DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1) Capítulo 15 — Lo que expone
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Capítulo 15 — Lo que expone

Reyes cantó antes de que nadie tuviera que tocarlo, que fue lo más repugnante de todo: la facilidad. Los hombres de confianza siempre se rompen primero, porque nunca han tenido que ser valientes.

Confesó el desfalco, los años robando a la organización y cargándoselo a la constructora Salazar.

Confesó que, cuando el padre de Irene lo descubrió y amenazó con ir a Nikolái, le entró el pánico y lo mató él mismo —el motor, el garaje, la nota falsa— porque si Nikolái se enteraba de que Reyes robaba, Reyes era hombre muerto.

Y confesó lo último, lo que a Irene le heló la sangre: que cuando Kozlov olfateó el crimen, en vez de delatarlo, lo compró.

Reyes llevaba un año siendo el topo, vendiéndole a Kozlov cada ruta, cada viaje, cada debilidad, para que Kozlov no contara lo del asesinato.

Un cobarde chantajeado por un monstruo. La grieta por la que había entrado toda la sangre.

—¿Dónde tiene Kozlov a mi hermano? —Nikolái se lo preguntó muy bajo, muy cerca de la cara, y Reyes se lo dijo, se lo dijo todo, el sitio, el número de hombres, los turnos, con la obscena colaboración del que cree que colaborar le va a salvar la vida.

No se la salvó. Pero esa parte Irene no la vio, porque Nikolái, fiel a su palabra, no dejó que la viera.

El plan era una locura, y lo era precisamente porque no era el plan que Kozlov esperaba.

Kozlov esperaba a un Nikolái solo y desesperado yendo a entregarse o a entregar a Irene. Contaba con eso. Había construido toda la trampa sobre la certeza de que el amor vuelve idiota a la gente.

Nikolái le dio la vuelta: fue, sí, pero no a entregarse.

Fue a hablar, de frente, a la nave donde tenían a Dmitri, caminando solo hacia la boca del lobo con las manos vacías, mientras Sonya y sus hombres rodeaban el edificio por fuera usando la información de Reyes.

Una distracción con su propio cuerpo. Él, el que llevaba veinte años sin exponerse jamás, caminando desarmado hacia su enemigo para ganar los noventa segundos que los demás necesitaban para colocarse.

Irene lo vio irse desde el coche, a quinientos metros, con el corazón en la boca, habiéndole suplicado que no lo hiciera y habiendo entendido, al mismo tiempo, que tenía que hacerlo.

—Se está ofreciendo de cebo —susurró—. Se está poniendo él delante.

—Sí. —Sonya, a su lado, con el rifle, la voz tensa—.

Por su hermano. Y por ti. —La miró un segundo en la oscuridad—.

¿Entiendes ahora lo que eres para él? Hace tres meses este hombre no habría arriesgado una uña por nadie.

Mantenerse a salvo era su religión. —Volvió la vista a la mira—.

Míralo. Caminando desarmado hacia Kozlov.

Lo has cambiado tanto que ya no se reconoce ni él.

Reza para que ese cambio no lo mate esta noche.

Dentro, Nikolái habló con Kozlov. Irene nunca supo exactamente qué se dijeron —él no se lo contó entero jamás—, pero duró el tiempo justo.

Y en el segundo preciso en que Kozlov, confiado, saboreando su victoria, bajó la guardia creyendo que tenía al hombre de hielo por fin de rodillas, la noche se llenó de luz y de ruido y Sonya entró por tres sitios a la vez.

Fue rápido y fue sucio y hubo sangre, y parte de ella fue de Nikolái —una bala le atravesó el costado, el mismo lado de la cicatriz vieja, como si el cuerpo coleccionara heridas en el mismo sitio— pero Dmitri salió de aquella silla por su propio pie, magullado y vivo, y Kozlov no salió de ninguna manera.

Irene corrió a la nave contra todas las órdenes en cuanto cesaron los disparos, y encontró a Nikolái sentado contra una pared, pálido, apretándose el costado con la mano ensangrentada, con Dmitri de rodillas a su lado llamándolo hermano en ruso, y cuando la vio llegar —despeinada, aterrada, corriendo hacia él sobre un suelo lleno de cosas que no debería pisar— hizo algo que Irene no le había visto hacer nunca.

Sonrió. De verdad. Con los ojos y todo. En medio de todo aquello.

—Viniste corriendo —dijo, con un hilo de voz, casi maravillado—. Hacia el peligro. Hacia mí. —Tosió—. Qué mujer tan imposible me fui a buscar.

—Cállate. —Irene se dejó caer de rodillas, le apartó la mano, vio la herida, aplicó presión como Sonya le había enseñado una vez de pasada, llorando y maldiciendo a la vez—. No te mueras ahora, Nikolái Vorónov, no te atrevas, no después de esto, te juro que te mato yo misma si te mueres.

—No me voy a morir. —Levantó la mano buena, le tocó la cara, le dejó un rastro de sangre en la mejilla sin querer—.

Hoy no. Tengo demasiado que perder, por primera vez en mi vida.

—La miró a los ojos, y entre el dolor y la pérdida de sangre, con las defensas por fin del todo caídas, dijo lo que llevaba semanas sin decir—: Te quiero, Irene.

Ya está. Lo he dicho. Es lo que Kozlov quería usar contra mí y ya no puede, porque está muerto y yo lo he dicho en voz alta y ya no es un arma secreta, es solo…

verdad. —Sonrió otra vez, más débil—. Te quiero.

Qué descanso, por Dios. Veinte años aguantándome las ganas de querer a alguien.

Irene lo besó, en el suelo de aquella nave, entre sangre y luces y sirenas lejanas, con Dmitri llorando de alivio al lado y Sonya montando guardia sobre los tres, y supo que ya nunca iba a usar la puerta de salida de su contrato.

—Yo también —dijo contra sus labios—. Te quiero. Dios me ayude, te quiero. Ahora deja de hablar y aguanta hasta el médico.

Fin del capítulo 15.