DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1) Capítulo 17 — El norte llama
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Capítulo 17 — El norte llama

La paz duró tres semanas. En el mundo de Nikolái, tres semanas eran casi una vida.

Llegó en forma de un hombre bajando de un coche negro en la verja, un martes por la mañana, sin cita y sin miedo, lo cual —Irene ya sabía leer estas cosas— era en sí mismo una amenaza. Los hombres que vienen sin miedo a la casa del pakhan es porque alguien por encima del pakhan los envía.

Se llamaba Lébedev. Viejo, elegante, con guantes de piel que no se quitó en toda la visita y una cortesía tan perfecta que daba escalofríos. Venía de San Petersburgo. Del consejo. De los hombres a los que el propio Nikolái, alguna vez, había tenido que responder.

Lo recibieron en el salón grande. Irene sirvió el té ella misma —un gesto estudiado, de anfitriona, de esposa legítima, exactamente la clase de arraigo por el que se había casado— y se sentó al lado de su marido en lugar de retirarse, y vio por el rabillo del ojo que a Lébedev no se le escapó el detalle.

—Andréi Petróvich Kozlov ha desaparecido —dijo el viejo, sin preámbulo, removiendo el té que no bebió—.

Hace tres semanas. Resulta curioso. Tenía negocios con gente del norte.

Gente que ahora pregunta. —Sus ojos, grises y pacientes, se posaron en Nikolái—.

Y la pregunta, Nikolái Antónovich, siempre acaba llegando a la misma puerta.

La tuya. Tú y Kozlov no os queríais. Todo el mundo lo sabía.

—Todo el mundo sabe muchas cosas. —Nikolái estaba sereno, de hielo—. Saber no es probar.

—El consejo no necesita probar. —Lébedev sonrió apenas—.

El consejo necesita estar tranquilo. Y ahora mismo no lo está.

Un hombre desaparece, otro hombre se casa de pronto con una española y se vuelve…

local. Echa raíces. Deja de necesitar al norte.

—Dejó la taza—. Eso, en San Petersburgo, se lee de una sola manera: un hombre que se prepara para independizarse.

Para dejar de pagar lo que debe. Para ser su propio amo.

—Miró a Irene por primera vez, directamente—.

Y una esposa con tierra y apellido es justo lo que necesita un hombre que quiere cortar el cordón. Qué oportuna, señora.

Irene sintió la trampa cerrarse. Toda la legitimidad por la que Kolya se había casado —el arraigo, el apellido español— que lo había salvado de los Kozlov, ahora lo hacía sospechoso ante sus propios jefes. Lo mismo que lo protegía abajo lo condenaba arriba.

—El consejo quiere una garantía de lealtad —continuó Lébedev—.

O un pago que la demuestre. Pongamos… veinte millones, antes de fin de mes, como gesto de que el sur sigue siendo del norte.

O una visita tuya a San Petersburgo, solo, para explicarte en persona.

—Se levantó, se ajustó los guantes—. Tú eliges cuál.

Los dos sabemos que ninguna es buena. Una te arruina.

La otra, quizá, no te deja volver. —Una inclinación cortés—.

Gracias por el té, señora. Está usted en una casa muy interesante. Ojalá dure.

Cuando el coche negro cruzó la verja, Nikolái se quedó mirando por el ventanal un largo rato, con los hombros cargados de un peso que Irene no le había visto ni con Kozlov.

—Veinte millones no los tengo líquidos —dijo al fin—. No sin vender cosas que, si vendo, me dejan débil justo cuando no puedo permitírmelo. Y si voy a San Petersburgo solo, Irene… —No terminó la frase. No hacía falta.

—Entonces no haremos ninguna de las dos. —Irene se puso a su lado, mirando el mar con él—. Haremos una tercera.

Él la miró.

—No hay una tercera.

—La hay si dejas de jugar tú solo. —Se volvió hacia él—.

Llevo meses mirando el tablero que me enseñó Sonya.

Kolya, el consejo te aprieta porque te ve solo y endeudado, un hombre del sur que depende del norte.

¿Y si dejaras de depender? No huyendo. Volviéndote imprescindible.

—Las ideas le salían deprisa—. Tengo el apellido Salazar.

Tengo lo que queda de la constructora, con licencias, con contactos limpios en media Andalucía, con una fachada perfecta que mi padre tardó treinta años en construir.

Tú tienes capital que no puedes blanquear sin gente de fuera.

—Lo miró—. ¿Y si no te pido que cortes el cordón con el norte, sino que te ofrezco algo que haga que el norte te necesite a ti más de lo que tú los necesitas a ellos?

Una operación legal, española, mía de nombre, por la que pase su dinero más limpio que nunca.

No te independizas. Te vuelves el único por el que pueden hacerlo bien.

A un imprescindible no lo matas. Lo asciendes.

Nikolái la miró durante un largo instante, y en su cara se dibujó algo nuevo, algo que Irene no le había visto dirigido a ella jamás: no deseo, no ternura. Respeto profesional. La miraba como miraba a un igual en una mesa de negociación.

—Dios —murmuró—. No me casé con una esposa.

Me casé con una socia. —Negó despacio, entre incrédulo y deslumbrado—.

Kozlov creyó que eras mi debilidad. Lébedev cree que eres mi coartada.

—La atrajo hacia él—. Y los dos se equivocan, porque los dos son hombres que solo saben ver a las mujeres como piezas.

Ninguno ha entendido lo que yo tardé tres meses en entender.

—La besó en la frente—. Que eres la jugadora más peligrosa del tablero.

Y que estás, gracias a Dios, de mi lado.

—De tu lado —confirmó ella—. Pero como socia, Nikolái. Al cincuenta. Se acabó lo de protegerme de todo. Entro en el tablero entera o no entro. Dímelo ahora.

Él lo pensó. De verdad lo pensó, y eso fue lo que hizo que la respuesta valiera.

—Al cincuenta —dijo—. Que Dios ayude al consejo. No tienen ni idea de lo que les va a caer encima.

Esa noche no durmieron por planear. Y cuando por fin pararon, de madrugada, con el plan en pie y los dos agotados, Nikolái la tomó despacio sobre los papeles desparramados del escritorio, lento y hondo, susurrándole que nunca se había sentido menos solo, y Irene entendió que acababan de sellar el matrimonio de verdad: no en una iglesia, sino en una mesa, como iguales, eligiéndose como aliados además de como amantes.

Fin del capítulo 17.