Capítulo 7 — La primera vez
Aguantó once días.
Después hubo una tormenta.
Fue a mediados de noviembre, una de esas tormentas de levante que convierten el Mediterráneo en algo negro y furioso y hacen temblar hasta las casas de hormigón sobre los acantilados.
Se fue la luz pasada la medianoche. Irene se despertó en la oscuridad total, con el viento golpeando el cristal como si quisiera entrar, y durante un segundo —solo uno— volvió a tener diez años y a tener miedo de verdad, de ese miedo animal y sin motivo.
Salió de su cuarto con el móvil por linterna. La casa estaba a oscuras, enorme, desconocida. Y al final del pasillo, una línea de luz temblorosa: velas.
Lo encontró en la cocina. Descalzo, con un pantalón de pijama y nada más, encendiendo velas sobre la encimera con una calma que a ella le pareció de otro mundo, como si las tormentas y los apagones fueran, también, cosas que obedecían.
A la luz naranja, sin la armadura de los trajes, Nikolái Vorónov era de pronto solo un hombre: hombros anchos, una cicatriz larga y antigua cruzándole las costillas del lado izquierdo, otra más pequeña en el hombro.
Un cuerpo que contaba una historia que sus trajes callaban.
—No hay peligro —dijo él sin volverse, reconociéndola por los pasos o por el instinto—.
Solo es la tormenta. El generador entra en diez minutos; siempre tarda diez minutos y siempre me prometo que lo arreglaré y nunca lo hago.
—Entonces la miró, y algo en su cara cambió al verla: de pie en el umbral, con una camiseta vieja y las piernas desnudas y el pelo suelto, temblando un poco—. ¿Tienes miedo?
—De pequeña odiaba las tormentas. —Se abrazó a sí misma—. Creía que lo había superado.
—Hay cosas que no se superan. —Empujó una vela hacia el centro de la isla, una invitación muda a acercarse—. Solo se aprende a estar acompañado mientras pasan.
Irene cruzó la cocina. Se sentó en el taburete, al otro lado de la isla, con las velas entre los dos. El viento aullaba. Él sirvió, sin preguntar, dos dedos de algo ámbar en dos vasos, y le acercó uno.
Bebieron en silencio. La tormenta llenaba todos los huecos.
Y Irene, mirándolo a la luz de las velas —la cicatriz, la mandíbula, los ojos que por una vez no tasaban nada sino que simplemente la miraban— sintió que el muro que llevaba semanas sosteniendo con las dos manos estaba, de pronto, insoportablemente cansado.
—Dijiste que esperarías —dijo ella. Su voz sonó rara, ronca—. A que yo lo pidiera.
Nikolái se quedó muy quieto. Dejó el vaso.
—Lo dije.
—¿Y si lo pido?
El aire se detuvo. Hasta la tormenta pareció contener el aliento. Él rodeó la isla —despacio, dándole tiempo, dándole a cada paso la oportunidad de retirarlo— hasta quedar frente a ella, de pie, mirándola desde arriba con una intensidad que la hizo arder.
—No juegues con esto, Irene. —Su voz había bajado hasta un lugar grave y peligroso—.
Dilo de verdad o no lo digas. Porque si lo dices y lo dices en serio, no habrá pacto que valga, ni frontera, ni llave, ni mañana por la mañana en que podamos fingir que no pasó.
Yo no sé tocar a medias. Nunca he sabido.
—Lo estoy pidiendo. —Lo miró a los ojos y, por primera vez en semanas, no había muro. Solo verdad—. Tócame.
No hubo más palabras.
Él le tomó la cara con las dos manos —grandes, cálidas, la cicatriz de los nudillos rozándole la mejilla— y la besó, y no fue el beso contenido de la boda.
Fue un beso de hombre que lleva semanas conteniéndose, profundo y hambriento, su lengua abriéndose paso en la boca de ella con una exigencia que le arrancó un gemido.
Irene se abrió a él con un sonido que no reconoció como suyo, le hundió los dedos en el pelo, lo acercó más, y el taburete, el vaso, la tormenta, el contrato, todo se disolvió en el calor de aquella boca.
La levantó sin esfuerzo y la sentó sobre la fría encimera de piedra, separándole las rodillas con las caderas para colocarse entre ellas.
El contraste —la piedra helada bajo los muslos, el cuerpo ardiente de él delante— la hizo arquearse.
Las manos de Irene bajaron por el pecho desnudo de Nikolái, por la cicatriz de las costillas, por el vientre duro, y lo oyó contener el aliento cuando le rozó la cinturilla del pantalón.
