Capítulo 16 — Rendición
Lo curaron en la casa, no en un hospital —los hombres como Nikolái no van a los hospitales con heridas de bala—, y tardó nueve días en poder levantarse sin ayuda, nueve días durante los cuales Irene no se separó de su cama ni una noche.
Fue, de un modo extraño, el tiempo más feliz que habían tenido.
Sin máscaras ya. Sin contrato que fingir, sin frontera que respetar, sin un enemigo bebiendo champán en la esquina.
Solo un hombre convaleciente y la mujer que lo había elegido, aprendiendo por fin a estar juntos en la calma y no solo en el fuego.
La décima noche, él la detuvo cuando ella iba a apagar la luz.
—Ven aquí —dijo. Ya no hablaba con el hilo de voz de la nave; había vuelto la voz grave y cálida de siempre—. Llevo nueve días dejándote cuidarme. Me toca a mí.
—Estás herido. —Pero Irene ya se estaba acercando—. El médico dijo…
—El médico dijo que no corriera. —La atrajo hacia la cama con la mano buena, despacio, deshaciéndole el nudo de la bata con una lentitud deliberada—.
No tengo ninguna intención de correr, Irene.
Al contrario. —La miró desde abajo, los ojos oscuros, intensos—.
Esta noche no hay prisa, ni rabia, ni miedo, ni un contrato de por medio.
Por primera vez desde que te conozco, no hay absolutamente nada entre los dos.
—Le abrió la bata, la dejó caer—. Quiero tomarme mi tiempo con lo que es mío.
Y que tú te lo tomes con lo que es tuyo.
Porque lo soy, ¿sabes? Tuyo. Lo dije en una nave desangrándome y lo repito sobrio: soy tuyo, Irene.
Entero. Por primera vez en mi vida le pertenezco a alguien.
Y lo que vino después no se pareció a nada de lo anterior.
No fue el hambre de la tormenta ni la entrega asustada de la noche de su mano herida ni la rabia del cristal.
Fue lento, y deliberado, y terrible de puro consciente.
Él la tendió sobre las sábanas y la recorrió entera sin prisa, con la boca y con las manos, aprendiéndola otra vez como si fuera la primera y la última, deteniéndose en cada sitio que la hacía temblar, volviendo a ellos, demorándose, arrancándole el placer despacio, pidiéndole permiso con los ojos en cada paso y recibiéndolo en los gemidos de ella.
Herido y todo, se tomó su tiempo, y la llevó al borde y la retuvo allí, temblando, suplicando, hasta que Irene le clavó las manos en el pelo y le dijo su nombre convertido en una súplica.
—Dímelo —murmuró él contra su piel, las palabras oscuras pero la voz, por primera vez, llena de ternura—. Dime que me quieres mientras te tengo así. Quiero oírlo y sentirlo a la vez. Llevo toda la vida queriendo esto sin saber que lo quería.
—Te quiero. —Irene lo dijo deshecha, abierta, sin un gramo de muro—. Te quiero, Kolya. Entra. Por favor.
Y cuando él por fin la tomó —despacio, hondo, mirándola a los ojos todo el tiempo, uniéndolos sin dejar un milímetro de distancia entre los dos cuerpos ni entre las dos verdades— Irene sintió que no estaban follando para huir de nada, ni para castigarse, ni para sellar un trato.
Por primera vez se estaban queriendo, sin más, con todo el cuerpo diciendo lo que durante meses no se habían atrevido a poner en palabras.
Se movieron juntos, acompasados, sin violencia y sin prisa, él susurrándole en ruso y en español cosas que ahora ya no eran posesivas sino reverentes —mi vida, mi única cosa buena, no sabía que existía esto— y ella respondiéndole con el nombre de él una y otra vez, y cuando llegaron, llegaron casi a la vez, mirándose, y fue tan hondo y tan sin defensas que Irene notó que a los dos se les saltaban las lágrimas y ninguno se avergonzó de ello.
Después se quedaron enredados, su frente contra la de ella, respirando el mismo aire.
—Ya no hay puerta de salida —dijo Irene en la penumbra. No era una pregunta—. Rompí la cláusula. No me quiero ir dentro de dos años.
—Lo sé. —Nikolái le apartó el pelo de la cara con una ternura infinita—.
La anulé hace semanas, el día que viniste corriendo a la nave.
Reyes guardaba esos documentos. —Sonrió en la oscuridad—.
Ahora mismo no existe ningún papel en el mundo que te obligue a quedarte conmigo, Irene.
Ni uno. Lo quemé todo. —La besó, despacio—.
Si te quedas a partir de esta noche, es porque quieres.
Solo porque quieres. Necesitaba que fuera así al menos una vez en mi vida.
Que alguien se quedara sin que yo lo tuviera agarrado por ningún sitio.
Irene lo miró, aquel hombre imposible que había quemado su única garantía para poder dudar de ella, para darle la libertad de irse justo cuando por fin podía retenerla.
—Me quedo —dijo—. Sin contrato. Sin deuda. Sin puerta. —Le besó la cicatriz nueva del costado, con cuidado—. Me quedo porque te quiero, idiota. Que es la peor decisión que he tomado en mi vida y la única que no cambiaría por nada.
—Peor decisión —repitió él, abrazándola, y por primera vez desde que Irene lo conocía, Nikolái Vorónov se rio de verdad, con todo el pecho, un sonido que ella no le había oído jamás y que decidió, en ese instante, que iba a dedicar el resto de su vida a provocar—.
Sí. La peor. Bienvenida al club. Yo te quiero a ti desde un aparcamiento bajo la lluvia, y no he tomado una sola decisión sensata desde entonces.
Se durmieron así, enredados, a salvo por una noche, sin saber —porque nunca se sabe— que la guerra que habían ganado solo era la primera, y que en San Petersburgo, muy lejos, alguien empezaba ya a preguntarse por qué Andréi Kozlov había dejado de responder al teléfono.
Fin del capítulo 16. Fin del Acto III.