Capítulo 13 — Como un arma
Se lo contó esa noche. Entera. Sin ahorrarse nada, porque ahorrárselo habría sido una segunda traición encima de la primera.
Nikolái la escuchó de pie junto al ventanal, de espaldas al mar negro, sin interrumpir, y Irene vio cómo con cada frase se le iba cerrando la cara, capa a capa, hasta que al final no quedó nada del hombre que dormía en su cama.
Quedó el pakhan. El de hielo. El que ella creía haber derretido y que, descubrió con pavor, solo se había escondido.
—Dijiste que no te meterías. —Su voz era baja, plana, peor que un grito—. Me diste tu palabra. Te pregunté específicamente si podía confiar en ti para esto, y me dijiste que sí.
—Lo sé. —A Irene le ardían los ojos—. Pensé que podía protegerlo yo, que no quería cargarte más, que…
—Que sabías mejor que yo cómo se maneja a Andréi Kozlov.
—Se volvió por fin, y la frialdad de sus ojos la hizo retroceder—.
Llevo veinte años en esto, Irene. Veinte años sin que nadie me agarre por ningún sitio.
Y en una tarde, en una sola tarde de orgullo, le has dado el único dato que necesitaba.
Le has dicho que te quiero. Le has demostrado que te quiero.
Ahora no vas a estar segura ni un minuto mientras ese hombre respire, porque ahora sabe que hacerte daño a ti es hacérmelo a mí, y eso, Irene, eso es exactamente lo que yo había mantenido imposible durante dos décadas.
—Se le quebró algo bajo el hielo—. Me pasé la vida sin querer nada para que nadie pudiera usar nada contra mí.
Y entonces apareciste tú, y bajé la guardia, y acabas de entregarle mi único punto débil envuelto para regalo.
—Lo hice por Mateo —dijo ella, y odió lo pequeño que sonó.
—Lo hiciste por orgullo. —Dio un paso hacia ella—.
El mismo orgullo que me hizo quererte. Qué gracia.
La cosa que amo de ti es la que nos va a enterrar.
—Otro paso—. ¿Sabes qué es lo peor? Que no puedo ni gritarte como mereces, porque entiendo exactamente por qué lo hiciste.
Lo habría hecho yo. Somos iguales en lo único en lo que no deberíamos serlo.
Estaban muy cerca. El aire entre los dos era irrespirable, cargado de rabia y de miedo y de otra cosa, esa otra cosa que llevaba semanas tirando de ellos y que no sabía distinguir entre pelear y desearse.
—Kolya —empezó ella.
—No. —La agarró por la nuca, no con ternura, con una brusquedad que la hizo jadear—.
Esta noche no soy Kolya. A Kolya lo has dejado a la intemperie.
—Le buscó la boca y el beso fue un castigo, duro, exigente, con dientes, nada que ver con los de antes—.
Esta noche vas a saber con quién te casaste de verdad.
Y la besó como si quisiera hacerle daño y no supiera cómo sin desearla al mismo tiempo.
Irene debería haberlo apartado. No lo apartó.
Lo agarró de la camisa y tiró, rompiéndola, porque la rabia de ella era igual de grande —rabia consigo misma, rabia con él por esconderse, rabia con el mundo que no los dejaba en paz— y porque su cuerpo había aprendido que la única tregua verdadera que tenían los dos estaba piel contra piel.
Él la empujó contra el ventanal frío, el cristal helado contra la espalda de ella, el mar negro a sus pies treinta metros más abajo, y le subió el vestido de un tirón sin preámbulos ni ternura.
No hubo esta vez lectura cuidadosa, ni paciencia, ni la reverencia de la noche de su mano herida.
Hubo un hombre furioso y una mujer furiosa usando la única lengua en la que no sabían mentirse.
—Dime que pare —gruñó él contra su garganta, los dedos clavándosele en los muslos, dándole la salida incluso ahora, incluso así, porque incluso roto cumplía esa regla suya—. Dímelo y paro, Irene. Siempre te dejo la puerta.
—No quiero que pares. —Le tiró del pelo, le mordió el labio, lo retó—. Quiero que dejes de esconderte. Enséñame al que de verdad eres. Deja de protegerme de ti.
Algo se rompió en él al oírlo.
La tomó allí mismo, contra el cristal, con el mundo colgando debajo, sin suavizar nada, y por primera vez Irene no tuvo delante al hombre que medía cada gesto sino al animal que llevaba dentro, posesivo, hambriento, diciéndole al oído en una mezcla de ruso y español cosas crudas y oscuras —mía, eres mía, le dijiste que eras mía sin saberlo, ahora lo vas a saber— mientras la sostenía en el aire con una fuerza que la asustó y la encendió a partes iguales.
Irene le clavó las uñas en la espalda, en las cicatrices viejas, se oyó decir obscenidades que no sabía que conocía, le exigió más, más fuerte, más hondo, y él obedeció y exigió a su vez, y los dos se castigaron y se perdonaron a la vez en la misma embestida, hasta que la rabia se transformó —sin aviso, como se transforman estas cosas— en algo desesperado y casi llorado, en dos personas aterradas agarrándose la una a la otra al borde literal de un abismo.
Cuando ella se deshizo, gritó su nombre —el de verdad, Kolya, el que él había dicho que esa noche no era— y lo sintió estremecerse al oírlo, perder otra vez el control que intentaba recuperar, vaciarse en ella con un gemido roto que tenía más de rendición que de victoria.
Se quedaron después resbalando juntos hasta el suelo, con la espalda de ella contra el cristal frío, él de rodillas abrazándola, los dos temblando, la ropa destrozada, el corazón desbocado.
—Esto no arregla nada —dijo Irene contra su pecho, con la voz rota.
—No. —Nikolái la apretó más fuerte, hundió la cara en su pelo, y cuando habló, Irene notó que algo húmedo le caía sobre la frente y entendió, con el corazón partido, que el hombre de hielo estaba llorando por primera vez delante de ella—.
No arregla nada. Pero es lo único que tenemos que no es mentira.
—La besó en la sien, despacio, ya sin rabia, solo miedo—.
Mañana tengo que convertirme otra vez en el que mantiene esto a salvo.
Esta noche, déjame solo tenerte y tener miedo. Contigo. Por una vez, no solo.
Irene lo abrazó en el suelo de aquella casa fría, con el mar rugiendo abajo, y lloraron juntos en silencio, enredados, rotos, y a la vez más cerca de lo que habían estado nunca.
Fuera, en la oscuridad del mar, muy lejos, parpadeaban las luces de un barco.
Ninguno de los dos sabía todavía que Kozlov ya había movido su siguiente ficha, y que esta vez no iba a por el hermano.
Iba a por Dmitri.
Fin del capítulo 13.