestido sencillo, elegante, sin las exageraciones que Santino intentó convencerla de comprar.

La tela blanca se ajusta a su cuerpo y cae hasta el suelo, arrastrándose detrás de ella como una pequeña lengua de luz.

Le pedí que no llevase velo porque necesito asegurarme de que no hay miedo, de que nadie la obliga, de que cada paso es suyo.

Antes de entrar en la iglesia, le he entregado el arma a Nero.

No porque crea que Dios vaya a ofenderse por una pistola. Si existe y lleva tantos años observando a los Romano, hace tiempo que habrá abandonado cualquier expectativa. La he dejado porque me niego a esperar armado a que Elena se convierta en mi esposa.

No quiero recibirla como don.

Quiero recibirla como el hombre al que ha elegido.

—Respira —murmura Faustino a mi lado.

No aparto la mirada de Elena.

—Estoy respirando.

—No desde que se abrieron las puertas.

—Ocúpate de tus asuntos.

—En este momento, impedir que el don se desmaye delante de media Cosa Nostra es asunto mío.

Giro la cabeza lo suficiente para dedicarle una mirada.

Faustino sonríe, la cicatriz le atraviesa el cuello y desaparece bajo la camisa.

La iglesia está llena de santos, asesinos y mujeres que saben exactamente dónde esconden sus maridos el dinero.

Todas las famiglias de la Cosa Nostra están aquí, algunos invitados por obligación, otros porque han mejorado las relaciones últimamente.

Todos mis hermanos, soldados y las nuevas amigas que Elena hizo durante los últimos meses.

Alondra besa la mejilla de su hija al principio del pasillo. Intercambian unas palabras que no consigo escuchar. Después, Elena separa la mano del brazo de su madre y continúa sola.

El gesto hace que algo se cierre alrededor de mi garganta.

Da el primer paso.

Después otro.

Mira a ambos lados de la iglesia, reconociendo rostros.

Massimo permanece en la primera fila, con un traje oscuro y una expresión que intenta parecer seria, aunque lleva sonriendo desde que ha llegado.

A su lado, Nero juguetea con la corbata como si fuera un instrumento de tortura.

Ignacio mantiene los brazos cruzados, pero sonríe con sus hijos, eso es porque todavía no sabe lo que Faustino hace con su hija cuando no los ve.

Santino y Valerio están sentados junto con Alondra.

Por una vez, visten de forma idéntica. Los dos llevan trajes negros, corbatas oscuras y la misma flor blanca en la solapa. La única diferencia es que Santino sonríe y Valerio luce emocionado.

Elena sigue acercándose. El vestido roza el suelo, sus ojos no abandonan los míos.

Cuando alcanza el altar, le extiendo la mano.

—Todavía puedes huir, bedda mia —susurro.

El sacerdote se aclara la garganta, fingiendo no habernos escuchado.

Elena arquea una ceja.

—Podría hacerlo. —Me cubre la mano con la suya—. Precisamente por eso, elegir quedarme significa algo.

Cierro los dedos alrededor de los suyos.

Nos colocamos frente al altar.

He estado en esta iglesia cientos de veces. Bautizos, bodas, funerales. He visto a hombres prometer fidelidad mientras sus amantes esperaban en coches al otro lado de la calle. He escuchado elogios sobre muertos a los que yo mismo habría disparado de haber tenido la oportunidad.

Nunca había sentido nada parecido a esto.

El pulso de ella bajo mis dedos. La certeza de que, cuando pronunciemos los votos, no habrá una deuda detrás.

El sacerdote habla del amor, de la paciencia y del compromiso. Cosas que jamás han sido naturales para mí.

Cuando llega el momento de los votos, Elena gira el cuerpo hacia mí.

No hemos querido aprender un discurso de memoria. Ella dice que las promesas deberían pronunciarse mirando a la persona que tendrá derecho a exigirte que las cumplas.

—Federico —comienza. Su voz no tiembla, la mía probablemente lo hará, por eso agradezco que hable primero—. No voy a prometerte obediencia.

Santino suelta una risa detrás de nosotros, Valerio le da un golpe en el costado para silenciarlo.

Elena continúa sin mirarlos.

—Voy a discutir contigo, voy a desafiarte y, algunas veces, voy a hacer que quieras encerrarme en una habitación.

—Nunca más —digo.

Sus labios se curvan.

—Lo sé. —Me aprieta los dedos—. Tampoco puedo prometerte que dejaré de sentir miedo, pero te prometo que nunca utilizaré ese miedo como una excusa para dejar de amarte.

—Trago con dificultad—. No puedo cambiar quién eres, Federico.

No quiero arrancarte las sombras para quedarme únicamente con la parte que me resulta cómoda.

Te elijo entero, con tu luz, con tu oscuridad y con todas las peleas que tendremos en medio.

Sus ojos se humedecen, pero no aparta la mirada.

El sacerdote me observa.

Es mi turno.

He dado órdenes delante de cientos de hombres. He dictado sentencias y he hablado con una pistola apuntándome al pecho sin perder el hilo de una conversación, pero ahora tengo que tomar aire.

—Toda mi vida he creído que proteger algo significaba encerrarlo. —La mano de Elena se tensa dentro de la mía—. Convertí mi amor en una jaula, esperé que algún día dejases de distinguirla de un hogar y estuve a punto de perderte por ello.

El silencio dentro de la iglesia es absoluto.

—No puedo prometerte que algún día dejaré de ser el hombre que soy, pero puedo prometerte que nunca volveré a confundir protegerte con poseerte. —Levanto los ojos—. Siempre tendrás una puerta abierta, Elena. Siempre tendrás tus propias llaves, siempre podrás marcharte.

Ella parpadea para contener las lágrimas.

—Y yo pasaré el resto de mi vida intentando convertirme en el hombre al que quieras regresar. —La respiración me tiembla—. Te amaré con todo lo que soy, bedda mia, y hasta la muerte.

Sonríe entre las lágrimas.

—Eso último ha sonado un poco amenazante —murmura con una sonrisa.

—Estoy haciendo un esfuerzo.

Varias risas se extienden por la iglesia, incluso la del sacerdote.

Intercambiamos los anillos y, cuando la alianza toca la base de su dedo, la realidad me golpea.

Mi esposa.

Elena Romano.

—Te amo —susurra.

El sacerdote pronuncia las últimas palabras y me autoriza a besarla.

No necesito que me lo repita. Le sujeto el rostro entre las manos y acerco la boca a la suya. Intento recordar que estamos en una iglesia, delante de su madre, un sacerdote y demasiados hombres que utilizarán cualquier exceso para burlarse de mí durante los próximos veinte años.

Elena me agarra por las solapas y profundiza el beso.

La iglesia estalla en aplausos.

No beso a mi prisionera ni a una deuda.

Beso a mi mujer.

Fin.