DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1) Capítulo 10 — Punto medio
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Capítulo 10 — Punto medio

Lo encontró en el ala oeste, en su territorio, donde ella nunca entraba.

Había acostado a Mateo en un cuarto de invitados —se durmió al fin, agotado, creyéndose a salvo porque ella le dijo que lo estaba—, había esperado a que la casa se vaciara de hombres y de coches, y luego, descalza, en bata, había cruzado por primera vez la frontera que él siempre respetaba, en sentido contrario.

La puerta de su dormitorio estaba entreabierta.

Luz tenue dentro. Lo vio por la rendija antes de entrar: sentado en el borde de la cama, la camisa ensangrentada tirada en el suelo, inclinado sobre su propia mano, intentando limpiarse los nudillos destrozados con una torpeza impropia de él. Solo. Siempre solo para esto.

Irene empujó la puerta.

Nikolái levantó la cabeza, y por un instante no tuvo tiempo de ponerse la máscara, y ella lo vio tal cual era: cansado hasta los huesos, viejo de un modo que no tenía que ver con la edad, y —la palabra la golpeó— solo. Infinitamente solo.

—No deberías estar aquí —dijo él. Pero no lo dijo con fuerza.

—Lo sé. —Entró igual. Cerró la puerta tras de sí—. Dame la mano.

—Irene…

—Dame la mano, Kolya.

Lo dijo con una autoridad suave que lo desarmó.

Él le tendió la mano herida, despacio, como quien no está acostumbrado a que nadie se la tome para cuidarla.

Irene se arrodilló frente a él, cogió el paño y el agua, y empezó a limpiarle los nudillos abiertos con un cuidado infinito, en silencio, mientras él la miraba hacer, incapaz de apartar los ojos, como si estuviera presenciando algo que no entendía del todo.

—Nadie hace esto —dijo él al cabo, muy bajo. No era una pregunta. Era un descubrimiento.

—¿El qué?

—Esto. —Miró su propia mano entre las de ella—. Curarme. Después. Siempre me he curado solo. Veinte años. Creía que era así como funcionaba.

A Irene se le cerró la garganta. Siguió limpiando.

—Pues ya no funciona así —dijo con voz ronca—. No esta noche.

Terminó de vendarle la mano. Y cuando levantó la vista, lo encontró mirándola con una expresión que nunca le había visto —ni en la boda, ni en la cocina, ni en ningún momento—, una expresión sin defensas, abierta, aterrada, y supo que el hombre de hielo se había resquebrajado entero esa noche y que estaba, por primera vez, dejándola ver el agua oscura de debajo.

—Esto ya no es el contrato —dijo él.

—No. —Irene seguía de rodillas entre sus piernas, su mano vendada entre las suyas—. Hace semanas que no lo es.

—Si te toco ahora —su voz se quebró en algo que ella no le había oído nunca—, no va a ser como en la cocina.

En la cocina me quedaba sitio para fingir que era deseo.

Ahora no me queda sitio para nada, Irene.

Esta noche no. Si te toco ahora vas a verlo todo, y no voy a poder volver a esconderlo, y entonces estaré en tus manos de una forma en que no he estado en manos de nadie desde que era un crío.

—La miró—. Así que dímelo tú. Otra vez. Porque yo ya no tengo defensas para decidirlo.

Irene se levantó despacio. Le tomó la cara herida y cansada entre las dos manos, como él le había tomado la suya tantas veces, y lo miró desde arriba, y por primera vez no había muro, ni contrato, ni deuda, ni Mateo, ni Kozlov. Solo ellos dos y la verdad entera.

—Te veo, Kolya —dijo—. Te he visto toda la noche. Y no voy a salir corriendo.

Y lo besó.

Esta vez fue distinto. No fue el hambre desesperado de la tormenta.

Fue lento, y hondo, y terrible de puro verdadero.

