Capítulo 9 — Sangre
Nikolái volvió el día exacto que había dicho, como Sonya prometió.
Y la tregua se acabó esa misma noche.
Llegó pasadas las once, con la cara cansada del viaje y de algo más, y encontró a Irene esperándolo despierta en la biblioteca —no lo habría admitido, diría que no podía dormir— y hubo un instante, al verse, en que todo lo de la cocina quedó suspendido en el aire entre los dos, sin resolver, cargado. Él abrió la boca para decir algo.
No llegó a decirlo.
El móvil de Irene sonó. Era Mateo.
Pero no era la voz de Mateo. Era la voz de un hombre que Irene no conocía, tranquila, con un leve acento del este, hablando en español desde el teléfono de su hermano:
—Señora Vorónova. Qué voz más bonita. Su hermano está bien.
De momento. Está con nosotros, tomando algo, muy a gusto.
Un chico encantador. No sabe nada, ¿verdad?
De usted, de su marido, de los negocios de su difunto padre.
Qué tierno. —Una pausa deliberada—. Sería una pena que se enterara de todo de golpe.
O que no se enterara de nada nunca más. Dígale a Nikolái Antónovich que Andréi Petróvich envía recuerdos. Y que el tablero ha cambiado.
La línea se cortó.
Irene se quedó con el teléfono en la mano, blanca, incapaz de respirar. Nikolái cruzó la habitación en dos zancadas.
—¿Qué ha pasado? —La agarró por los hombros—. Irene. Mírame. ¿Qué ha pasado?
—Kozlov. —Apenas le salió la voz—. Tiene a Mateo. Tiene a mi hermano.
Y entonces Irene vio, por primera vez, lo que de verdad era el hombre con el que se había casado.
No gritó. No rompió nada. Fue mucho peor que eso.
Algo en su cara se apagó —toda la calidez, todo lo humano de las últimas semanas— y en su lugar quedó una frialdad tan absoluta, tan antigua, que Irene retrocedió un paso sin querer.
Soltó sus hombros con una suavidad que contrastaba espantosamente con lo que había detrás de sus ojos.
Sacó el teléfono. Dijo cuatro palabras en ruso.
Y la casa, en treinta segundos, se convirtió en otra cosa: luces, pasos, hombres apareciendo de la nada, coches en marcha.
La máquina de guerra que siempre había estado ahí, dormida bajo las rosas, despertando entera.
—Sonya —dijo, y Sonya ya estaba allí—. Con ella.
No se mueve de la casa. —A Irene, y por un segundo la frialdad se agrietó, solo para ella—: Te lo voy a traer.
¿Me oyes? Esta noche. Entero. Te doy mi palabra, y tú sabes lo que vale mi palabra.
—Le tomó la cara, un gesto rápido, feroz, casi desesperado—.
Pero necesito que te quedes aquí y que no veas lo que voy a hacer para traerlo.
No quiero que lo veas. No quiero ser eso delante de ti.
—Kolya. —Lo agarró de la muñeca cuando se iba—. No te mueras tú. —Le salió del fondo, sin permiso, la verdad entera—. No te atrevas a no volver.
Él se detuvo. La miró. Y por un instante, en medio de toda aquella frialdad letal, algo cálido y aterrado cruzó sus ojos.
—Vaya —dijo en voz muy baja, casi para sí—. Mira eso. —Y luego, más fuerte, mientras se soltaba con dulzura—: Cierra con llave, Irene. La que te di. Y no la abras hasta que sea mi voz.
Se fue.
Fue la noche más larga de la vida de Irene.
Sonya se quedó con ella, armada, callada, sirviéndole té que no bebía, sin mentirle con falsos consuelos, que fue lo único soportable. A las tres de la madrugada Irene preguntó, porque necesitaba saberlo:
—¿Lo va a matar? A Kozlov.
Sonya tardó en responder.
—Esta noche no —dijo al fin—. Esta noche va a recuperar a tu hermano, que es distinto.
Matar a Kozlov ahora empezaría una guerra que todavía no puede ganar.
Kolya lo sabe. Por eso es quien es y Kozlov no.
—La miró—. Pero alguien va a sangrar esta noche para que tu hermano vuelva a casa sin un rasguño y sin enterarse de nada.
Ese es el precio. Lo pagan otros. Pero lo ordena él, y lo carga él, y mañana parecerá el mismo de siempre y no lo será.
—Bebió su té—. Cada vez que hace esto, se gasta un poco.
Lleva gastándose desde que era un crío. Reza para que a ti no te gaste también.
A las cuatro y media, Irene oyó los coches en la verja.
Corrió escaleras abajo contra las órdenes, contra el sentido común, con el corazón en la garganta, y abrió la puerta justo cuando entraba Mateo —su Mateo, asustado, despeinado, con el móvil aún en la mano y una manta sobre los hombros, pero entero, intacto, sin un rasguño— escoltado por dos hombres de Nikolái que lo trataban como a cristal.
—¡Irene! —Se abrazó a ella, temblando, y le habló atropellado al oído—: Me cogieron unos tíos, no sé quiénes, pensé que…
pero luego aparecieron los de Nikolái y me sacaron y me dijeron que había sido una confusión, un lío de deudas de un socio de papá, que ya está arreglado, que no pasa nada…
Irene, ¿qué está pasando? ¿En qué andaba metido papá?
—Nada, Mateo. —Le mintió con todo el amor del mundo, abrazándolo fuerte, por encima de su hombro buscando con los ojos lo único que necesitaba ver—. Un error. Un malentendido feo. Ya está. Ya estás en casa. Ya estás a salvo.
Y entonces lo vio.
Nikolái estaba de pie junto al último coche, bajo la luz de la entrada.
Ileso, en apariencia. Pero tenía la camisa blanca manchada de algo oscuro que no era suyo, los nudillos de la mano derecha —la de la cicatriz vieja— abiertos y en carne viva, y en la cara esa quietud terrible de quien ha hecho cosas y las ha guardado en el sitio donde las guarda todas.
Sus miradas se cruzaron por encima de la cabeza de Mateo.
Él no se acercó. No delante del hermano.
Pero levantó apenas la barbilla —¿está bien?
— y ella asintió —está bien, lo trajiste, cumpliste— y en ese cruce mudo de dos segundos, por encima del niño que los dos protegían, pasó algo que no tenía nombre en ningún contrato y que ya no se parecía en nada a un negocio.
Mateo no vio la sangre. Irene se encargó de llevárselo adentro antes de que la viera.
Pero ella sí la vio. Vio toda la sangre que aquel hombre se había puesto encima para que su hermano durmiera esa noche sin enterarse de nada.
Y descubrió, con una claridad que le cambió algo por dentro para siempre, que no sentía horror.
Sentía gratitud. Y algo mucho más hondo y mucho más imposible que la gratitud.
Fin del capítulo 9.