DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1) Capítulo 20 — Elección
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Capítulo 20 — Elección

Enterraron a Volkov en Málaga, cara al mar, como él habría querido, y Nikolái pagó para que su familia en Rusia no volviera a trabajar jamás, y nunca más volvió a hablar de aquel día, aunque Irene lo pillaba a veces, al atardecer, mirando el mar con una quietud distinta, y en esos momentos solo le ponía la mano en la espalda y se quedaba con él hasta que pasaba.

La operación Salazar-Vorónov prosperó. El dinero del consejo corría limpio a través de una empresa española impecable, y Nikolái se volvió, tal como Irene había prometido, imprescindible, intocable, más poderoso que nunca precisamente por haber dejado de necesitar el poder de la vieja forma.

El norte lo respetaba. El sur era suyo. Y en el centro de todo aquello, insólitamente, había una felicidad.

Mateo terminó su primer curso con buenas notas, sin saber nada, protegido para siempre dentro de una burbuja que su hermana y su cuñado sostenían con las dos manos y que él creía, simplemente, buena suerte.

Un día le dijo a Irene, de pasada: «Qué bien te ha ido con Nikolái, ¿eh?

Al principio pensé que te habías casado muy rápido, pero se nota que te quiere un montón.

Mira cómo te mira.» Y a Irene se le llenaron los ojos de lágrimas por motivos que su hermano jamás entendería y que esperaba, con todo el corazón, que nunca tuviera que entender.

Una noche de primavera, casi un año después de un entierro bajo la lluvia en Granada, Nikolái e Irene estaban en la terraza sobre el acantilado, con el mar en calma abajo y una copa de vino cada uno.

—Se cumple el plazo del contrato en un año —dijo él, mirando el agua—. Dos años, dijimos. Ya ha pasado la mitad.

—El contrato ya no existe. Lo quemaste.

—Lo sé. —Se volvió hacia ella. Y entonces, el hombre que lo controlaba todo, que medía cada gesto, que llevaba veinte años sin exponerse, hizo la cosa más expuesta y menos calculada de su vida: se metió la mano en el bolsillo y sacó un anillo.

No la banda sencilla de la boda de cartón.

Otro. Uno que había elegido él, a solas, pensando en ella—.

Nos casé por una deuda, Irene. Te compré.

Es la verdad y no voy a maquillarla, porque a ti no te he mentido nunca.

—Su voz, por una vez, no era de seda ni de acero.

Era solo de un hombre—. Pero quiero preguntártelo bien.

Una vez en la vida. Sin deuda, sin Mateo de rehén, sin Kozlov, sin consejo, sin un solo papel que te obligue a nada.

—Se arrodilló, en la terraza, bajo las estrellas—.

Cásate conmigo. Otra vez. De verdad esta vez.

No porque me lo debas. Porque me elijas.

Es lo único que he querido en toda mi vida y no sabía pedir. Elígeme, Irene.

Irene lo miró, aquel hombre imposible de rodillas, el más peligroso de la costa pidiéndole la única cosa que no podía tomar por la fuerza, y se rio y lloró a la vez.

—Idiota. —Le tomó la cara entre las manos—. Te elegí la noche de la tormenta. Te elegí cuando volví corriendo a aquella nave. Llevo un año eligiéndote cada mañana. —Lo besó—. Sí. Sí, me caso contigo. Por elección. Por las razones correctas esta vez. Todas ellas.

Él le puso el anillo, y la abrazó, y por una vez el hombre de hielo no se guardó nada, se rio con todo el pecho contra el pelo de ella, vivo, humano, elegido.

Esa misma noche, más tarde, Sonya subió a la terraza con una copa y una noticia, y la cara seria.

—Odio interrumpir. —Lo decía de verdad, por una vez—.

Pero ha llegado algo del norte. —Dejó un sobre sobre la mesa—.

Lébedev. Un asunto en San Petersburgo que necesita a alguien de confianza.

Alguien de la familia, pero que no seas tú, Kolya; a ti te necesitan aquí.

—Miró hacia la casa, hacia la ventana iluminada donde se veía la silueta de Dmitri sirviéndose una copa, ajeno, con esa sonrisa fácil que había recuperado tras el secuestro pero que ya nunca sería del todo la misma—.

Quieren a Dmitri. Solo. En el norte. Durante una temporada.

Nikolái e Irene se miraron.

—Dmitri solo en San Petersburgo —murmuró Nikolái, y había preocupación de hermano mayor en su voz—. Con lo que le pasó. Y con el genio que tiene.

—Y con lo que es Lébedev. —Sonya cogió el sobre otra vez, pensativa—.

No me gusta. Hay algo ahí que no nos están contando.

Siempre lo hay, con el norte. —Miró a Irene—.

Y conociendo a Dmitri, va a meterse en algún lío que tendremos que ir a sacar.

Probablemente con una mujer de por medio.

Siempre hay una mujer de por medio con ese.

Irene sonrió, apoyada en el pecho de su marido, mirando la silueta despreocupada de su cuñado al otro lado del cristal, sin saber todavía —porque nunca se sabe— la tormenta que esperaba a Dmitri Vorónov en la nieve del norte, ni quién iba a ser ella.

Pero eso, como dicen, es otra historia.

Abajo, el Mediterráneo respiraba en calma. Y en la casa del acantilado, por primera vez en su vida adulta, dormía un hombre que había dejado de estar solo, al lado de la mujer que lo había comprado una deuda y lo había salvado por amor, elegidos los dos, por fin, libremente.

FIN del Libro 1.

Dmitri y Sonya regresan en «Hielo del Norte» (Los Vorónov — Libro 2).