DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1) Capítulo 19 — El precio
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Capítulo 19 — El precio

El viejo de cara estrecha se llamaba Morózov, y no esperó a que el consejo deliberara.

Sacó un arma —un hombre de setenta años, con la mano firme de quien ha matado toda su vida— y en la confusión de gritos y sillas que se volcaban apuntó, no a Irene, sino a Nikolái, porque incluso acorralado su odio tenía una sola dirección.

Lo que pasó entonces pasó en menos de dos segundos, de esos que después tardan años en dejar de repetirse en la cabeza.

Volkov se interpuso.

El hombre de Málaga, el que llevaba quince años con Nikolái, el que había venido como único escolta de confianza en territorio enemigo, se puso delante de su jefe sin pensarlo, por puro instinto de lealtad vieja, y recibió la bala que iba para Nikolái en mitad del pecho.

Después hubo más disparos —los guardias de Lébedev abatiendo a Morózov, el caos, la sangre sobre la mesa demasiado larga— pero Irene no los registró apenas, porque estaba de rodillas en el suelo junto a Nikolái, que sostenía a Volkov entre los brazos mientras el hombre se iba, deprisa, como se van los disparados en el pecho.

Volkov dijo algo en ruso, muy bajo, con una media sonrisa de sangre.

Nikolái le respondió apretándole la mano, con la voz rota de una manera que Irene no le había oído ni con la bala en su propio costado.

Y luego Volkov se quedó quieto, mirando un techo de palacio ruso que no veía, y Nikolái cerró los ojos un segundo y, cuando los abrió, Irene supo que acababa de guardar aquello en el sitio donde guardaba todo lo que no podía permitirse sentir todavía.

—Quince años —fue lo único que dijo—. Quince años conmigo. Y se va por mí, en el suelo, en el norte, lejos de casa.

Lébedev bajó su arma. Miró el cuerpo de Morózov, el de Volkov, a Nikolái arrodillado, a Irene a su lado. Y en la cara del viejo pasó algo parecido a la decisión.

—Morózov conspiraba con Kozlov contra el consejo —dijo en voz alta, para que lo oyeran los doce—.

Lo acabamos de ver todos. —Una pausa—. Nikolái Antónovich no traicionó a nadie.

Resolvió un problema que teníamos dentro sin saberlo.

—Guardó el arma—. La propuesta de la señora Vorónova se aprueba.

El sur es del norte, y el norte prospera con el sur.

—Miró a Irene, y hubo en sus ojos grises un respeto nuevo y frío—.

Tiene usted una mente peligrosa, señora.

Me alegro de que esté de este lado de la mesa. Habría sido una enemiga incómoda.

Y así, sin más ceremonia, entre dos cadáveres y el humo, quedó sellado: la vida de Nikolái, la independencia dentro de la lealtad, el futuro. Todo lo que Irene había venido a conseguir.

Lo consiguieron.

Pero volvieron a casa con un ataúd en la bodega del avión, y Nikolái no habló en todo el vuelo, con la mano de Irene entre las suyas, mirando por la ventanilla la nieve volverse mar, y ella entendió que esa era la factura real de aquel mundo: que ganabas, sí, pero nunca gratis, y que había un hombre de quince años de lealtad que ya no vería nunca más el sol de Málaga, y que su marido iba a cargar con eso en silencio el resto de su vida, como cargaba con todo.

Esa noche, en casa, él no la buscó con deseo.

La buscó para que lo abrazara mientras por fin, en la oscuridad, se permitía temblar por Volkov.

Y Irene lo sostuvo, y no le dijo ninguna de las mentiras que se dicen —que no fue su culpa, que así es esto—, solo lo sostuvo, porque había aprendido que a los hombres como Nikolái no se les consuela con palabras.

Se les consuela quedándose. Simplemente quedándose, del lado de dentro de la puerta.

Fin del capítulo 19.