DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1) Capítulo 3 — El trato
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Capítulo 3 — El trato

—Quiero condiciones.

Lo dijo a la mañana siguiente, en el mismo número de teléfono, antes incluso de saludar. Había pasado la noche en vela, no por la duda —la duda era un lujo que catorce millones no le permitían— sino construyendo un muro, cláusula a cláusula, para no entrar desnuda en aquello.

—Naturalmente. —Vorónov no parecía sorprendido—. Ningún trato que valga la pena se firma sin ellas. Dímelas.

—No por teléfono. Cara a cara. Y las apunta alguien, para que después no haya memoria selectiva.

—Mi abogado estará encantado. —Una pausa—. ¿Algo más?

—Sí. —Irene cerró los ojos—. Mateo no sabe nada. Nunca. Para él esto es que me enamoré de un empresario ruso y me casé rápido. Si alguna vez descubre lo de mi padre, lo del dinero, lo que de verdad es usted… se acabó el trato, me da igual la deuda. Mi hermano se cría limpio o no hay boda.

El silencio esta vez fue más largo. Cuando habló, algo en su voz había cambiado, se había puesto serio de una manera distinta.

—Concedido —dijo—. Y añado una cláusula mía, gratis: nadie de mi mundo hablará jamás con tu hermano sin mi permiso, y yo no doy ese permiso.

Tu hermano no existe para los Kozlov ni para San Petersburgo.

Lo borro del mapa hoy mismo. —Una pausa—.

Protejo lo que es mío, Irene. Cuando firmes, tu hermano entra en esa categoría.

Es la mejor noticia que vas a recibir en meses, aunque todavía no lo sepas.

Irene tragó. No había esperado que aceptara tan rápido lo único que de verdad le importaba. La hizo desconfiar aún más.

—Las demás las digo delante del abogado.

—Las demás las dices delante del abogado —repitió él—. Mando el coche a las seis. Y, Irene… —ella esperó—. Gracias por llamar tú en lugar de obligarme a ir a buscarte. Hace esto más limpio para los dos.

El abogado era un hombre pequeño y pulcro llamado Reyes que no levantó una ceja ante nada de lo que Irene pidió, lo cual le resultó más inquietante que si se hubiera escandalizado.

Lo anotó todo en un portátil, en una mesa de un despacho de Marbella con el mar entero por ventana, mientras Nikolái escuchaba desde un sillón, en silencio, con un vaso de agua que no tocó.

Irene puso sobre la mesa su muro, piedra a piedra:

Que no se la tocaría sin que ella lo pidiera. Reyes tecleó. Nikolái no movió un músculo.

Que tendría su propio dormitorio, su propia llave, dinero propio en una cuenta a su nombre, y libertad para entrar y salir sin dar explicaciones ni escoltas salvo peligro real y demostrable.

Que no se le pediría participar en nada ilegal, ni saber, ni ver, ni firmar. «Soy tu esposa de cara a la galería, no tu cómplice.»

Que Mateo tendría la carrera pagada y una vida normal, y que si algo le pasaba a ella, el dinero de salida iría íntegro a su hermano por escrito.

Que al terminar, fuera cual fuera el motivo, ella se iría con lo pactado y sin represalias, y que esa cláusula estaría garantizada por algo que un hombre como Vorónov no pudiera romper sin destruirse a sí mismo.

En esa última, Nikolái habló por primera vez.

—Reyes, la garantía. —El abogado asintió y explicó, con voz neutra, un mecanismo que Irene no entendió del todo: documentos fechados, en manos de un tercero, que incriminaban a Vorónov si él incumplía. Una pistola cargada que Irene guardaría apuntándole al pecho durante dos años.

—¿Me está dando usted mismo el arma para destruirlo? —preguntó ella, incrédula.

—Te estoy dando una razón para confiar en que cumpliré. —Nikolái se levantó, se acercó a la ventana, le dio la espalda—. La confianza, en mi oficio, no se pide. Se compra con garantías o no existe. Prefiero que me apuntes a que me temas. El miedo se cansa. La garantía, no.

Irene lo miró, aquella espalda ancha recortada contra el mar, y sintió algo que no supo nombrar y que le molestó profundamente: no era miedo. No del todo. Era la primera grieta de una curiosidad que no tenía derecho a sentir hacia el hombre que la estaba comprando.

—Hay una condición que no has pedido —dijo él sin girarse— y que voy a imponer yo.

—Cómo no.

—En público, cuando haya ojos que importen, actuarás como mi mujer.

—Se volvió—. No un papel frío. Un matrimonio que alguien podría envidiar.

Me mirarás como se mira a un hombre que te gusta, me tocarás el brazo, te reirás de lo que diga aunque no tenga gracia.

Si los Kozlov huelen que esto es cartón piedra, todo el propósito se viene abajo, y entonces ni tu deuda ni tu hermano están a salvo, porque yo ya no tendría nada que proteger.

—La miró a los ojos—. ¿Sabes fingir deseo, Irene?

Y Irene, que llevaba toda la reunión blindada, sintió que el calor le subía por el cuello, porque la verdad —la verdad que se escondió a sí misma en ese mismo instante— era que no estaba segura de que, con él, tuviera que fingirlo del todo.

—Sé fingir cualquier cosa —mintió—. Por Mateo, sé fingir hasta que me gusta.

Nikolái sostuvo su mirada un segundo de más. Luego, a Reyes:

—Añade esa. «La parte actuará afecto verosímil en público.» Y prepara la boda. Tres semanas.

—¿Tres semanas? —saltó Irene.

—Los Kozlov se mueven en un mes. —Volvió a sentarse, tranquilo, el dueño del tiempo otra vez—. Necesito estar casado antes. Bienvenida a mi ritmo, Irene. Te acostumbrarás. —Y añadió, más bajo, casi para sí—: o no. También es interesante cuando no se acostumbran.

Fin del capítulo 3.