—Despacio —murmuró él contra su boca, aunque el temblor de su voz lo desmentía—. Llevo semanas imaginando esto. No pienso hacerlo con prisa.
Le subió la vieja camiseta por encima de la cabeza y la tiró al suelo, y durante un instante se quedó quieto, solo mirándola a la luz naranja de las velas, con una reverencia que a Irene le quemó más que cualquier caricia.
Luego bajó la boca. Le recorrió el cuello, la clavícula, el nacimiento de los pechos, y cuando cerró los labios sobre un pezón y lo lamió despacio, trazándolo con la lengua antes de succionar, Irene echó la cabeza atrás y se le escapó un jadeo que resonó en la cocina vacía.
Él sonrió contra su piel, satisfecho, y repitió el gesto en el otro, sin prisa, aprendiendo con la boca qué la hacía retorcerse.
—Kolya. —El diminutivo se le escapó por primera vez, roto, y lo sintió estremecerse al oírlo.
—Otra vez —exigió él, bajando por su vientre, de rodillas ya sobre el suelo frío—. Dilo otra vez.
Le separó más las piernas, le apartó la ropa interior con dedos impacientes, y cuando hundió la boca entre sus muslos Irene tuvo que agarrarse al borde de la encimera para no caerse.
Nikolái Vorónov hacía aquello igual que hacía todo lo demás: con una atención total, metódica, leyendo cada temblor de ella, cada cambio en su respiración, volviendo una y otra vez a lo que la hacía gemir más fuerte, sosteniéndola con una mano abierta sobre el vientre mientras con la lengua la llevaba, deliberado y cruel, justo hasta el borde.
Y cada vez que ella estaba a punto, él se detenía, le besaba el interior del muslo, le dejaba bajar un poco y empezaba de nuevo.
—Por favor —se oyó suplicar Irene, deshecha, las caderas buscándolo—. Kolya, por favor…
—Esa palabra en tu boca —gruñó él, la voz irreconocible— vale más que todo mi dinero.
La devolvió a su boca y esta vez no paró, y cuando Irene se rompió fue con el nombre de él entre los dientes y los dedos clavados en su pelo, temblando entera sobre la piedra fría.
Él la sostuvo durante todo el temblor, bebiéndoselo, y solo cuando ella empezó a volver en sí se incorporó, se deshizo del pantalón y la atrajo hasta el borde de la encimera.
—Mírame —dijo, buscándole los ojos mientras se colocaba contra ella—. Quiero verte cuando entre.
Y entró, despacio, llenándola hasta el fondo de una sola embestida lenta que les arrancó un gemido a los dos a la vez.
Se quedó quieto un instante, frente contra frente, respirando su mismo aire, y luego empezó a moverse.
El hombre de hielo ardía. Cada embestida era honda, medida, y Irene le rodeó la cintura con las piernas para tenerlo más dentro, y le clavó las uñas en la espalda, en las cicatrices viejas, y le pidió más, más fuerte, y él obedeció y por una vez dejó de medirse.
La tomó allí, en la cocina, a la luz de las velas, con el mundo rugiendo al otro lado del cristal, hasta que los dos se deshicieron casi a la vez, él derramándose dentro de ella con un gemido grave contra su cuello, sosteniéndola después contra su pecho como si temiera que fuera a desaparecer con la luz cuando volviera el generador.
El generador volvió diez minutos después.
Las luces se encendieron de golpe, crudas, reales, y los encontraron a los dos enredados y sin aliento sobre la encimera, mirándose a los ojos bajo una claridad que no perdonaba nada.
Por un instante, ninguno se movió.
Luego Irene vio cómo algo se cerraba detrás de los ojos de él —no de rechazo, sino de miedo, el miedo de un hombre que acaba de descubrir que puede perder el control y que eso, para alguien como él, es la cosa más peligrosa del mundo—.
Y supo que ella tenía exactamente el mismo miedo cerrándose detrás de los suyos.
—Esto —empezó ella.
—No pasó por el contrato —terminó él, apartándose con suavidad, recomponiéndose, pasándose una mano por el pelo—. Lo sé.
—Fue un error.
—Fue muchas cosas, Irene. —La ayudó a bajar de la encimera, un gesto absurdamente caballeroso dadas las circunstancias, y la frialdad volvía a su voz como una marea, pero los ojos lo traicionaban—. Error es la única que no es.
Irene recogió su dignidad del suelo de la cocina junto con su camiseta, y subió a su cuarto, y cerró la puerta por dentro, y giró la llave que él le había dado.
Esta vez, el cerrojo no la hizo sentir a salvo.
La hizo sentir, por primera vez, en el lado equivocado de la puerta.
Fin del capítulo 7.