Capítulo 5 — La boda
Se casaron un sábado de octubre en una finca sobre el mar, con cien invitados que Irene no conocía y una docena que habría preferido no conocer nunca.
Llevaba un vestido que costaba más que el coche de su padre, color hueso, cortado por alguien que sabía lo que hacía.
Mateo la acompañó hasta Nikolái —«estás guapísima, hermana, y él parece buen tío, ¿eh?
»— con una sonrisa tan limpia, tan ignorante de todo, que a Irene se le partió algo por dentro y tuvo que morderse la cara interna de la mejilla para no llorar por el motivo equivocado delante de todos.
Nikolái la esperaba al final del camino de flores con un traje negro impecable y una quietud que, por una vez, no parecía fría sino casi solemne. Cuando ella llegó a su altura, se inclinó apenas y le dijo, solo para ella, bajo la música:
—Respira. Yo llevo años fingiendo en público. Déjate llevar. Si te pierdes, mírame a mí y olvídate de los demás.
Y, absurdamente, funcionó.
Dijeron lo que había que decir. Él deslizó el anillo —una banda sencilla, nada ostentoso, y Irene se preguntó si había elegido la sencillez a propósito, si había entendido que lo ostentoso la habría hecho sentir más comprada— y cuando llegó el momento del beso, se detuvo medio segundo, una pregunta muda en los ojos, pidiendo permiso delante de cien personas de una forma que solo ella podía leer.
Irene fue quien acortó la distancia.
Fue un beso breve, de boda, apropiado. Pero los labios de él eran cálidos y firmes y Irene sintió, en la base del estómago, un tirón que no estaba en ningún contrato, y supo por cómo él se separó —un instante demasiado tarde, con la respiración apenas alterada— que no había sido la única en sentirlo.
—Verosímil —murmuró ella, recuperando el muro, cuando se apartaron entre aplausos.
—Mucho —respondió él, y la palabra tenía un filo que no era de actuación.
El banquete fue hermoso y venenoso a partes iguales.
Irene aprendió esa noche a leer una sala.
Nikolái se lo había enseñado en una frase, al oído, mientras recorrían las mesas tomados del brazo: «Los que te sonríen con los dientes y no con los ojos son los míos.
Sonríeles igual. Más, incluso.» Y ella sonrió, y rio de cosas que no tenían gracia, y apoyó la mano en el antebrazo de su marido con una naturalidad que la asustó por lo fácil que le resultó.
Hasta que llegó a su mesa un hombre que Nikolái no había señalado.
Era mayor que él, cincuenta y tantos, con una cara ancha y agradable de abuelo bonachón y unos ojos de un azul pálido que no sonreían jamás, pasara lo que pasara con el resto de la cara. Dos hombres lo seguían a distancia respetuosa.
—¡Nikolái Antónovich! —Abrió los brazos como quien saluda a un sobrino querido—. No me habías dicho que la novia era tan hermosa. Y española, además. Qué… arraigado te has vuelto de repente.
Irene sintió cómo el brazo bajo su mano se tensaba un milímetro, imperceptible para cualquiera que no estuviera tocándolo.
—Andréi Petróvich. —La voz de Nikolái era de seda sobre acero—. No recuerdo haberte puesto en la lista.
—Las bodas son fiestas de familia. —Sonrió con todos los dientes y ninguna arruga alrededor de los ojos—.
Y nosotros somos casi familia, ¿no? Negocios viejos.
—Se volvió hacia Irene, tomó su mano antes de que ella pudiera negarla, y se inclinó sobre ella sin llegar a rozarla con los labios—.
Andréi Kozlov, señora. Un placer. Cuídese mucho en esta casa.
—Mantuvo su mano un segundo de más—. Los tesoros de Nikolái tienen la fea costumbre de… durar poco.
—Andréi. —Una sola palabra, y toda la seda había desaparecido de la voz de Nikolái. Solo quedaba el acero.
Kozlov soltó la mano de Irene con una risita, levantó las suyas en señal de paz burlona, y se retiró hacia el fondo del jardín con sus dos sombras, no sin antes dedicarle a Irene una última mirada de aquellos ojos azules y muertos que ella sentiría sobre la piel durante días.
—No lo mires irse —dijo Nikolái en voz baja, sonriendo para la sala, la mano cubriendo ahora la de ella sobre su brazo, cálida, firme, extrañamente protectora—. Sonríe. Toda esta gente está mirando para ver si tiemblas.
—¿Estoy temblando?
—Un poco. —Le apretó los dedos—. No pasa nada. Yo tiemblo por dentro desde hace veinte años y nadie lo ha notado nunca. Se aprende. —La guio con suavidad hacia la pista, lejos de Kozlov, hacia la música—. Baila conmigo. Es la forma más fácil de que cien personas dejen de hablar de otra cosa.
La tomó entre sus brazos. Y mientras giraban bajo las luces, con el mar negro al fondo y un enemigo bebiendo champán a cincuenta metros, Irene apoyó la frente un instante —solo un instante, se dijo, por la actuación— contra el pecho de su marido, y notó bajo la mejilla que el corazón de aquel hombre de hielo latía, rápido y humano, tan asustado y tan vivo como el suyo.
Ninguno de los dos dijo nada.
Pero esa noche, cuando él la acompañó hasta la puerta de su dormitorio y se despidió con una inclinación de cabeza, respetando la frontera como siempre, Irene tardó mucho más de lo que debería en meter la llave en la cerradura.
Y no la giró enseguida.
Fin del capítulo 5.