Capítulo 11 — La grieta
La felicidad, cuando llegó, llegó disfrazada de normalidad, y por eso casi no la reconocieron.
Durante dos semanas, la casa del acantilado fue otra cosa.
Nikolái dormía en el cuarto de Irene, o ella en el suyo; la frontera se había disuelto sin que ninguno la declarara oficialmente muerta.
Desayunaban juntos. Él la buscaba a media tarde con una excusa de trabajo que los dos sabían falsa, la arrinconaba contra cualquier superficie de aquella casa fría y la hacía arder hasta que ella olvidaba su propio nombre.
Follaban por las mañanas, con la luz entrando por el ventanal y el mar abajo; follaban por las noches, despacio; follaban una vez contra la puerta del vestidor sin llegar siquiera a desnudarse del todo, con la ropa a medio quitar y la urgencia de dos personas que han descubierto tarde el hambre.
Irene no se reconocía. Se había prometido irse entera y estaba, día a día, entregando trozos. Y lo peor era que no le importaba.
Una mañana la despertó así: la boca en la nuca, la mano abierta deslizándose por su vientre, el cuerpo caliente de él pegado a su espalda bajo las sábanas revueltas y la luz del amanecer entrando entera por el ventanal.
Irene arqueó la espalda contra él, todavía medio dormida, y lo oyó gruñir de satisfacción contra su hombro al notarla responder.
—Buenos días, señora Vorónova —murmuró, bajando la mano entre sus muslos, encontrándola ya lista para él—. Llevo una hora despierto mirándote. Es indecente lo que haces solo durmiendo.
La acarició despacio, perezoso, sin ninguna prisa, mientras le mordía el cuello y le susurraba al oído lo que iba a hacerle, hasta que Irene se retorció contra su mano buscando más.
Entonces le levantó una pierna sobre la suya y entró en ella desde atrás, lento y hondo, y los dos gimieron contra la almohada.
Hicieron el amor así, de lado, enredados, sin prisa, con el mar despertando abajo y el sol trepando por la pared, él sosteniéndole un pecho con una mano y acariciándola con la otra, marcándole un ritmo perezoso y profundo que la deshizo despacio, demorándolo, negándose a tener prisa, hasta que Irene se rompió temblando con su nombre en la boca y él la siguió apretándola contra su cuerpo, estremeciéndose dentro de ella con un gruñido ahogado contra su pelo.
Se quedaron después enredados en la luz, su mano trazándole círculos ociosos en la cadera, sin ganas ninguno de los dos de levantarse.
—Me gustas así —le dijo él, trazándole con la mano ya curada la línea de la columna, los dos deshechos sobre las sábanas—. Despeinada. Sin muro. Eres la única persona del mundo delante de la que no tengo que ser nadie.
—No digas esas cosas. —Irene cerró los ojos—. Teníamos un plan. Dos años y una puerta de salida.
—Lo sé. —Le besó el hombro—. Yo también tenía un plan. No querer nada. Mira cómo nos va a los dos con los planes.
Pero bajo la piel de aquella tregua, el negocio seguía latiendo, y el negocio no perdona la felicidad.
Empezó con una cifra que no cuadraba.
Irene lo supo porque ahora prestaba atención —Sonya le había enseñado a mirar el tablero— y porque una noche, al entrar en el despacho a llevarle un café a Nikolái, lo encontró inclinado sobre unos papeles con una tensión en los hombros que no le veía desde la noche de Mateo.
—¿Qué pasa?
Él tardó en responder. Cuando lo hizo, fue porque ya había decidido que ella formaba parte de esto, y a Irene ese pequeño gesto —incluirla— la conmovió más que cualquier caricia.
—Falta dinero. —Señaló una columna—. No mucho, para nuestros números.
Lo justo para que sea invisible salvo que lo busques.
Lleva saliendo seis meses, de una ruta que solo conocen cuatro personas.
—La miró—. Hay un topo, Irene. Alguien de dentro le está vendiendo información a Kozlov.
Así supo lo de tu hermano. Así supo cuándo yo estaría en San Petersburgo.
No fue suerte. Fue alguien de esta casa.
—¿Quién conoce la ruta?
—Yo. Dmitri. Un hombre en Málaga, Volkov, que lleva conmigo quince años. —Una pausa que le costó—. Y Sonya.
El nombre quedó colgado en el aire.
—Sonya no —dijo Irene, y se sorprendió de la fuerza con que lo dijo—. Lleva doce años manteniéndote vivo. Me lo dijo ella misma y le creí.
—Lo sé. —La cara de Nikolái era de piedra, pero los ojos no—.
Por eso es tan difícil. En mi mundo, Irene, el que te traiciona nunca es el que esperas.
Es siempre el que menos puedes permitirte perder.
Kozlov no compraría a un hombre de Málaga por calderilla.
Compraría a quien me duela. —Se pasó la mano por la cara—.
Y la única persona cuya traición me dejaría ciego de verdad es la que lleva doce años en el pasillo.
Irene sintió un frío nuevo.
—¿Qué vas a hacer?
—Averiguarlo sin que se note que estoy averiguando.
—La miró—. Y tú no vas a decirle nada a nadie.
Ni a Dmitri, al que adoras, ni a Sonya, que empieza a caerte bien.
A nadie. Porque si el topo huele que lo busco, desaparece, y entonces nunca sabré a quién tengo durmiendo bajo mi techo.
—Le tomó la mano—. ¿Puedo confiar en ti para esto?
No como esposa. Como la única persona de esta casa a la que sé que Kozlov no ha comprado.
—¿Cómo sabes que a mí no?
Algo se suavizó en su cara, cansado y tierno a la vez.
—Porque a ti te daría la información gratis con tal de que te quedaras —dijo—. Y Kozlov nunca entendería eso. Él solo sabe comprar lo que ya está en venta. Tú nunca lo has estado. Es lo que me vuelve loco de ti y lo que, probablemente, acabe matándome.
Esa noche Irene no durmió bien. Porque le había dado su palabra de no meterse.
Y porque ya estaba, en su cabeza, empezando a planear cómo meterse.
Fin del capítulo 11.