DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1) Capítulo 6 — El pacto
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Capítulo 6 — El pacto

Los primeros días en la casa del acantilado tuvieron la textura rara de una tregua.

Irene había imaginado una jaula y encontró, en cambio, una extraña libertad vigilada.

Nadie le decía qué hacer. Desayunaba sola en la terraza con el mar abajo, leía, llamaba a Mateo —que había empezado la carrera y le contaba tonterías de clase con una alegría que a ella le curaba y le dolía a la vez—, bajaba al pueblo con un coche a su disposición y dos sombras discretas que, tal como él había prometido, aprendió a dejar de ver.

A Nikolái lo cruzaba como se cruza a un inquilino educado.

Un «buenos días» en el pasillo. Una cena compartida tres de cada siete noches, siempre a las nueve, siempre con una conversación que se quedaba a un palmo de ser personal y nunca lo cruzaba.

Él le preguntaba por Mateo. Ella le preguntaba, con cuidado, por el negocio limpio —los hoteles, los restaurantes— y él respondía, y algunas noches hablaban de libros, y una vez discutieron durante una hora sobre una película y a Irene se le olvidó, durante esa hora entera, con quién estaba discutiendo.

Esa era la trampa, pensó después. No el miedo. La facilidad.

La frontera se mantuvo intacta. Él no cruzó una sola vez el umbral de su dormitorio ni intentó cruzar el de su cuerpo.

Cumplía el contrato con una exactitud que a Irene empezó a resultarle, contra toda lógica, provocadora.

Porque un hombre que no te toca cuando podría, que ha puesto él mismo la llave en tu mano, que respeta una línea que tú dibujaste medio por orgullo medio por defensa…

ese hombre te obliga, sin hacer nada, a ser tú quien piense en la línea. A mirarla. A medirla.

A las dos semanas, una noche, ella lo dijo en voz alta, porque callarlo le parecía más peligroso que decirlo:

—Esto no va a funcionar si seguimos fingiendo que no pasa nada.

Estaban en la biblioteca. Él leía. Levantó la vista, dejó el libro con el lomo hacia arriba sobre el muslo, sin marcar la página, lo cual —Irene lo sabía ya— significaba que tenía toda su atención.

—Sé específica —dijo—. «Esto.»

—Tú. Yo. La casa. —Irene se obligó a sostenerle la mirada—. Hay algo. Lo hubo en la boda, lo hay cuando cenamos, lo hay ahora mismo en esta habitación y los dos lo sabemos. Y no está en el contrato. Y me está volviendo loca fingir que no lo veo.

Nikolái no fingió sorpresa. Nunca fingía con ella; se lo había advertido el primer día. Cerró el libro del todo.

—¿Y qué propones?

—Un pacto. —Había ensayado esto, como ensayaba todo—.

No nos tocamos. No porque lo diga el papel, sino porque es lo inteligente.

Tú me necesitas de pieza, yo necesito irme entera dentro de dos años.

Si cruzamos esa línea, lo estropeamos todo: tú dejas de pensar con la cabeza, yo dejo de ser libre, y uno de los dos acaba hecho pedazos, y los dos sabemos cuál.

—Respiró—. Así que lo pactamos en voz alta, como adultos.

No pasa. Nunca. Y al decirlo, deja de tirar de nosotros. Se desactiva.

Él la escuchó entero, con esa quietud suya. Luego hizo algo que Irene no esperaba: se levantó, cruzó la habitación y se sentó a su lado en el sofá —no demasiado cerca, a una distancia exacta, medida— y la miró con una seriedad que le secó la boca.

—Te voy a decir una verdad, Irene, porque mentirte me cuesta y porque creo que te la has ganado.

—Su voz era baja—. Tu pacto es sensato. Cada palabra es correcta.

Deberíamos firmarlo. —Hizo una pausa—. Y no va a desactivar nada.

Al contrario. Porque las cosas que se nombran no se apagan; se encienden.

Acabas de pasar dos semanas sin pensar en esto más de lo normal, y a partir de esta noche no vas a pensar en otra cosa, porque lo has dicho en voz alta y ahora existe entre los dos como existe esa lámpara.

—Señaló la luz con la barbilla—. Pero lo firmo igual. ¿Sabes por qué?

—¿Por qué? —Apenas un hilo de voz.

—Porque el pacto deja la decisión de tu lado.

—Se inclinó un poco, solo un poco, y el aire entre ellos se volvió denso—.

Yo prometí no tocarte hasta que me lo pidieras.

Tu pacto dice que no me lo pedirás nunca.

Perfecto. Entonces no te tocaré nunca. —Más bajo aún, casi un murmullo—.

Pero no me pidas que finja, Irene, que no quiero.

Eso no te lo voy a mentir. Lo del pacto es tuyo.

La prohibición es tuya. Yo solo soy un hombre que cumple su palabra esperando, con una paciencia que no sabía que tenía, a que un día tú decidas romper la tuya.

Se levantó. Recogió su libro.

—Firmado —dijo—. Buenas noches, señora Vorónova.

Y la dejó allí, en la biblioteca, con el pacto recién sellado y la certeza —exacta, cruel, verdadera, tal como él había prometido— de que acababa de encender precisamente lo que había bajado a apagar.

Esa noche Irene no durmió. Y supo, mirando el techo, que el hombre tenía razón en todo, y que lo peor no era el deseo.

Lo peor era que ahora, además, lo respetaba por no aprovecharlo.

Fin del capítulo 6.