DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1) Capítulo 12 — El error
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Capítulo 12 — El error

El error nació del amor, que es como nacen casi todos los errores que importan.

Mateo volvió a llamar. Esta vez era él de verdad, su voz, alegre, pero con un detalle que a Irene le heló la sangre: le contó, de pasada, riéndose, que un tío muy simpático se le había acercado en la cafetería de la facultad, que le había invitado a un café, que sabía un montón de la constructora de papá y que le había dado una tarjeta «por si algún día quería saber la verdad de lo que pasó, que tu hermana no te lo cuenta todo».

—Es majo —dijo Mateo—. Ruso creo. Andréi algo. ¿Tú lo conoces?

El mundo de Irene se detuvo.

Kozlov estaba trabajando a su hermano. Directamente. Despacio. Envenenándole el oído con la verdad, que era el arma más sucia de todas, porque la verdad sobre su padre destrozaría a Mateo y lo convertiría en algo blando y manejable, en una grieta por la que Kozlov entraría a la casa entera.

Lo sensato era contárselo a Nikolái. Él lo resolvería como resolvía todo: limpio, total, invisible.

Pero Nikolái estaba cazando a su topo, obsesionado, durmiendo tres horas, con los nervios al límite.

Y una parte de Irene —la orgullosa, la que llevaba toda la vida protegiendo a Mateo ella sola, la que todavía no había aprendido que ya no estaba sola— pensó: esto puedo arreglarlo yo.

Es mi hermano. Es mi culpa que esté en esto.

No voy a echarle a Kolya un peso más encima teniéndolo así.

Fue un pensamiento noble. Y fue el peor error de toda la historia.

Cogió un coche sin decírselo a nadie —había aprendido a despistar a sus sombras, otro error que se felicitó por cometer— y quedó con Kozlov.

Él eligió el sitio: la terraza de un hotel de lujo en Puerto Banús, a plena luz, lleno de gente, el escenario perfecto de un hombre que sabe que la seguridad de su víctima es su mejor jaula. La esperaba con una sonrisa de abuelo y dos tés ya servidos.

—Señora Vorónova. —Se levantó, caballeroso—. Qué valiente. Y qué sola. Nikolái no sabe que está usted aquí, ¿verdad? —Leyó la respuesta en su cara y la sonrisa se le ensanchó—. No. Claro que no. Si lo supiera, habría venido él. Siéntese, por favor. No muerdo a la luz del día.

Irene se sentó, con el corazón golpeándole las costillas, y jugó la única mano que tenía:

—Deja en paz a mi hermano. Mateo no sabe nada y va a seguir sin saber nada. Lo que tengas contra Nikolái, resuélvelo con Nikolái. Mi hermano es un crío que no ha hecho nada.

—Tiene toda la razón. —Kozlov asintió, comprensivo, monstruoso—.

Un crío inocente. Por eso es tan útil. —Bebió su té—.

Le voy a ser sincero, porque usted me cae bien y porque la sinceridad desarma más que la mentira: a mí su hermano no me interesa lo más mínimo.

Me interesa usted. O, mejor dicho, me interesa lo que usted le ha hecho a Nikolái.

—Entornó los ojos azules y muertos—. Llevo tres años estudiándolo.

Es de piedra. No tiene por dónde agarrarlo.

Y de repente se casa con una española y mis fuentes me dicen que el hombre de hielo duerme en el cuarto de su mujer y la mira como un perro.

—Dejó la taza—. Usted lo ha ablandado, señora.

Usted es, por fin, el punto por donde se rompe.

Y acaba de confirmármelo viniendo aquí sola, sin que él lo sepa, a suplicar por su hermano.

Un hombre invulnerable no tiene a nadie que haga locuras por amor.

Nikolái, ahora, sí. —Sonrió—. Gracias por la confirmación. Me ha ahorrado meses.

Irene se levantó, blanca, entendiendo demasiado tarde la dimensión de lo que había hecho. No había protegido a nadie. Se había ofrecido en bandeja. Le había dado a Kozlov la única información que llevaba tres años buscando: que Nikolái Vorónov ya tenía algo que perder, y que ese algo era ella.

—Vete a la mierda —dijo, porque era lo único que le quedaba.

—Dele recuerdos a su marido. —Kozlov ni se levantó—. Y, señora… cuando esta noche se lo cuente, que se lo contará porque es honrada y porque lo quiere, no sea muy dura consigo misma. Todos cometemos un error. El suyo solo ha sido más caro que la mayoría.

Fin del capítulo 12.