Él se levantó de la cama sin soltarle la boca, le desató el cinturón de la bata con la mano buena y la dejó caer de sus hombros, y luego se apartó un instante solo para mirarla, desnuda a la luz de la lámpara, con una expresión que a Irene le cerró la garganta: no deseo a secas, sino algo mucho más peligroso, como si no se creyera que ella estuviera allí por voluntad propia.

—Nadie me mira como tú —dijo él, ronco, pasándole el dorso de los dedos por la mejilla, el cuello, entre los pechos—. Como si yo fuera un hombre y no un arma.

La tendió sobre la cama y la recorrió entera, sin prisa, con la boca y con la mano sana.

Le besó la cicatriz que no tenía y las que sí, las de dentro.

Bajó por su cuerpo deteniéndose en cada sitio que la hacía temblar, memorizándola, y cuando llegó entre sus muslos lo hizo despacio, con una ternura que no se parecía en nada a la urgencia de la cocina, lamiéndola con un cuidado reverente mientras le sostenía una mano entrelazada con la suya sobre el colchón.

Irene le apretó los dedos, arqueándose contra su boca, y él la llevó al borde y la dejó caer y la volvió a subir, paciente, hasta que ella le suplicó su nombre.

Entonces subió por su cuerpo, se colocó sobre ella, y se detuvo con la frente apoyada en la de ella, temblando por el esfuerzo de contenerse, la mano vendada apoyada en su cadera.

—Si te tomo ahora —susurró, y la voz se le quebró— vas a verlo todo. No me va a quedar nada escondido. ¿Lo entiendes?

—Quiero verlo todo. —Irene le tomó la cara entre las manos y lo guio hacia ella—. Entra, Kolya. Déjame verte.

Y entró, hondo y lento, y los dos gimieron a la vez al sentirse por fin unidos sin un solo muro entre ellos.

Se movió dentro de ella sin apartar la mirada ni un instante, diciéndole su nombre y cosas en ruso contra la boca que no eran posesivas sino desnudas, rendidas.

Irene le enroscó las piernas en las caderas, lo acogió más adentro, acompasó su cuerpo al de él, y sintió cómo cada embestida lo abría un poco más, cómo el hombre de hielo se deshacía capa a capa dentro de ella.

Él deslizó la mano entre los dos cuerpos para acariciarla donde estaban unidos, llevándola con él, y cuando Irene se rompió —apretándose entera a su alrededor, gritando su nombre contra su hombro— lo sintió seguirla al instante: Nikolái Vorónov soltó por fin la última cuerda a la que llevaba la vida entera agarrado, se dejó caer en ella y en el abismo y en lo que fuera que aquello estaba empezando a ser, con un gemido hondo que era casi un sollozo, aferrado a ella como a lo único firme del mundo.

Se quedaron después enredados en la oscuridad, todavía unidos, él incapaz de separarse, el corazón bajo la mejilla de ella latiendo rápido y humano y por una vez sin armadura.

—Esto nos va a destruir —dijo él contra su pelo, y no sonaba a amenaza, sonaba a verdad serena—. Lo sabes, ¿no? Tú querías irte entera. Yo necesitaba no querer nada. Y acabamos de romper las dos cosas a la vez.

—Lo sé. —Irene cerró los ojos, escuchando aquel corazón—. ¿Y qué hacemos?

Nikolái tardó en responder. La abrazó más fuerte, como quien agarra lo único que le importa en mitad de una tormenta que sabe que viene.

—Lo imposible —dijo al fin—. Vamos a intentar quedarnos con esto de todas formas. Aunque nos cueste todo lo demás. —La besó en la frente—. Duerme, Irene. Mañana vuelve la guerra. Esta noche, solo esta noche, déjame tenerte sin que sea un trato.

Y ella durmió, por primera vez en semanas, del otro lado de la puerta que él siempre respetaba, en los brazos del hombre más peligroso de la costa, sabiendo que acababan de cruzar la única línea que no tenía vuelta, y sin querer, ni por un segundo, volver atrás.

Fin del capítulo 10. Fin del Acto II.