Capítulo 4 — La casa
La casa no era una casa. Era una declaración.
Se alzaba sobre un acantilado entre Marbella y Benahavís, toda hormigón blanco y cristal, con el Mediterráneo abriéndose debajo como si también eso fuera propiedad privada.
Cuando el coche cruzó la verja —que se cerró tras ellos con un chasquido que a Irene le sonó a celda—, contó dos hombres en la entrada que no eran jardineros, por mucho que uno sostuviera unas tijeras de podar.
—Son parte del paisaje —dijo Nikolái, siguiéndole la mirada—. Deja de verlos y dejarán de incomodarte.
—¿Siempre hay hombres armados entre tus rosas?
—Siempre. Hasta que un día no los hay, y ese es el día malo. —Le abrió la puerta del coche él mismo—. Mientras los veas, estás a salvo. Recuérdalo.
El interior era frío y hermoso, de una belleza que no pedía permiso: suelos de piedra clara, techos altos, apenas muebles, cuadros grandes y sombríos en las paredes. Nada personal. Ninguna fotografía. Era la casa de un hombre que no quería que nada contara dónde había estado.
Lo esperaba una mujer al pie de la escalera. Treinta y tantos, pelo negro recogido con severidad, un traje oscuro que no ocultaba del todo que bajo él había alguien entrenado para algo más que recibir invitados. Los miró llegar sin sonreír.
—Sonya —dijo Nikolái—. Mi mano derecha. Si yo no estoy, es ella. Si ella dice que algo no se hace, no se hace, aunque yo haya dicho lo contrario. —A la mujer—: Sonya, mi esposa. Irene.
—Futura esposa —corrigió Irene.
Sonya la recorrió de arriba abajo con unos ojos oscuros e insondables.
—Habla español —le dijo a Nikolái en ruso, y Irene entendió el tono aunque no la lengua: no le gustaba—. Y te mira a la cara. Eso trae problemas.
—Lo sé —respondió él en español, con una media sonrisa, mirando a Irene—. Es exactamente por eso.
Sonya no insistió. Pero cuando pasó junto a Irene camino de la escalera, se detuvo apenas lo justo para decirle, en un español perfecto y bajísimo:
—Esta casa tiene reglas. Apréndetelas antes de romperlas. Por tu bien, no por el suyo. —Y subió sin esperar respuesta.
—Le caes bien —dijo Nikolái.
—¿Esto es caerle bien?
—No ha propuesto echarte. Para Sonya, eso es una carta de amor. —Le hizo un gesto hacia la escalera—. Ven. Te enseño dónde vas a vivir.
Su dormitorio estaba en el ala este, el más alejado del de él, tal como había exigido. Era enorme, austero, con una terraza colgada sobre el vacío y el mar, y una llave —una llave real, pesada, de verdad— que él le puso en la mano sin comentario, cumpliendo la cláusula al pie de la letra.
—La puerta cierra por dentro —dijo—. Comprobé que funcionara antes de traerte. No quería que pensaras que era decoración.
Irene cerró la mano sobre la llave. Aquel gesto —tan pequeño, tan exacto— la desarmó más que cualquier regalo.
Era un hombre que leía los contratos de verdad.
Que cumplía la letra pequeña. En su experiencia, esa clase de hombre era rarísima, y casi siempre resultaba el más peligroso de todos, porque no se le podía reprochar nada concreto mientras te iba tomando entero.
—Hay ropa en el vestidor —continuó él—. Tallas correctas; Sonya se encargó. Si no te gusta, se cambia. Si algo te falta, se pide. No tienes que agradecer nada de esto, Irene; es parte del trato, no un favor. Prefiero que lo odies a que te sientas en deuda. Ya tienes suficientes deudas conmigo.
—¿Siempre dices exactamente lo que piensas?
—No. —Se apoyó en el marco de la puerta, sin entrar en la habitación de ella, respetando una frontera invisible que Irene no había dibujado y que él, sin embargo, había visto—. Casi nunca, de hecho. Contigo me resulta… innecesario mentir. Todavía no he decidido si eso es bueno.
Se quedaron así un instante, él en el umbral, ella junto a la cama, con tres metros de piedra clara y un contrato de por medio.
Irene fue consciente, de golpe, del silencio de la casa, del rumor del mar abajo, de que estaba a solas en un dormitorio con un hombre que podía hacer desaparecer a la gente y que, sin embargo, no había cruzado la línea de su puerta.
—La regla más importante —dijo él, y su voz bajó un tono— no te la va a decir Sonya, así que te la digo yo.
—La miró—. En esta casa, a ti nadie te toca.
Nadie. Ni mis hombres, ni mis socios, ni los Kozlov si algún día llegan hasta aquí, que no llegarán.
—Una pausa—. Ni yo. No hasta que me lo pidas.
Y si nunca me lo pides, Irene, viviremos dos años como dos desconocidos educados y te irás intacta, y eso también será un buen trato.
—¿Y si te lo pido? —La pregunta salió sola, antes de que el orgullo pudiera detenerla, y Irene se odió al instante por el calor que le subió a la cara.
Nikolái no sonrió. Eso fue lo peor. La miró con una seriedad absoluta, como si la pregunta mereciera respeto y no burla.
—Entonces —dijo despacio— descubrirás que la única cosa que no está en el contrato es la única que de verdad podría arruinarnos a los dos. —Se apartó del marco—. Cena a las nueve. No es obligatoria. Pero me gustaría que bajaras.
Y se fue, dejándola con la llave clavándosele en la palma y una pregunta flotando en la habitación que ella no debería haber hecho y que él había tenido la crueldad, o la decencia, de no contestar del todo.
Irene cerró la puerta por dentro. Oyó el cerrojo correr, sólido, real.
Luego se quedó un largo rato de pie, con la espalda contra la madera, mirando la llave, sin entender por qué, teniendo por fin el poder de encerrarse, lo que de verdad le costaba no era quedarse dentro.
Era no bajar a cenar.
A las nueve, bajó.
Fin del capítulo 4.