DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1) Capítulo 18 — El clímax
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Capítulo 18 — El clímax

El plan necesitaba que Nikolái fuera a San Petersburgo. Esa era la parte que no tenía arreglo: el consejo lo había convocado y no presentarse era declararse culpable. La diferencia era que ahora no iría solo ni desarmado ni a suplicar.

Iría con una oferta. Y con Irene.

—Es una locura que vengas —dijo él en el avión, por décima vez, sabiendo ya que había perdido la discusión—. Es su terreno. Allí no tengo la mitad del control que tengo aquí.

—Por eso voy. —Irene revisaba por enésima vez la carpeta: la estructura legal, las licencias, los números, la oferta blindada que convertía a Nikolái en el canal imprescindible del dinero del consejo en el sur de Europa—.

Un hombre solo que viene a dar explicaciones es un sospechoso.

Un hombre que llega con su socia española y una propuesta de negocio que os hace ganar a todos es otra cosa.

Tú eres el pakhan que temen. Yo soy la cara nueva, limpia, legal, que no amenaza a nadie y que lo cambia todo.

Necesitan vernos juntos para entender que no te independizas: te expandes, y los incluyes.

—Cerró la carpeta—. Además, no te voy a dejar entrar solo en una habitación llena de hombres que podrían no dejarte salir.

Eso no va a pasar. No mientras yo respire.

Él la miró, y renunció a seguir discutiendo, porque sabía que tenía razón y porque, muy en el fondo, el que alguien se negara a dejarlo entrar solo en una habitación peligrosa era algo que llevaba toda la vida sin tener.

La reunión fue en un palacio reconvertido a las afueras de San Petersburgo, con nieve en las ventanas y una docena de hombres viejos alrededor de una mesa demasiado larga. Lébedev presidía. El aire era de tribunal.

Irene habló.

Habló en español, con Nikolái traduciendo, lo cual —lo habían calculado— la hacía parecer menos amenazante y les daba a los dos segundos extra para leer la sala con cada frase.

Presentó los números con la frialdad que había aprendido de su marido y la claridad que había traído de su padre constructor.

No suplicó. No se disculpó por un crimen que no iban a mencionar en voz alta.

Ofreció. Les puso delante una máquina de hacer dinero limpio, legal, española, con el apellido Salazar de fachada impecable y el capital del consejo corriendo por dentro más seguro que nunca, y a Nikolái Vorónov como el único hombre capaz de operarla, porque era el único con un pie en cada mundo.

—No les pido que confíen en mi marido —dijo al final, mirando a Lébedev a los ojos grises—. Les pido que calculen. Un Nikolái Vorónov imprescindible les hace ganar más que un Nikolái Vorónov muerto o arruinado. Los negocios no se vengan. Los negocios cuentan. Cuenten ustedes.

Hubo un silencio largo, de esos que deciden si alguien vive.

Y entonces, cuando parecía que la balanza se inclinaba, uno de los viejos del fondo —no Lébedev, otro, de cara estrecha y ojos de hielo— habló en ruso, despacio, y Irene vio cómo a Nikolái se le tensaba todo el cuerpo al traducir mentalmente antes de traducir en voz alta.

—Dice —tradujo Nikolái, muy lento— que la propuesta es excelente.

Demasiado excelente. Dice que una española no monta esto sola en tres semanas.

Dice que huele a que yo llevaba un año preparando mi independencia, y que esta boda no fue casualidad sino el primer paso de una traición planeada.

—Nikolái lo miró—. Dice que Kozlov tenía razón sobre mí.

Y que él mismo se lo advirtió a Kozlov hace meses.

El aire se heló.

Porque eso solo podía significar una cosa: que aquel viejo de cara estrecha había estado en contacto con Kozlov.

Que la fuga de información no había muerto con Reyes.

Que había una segunda raíz, arriba, en el propio consejo, un hombre que había querido ver caer a Nikolái desde el principio y que ahora, al borde de perder, jugaba su última carta: convertir la salvación de ellos en la prueba de su traición.

Nikolái se puso de pie, despacio. La temperatura de la sala cayó diez grados. Doce hombres viejos y sus guardias en las paredes, y un pakhan que acababa de entender que lo habían traído allí para enterrarlo pasara lo que pasara.

Irene, el corazón golpeándole, hizo lo único que se le ocurrió.

Puso la verdad sobre la mesa. Toda.

—Reyes —dijo en voz alta, y el nombre cortó la sala—.

El abogado. Robó a esta organización durante años y se lo cargó a mi padre.

Cuando mi padre lo descubrió, Reyes lo asesinó.

Y para tapar el asesinato, le vendió información a Kozlov durante un año.

—Miró al viejo de cara estrecha—. Pregúntense quién, dentro de este consejo, estaba en contacto con Kozlov.

Pregúntense quién sabía de la existencia de Reyes antes de que yo lo dijera.

Porque yo no he mencionado el nombre de Reyes hasta este segundo, y ese hombre —señaló— ya sabía que Kozlov tenía razón sobre Nikolái.

¿Cómo lo sabe? ¿Quién se lo contó? El topo no estaba solo abajo, señores.

Tenía un socio arriba. Y está sentado a esta mesa.

El silencio que siguió fue el más peligroso de la vida de Irene.

Lébedev, muy despacio, giró la cabeza hacia el viejo de cara estrecha.

Fin del capítulo 18.