Capítulo 8 — El negocio
A la mañana siguiente, Nikolái se había ido antes del amanecer.
Una nota sobre la isla de la cocina, donde horas antes había pasado todo, escrita con su letra apretada: «Viaje. Tres días. Sonya se queda. No es huida; es San Petersburgo, que no espera. Hablamos cuando vuelva. — N.»
Irene leyó «no es huida» tres veces y decidió no creérselo del todo, aunque quisiera.
Los tres días sin él fueron largos de una manera nueva.
La casa, que había aprendido a habitar, se le quedó grande.
Se descubrió escuchando los coches en la verja.
Se descubrió, una tarde, de pie en la puerta del ala oeste —la de él, donde nunca había entrado— sin saber muy bien qué hacía allí, y se retiró avergonzada antes de que Sonya, que lo veía todo, dijera nada.
Fue Sonya, de hecho, quien rompió el silencio el segundo día.
La encontró en la terraza y se sentó sin pedir permiso, con dos cafés, y le tendió uno.
—Llevas dos días mirando la verja como un perro —dijo, sin crueldad, casi con lástima—. Te voy a ahorrar sufrimiento: no va a volver antes. Cuando va al norte, vuelve el día que dijo, ni uno menos. Es lo único de él con lo que puedes poner el reloj.
Irene aceptó el café. Era una ofrenda y las dos lo sabían.
—No te caigo bien.
—No. —Sonya bebió—. Pero eso no tiene que ver contigo.
Tiene que ver con que llevo doce años manteniéndolo vivo, y tú eres la primera variable que no puedo controlar en todo ese tiempo.
—La miró de reojo—. Le has cambiado la cara.
Un hombre al que le cambia la cara comete errores.
Y los errores, en nuestro trabajo, se pagan con lo que no se puede devolver.
Así que no, no me caes bien. Me das miedo.
Que es, viniendo de mí, bastante más serio.
Irene no supo qué decir. Así que dijo la verdad:
—Yo tampoco quiero que cometa errores. Me quiero ir entera de aquí dentro de dos años.
Sonya la miró largamente. Algo se ablandó, un milímetro.
—Entonces aprende cómo funciona esto —dijo—. No para meterte. Para no morirte de ignorancia. Lo que no entiendes es lo que te mata. —Dejó el café—. ¿Quieres saber por qué Kozlov te besó la mano en la boda? Ven. Te enseño el tablero. Solo mirar. No tocar.
Y durante las dos horas siguientes, en el despacho que Irene tenía prohibido pisar, Sonya le enseñó el mapa: las familias, las rutas limpias y las sucias, por qué un matrimonio español valía millones en legitimidad, por qué Kozlov llevaba tres años esperando una grieta en el muro de Nikolái, y por qué Irene —la esposa, el punto blando, lo nuevo— era justo donde Kozlov metería el dedo primero.
—¿Me estás diciendo que soy el objetivo? —preguntó Irene, con un frío nuevo en el estómago.
—Te estoy diciendo que eres la puerta. —Sonya la miró sin suavizarlo—. Y que más te vale aprender a ser una puerta blindada, porque Kolya no siempre va a estar en el pasillo para cerrarte.
Dmitri llegó el tercer día, sin avisar, con una bolsa de deporte, una sonrisa de medio lado idéntica y a la vez opuesta a la de su hermano, y una botella de vino bajo el brazo.
—¡La famosa esposa! —La abrazó antes de que ella pudiera impedirlo, con un calor espontáneo que en aquella casa resultaba casi exótico—.
Dios, eres real. Kolya me habló de ti y pensé que exageraba.
No exageraba. —Se dejó caer en un sofá como si la casa fuera suya—.
Soy Dmitri. El hermano guapo. El que le cae bien a todo el mundo. El inútil, según Sonya.
—Según Sonya con razón —dijo Sonya desde la puerta, pero había afecto en ello.
Dmitri era todo lo que Nikolái no era: ruidoso, cálido, de risa fácil, de los que llenan una habitación.
Y sin embargo, hablando con él esa tarde —mientras abría el vino que nadie le había pedido y contaba anécdotas de los dos de niños en San Petersburgo—, Irene captó, bajo la ligereza, algo más triste: la posición del segundo, del que vive a la sombra de un hermano al que adora y teme a partes iguales, del que carga con la parte del negocio que le toca sin haberla elegido.
—Te voy a decir una cosa de mi hermano —dijo Dmitri ya entrada la noche, más serio de pronto, el vino bajando la guardia—.
Porque creo que la necesitas. —La miró—.
Kolya no ha querido nada en su vida. ¿Entiendes lo que digo?
Nada. Ha deseado cosas, las ha conseguido, las ha tirado.
Pero querer, querer de verdad, de ese que te pone en peligro…
nunca. Lo hace invulnerable. Es lo que lo mantiene vivo.
—Hizo girar el vino en la copa—. Y llevo tres días oyéndole la voz al teléfono distinta.
Por ti. —La señaló con la copa, sin acusación, casi con miedo—.
No sé si eres consciente de lo que eso significa.
Un hombre invulnerable que de repente quiere algo…
es un hombre al que acaban de encontrarle el punto por donde romperlo.
—Bebió—. Ten cuidado con lo que haces con eso, Irene.
Por los dos. Pero sobre todo por él. Nadie lo protege a él.
Es el único de esta familia que no tiene a nadie en el pasillo.
Irene se quedó despierta esa noche, mucho después de que Dmitri se durmiera en el sofá, pensando en aquella frase —nadie lo protege a él— y descubriendo, con un vértigo que no quería nombrar, que la idea de que alguien pudiera hacerle daño a Nikolái Vorónov le resultaba, de pronto, insoportable.
Eso, entendió, era mucho más peligroso que el deseo.
El deseo se desactiva. Esto, no.
Fin del capítulo 8.