Capítulo 2 — El dossier
Esperó hasta el jueves por la noche para abrir el cajón donde su padre guardaba lo que creía escondido.
Durante tres días había fingido que la tarjeta blanca no existía.
Había ido al notario, había discutido con el banco, había visto cómo la palabra «embargo» se repetía en boca de gente que no la miraba a los ojos.
La constructora Salazar e Hijos —el nombre que su padre pronunciaba como una oración— estaba vacía por dentro: cuentas con saldos que no cuadraban, facturas de obras que nunca se habían levantado, sociedades en Málaga y en Gibraltar con nombres de las que Irene jamás había oído hablar.
Los números entraban y salían como una marea, y siempre, siempre, faltaba.
Mateo dormía al otro lado del pasillo. Lo había oído llorar la primera noche, con esa vergüenza de los que ya se creen hombres, y después nada: el silencio espeso de quien se ha quedado sin padre a mitad de crecer.
El cajón tenía doble fondo. Irene lo supo porque su padre, cuando ella era niña, se lo había enseñado medio en broma —«aquí guardo los secretos, pequeña»— sin imaginar que la broma se volvería esto.
Debajo de las escrituras viejas había una carpeta de cartón gris, sin etiqueta, atada con una goma reseca que se partió al tocarla.
Dentro no había dinero. Había fotografías.
Su padre estrechando la mano de hombres en terrazas de hoteles.
Su padre en un yate que no era suyo. Y, en varias, un rostro que Irene ya conocía: la mandíbula quieta, el pelo rubio ceniza, los ojos que tasaban.
Nikolái Vorónov, más joven, con el brazo sobre los hombros de su padre en un gesto que podía ser de amistad o de propiedad.
Al dorso de una, con la letra apretada de su padre: «N.V. — no fallar nunca a esta gente.»
Y debajo de las fotos, un único folio mecanografiado. Una lista de cantidades, fechas, y al final, subrayado dos veces a bolígrafo, tan fuerte que el papel se había rasgado un poco:
14,2. Imposible devolver. Que no lo sepan los niños.
Irene se sentó en el suelo del despacho de su padre muerto, con las fotografías desparramadas sobre las rodillas, y entendió por fin que no había ninguna salida que no pasara por aquel número de teléfono.
El móvil le temblaba en la mano cuando marcó.
Respondió al segundo tono. No un secretario. Él.
—Buenas noches, Irene. —Como si la hubiera estado esperando. Como si tuviera el teléfono en la mano—. Es jueves. Me has ahorrado un día.
—Quiero verlo. —Odió que le temblara la voz—. Todo. Lo que debía. Lo que firmó. Quiero verlo con mis ojos antes de creer una sola palabra suya.
Hubo un silencio al otro lado. Luego, algo que podía ser aprobación.
—Mañana. Mando un coche a mediodía.
—Iré yo. Dígame dónde.
—Eres desconfiada. Bien. —El raspar leve de las consonantes—. Me gusta más así. Hay un carmen en el Albaicín, el Mirador de Aixa. Reservado a tu nombre. Ven sola, Irene. No por amenaza. Por discreción. Lo que vas a oír no es para los oídos de tu hermano.
Colgó antes de que ella pudiera responder, y Irene se quedó mirando las fotos de su padre, preguntándose en cuál de aquellas terrazas había empezado a cavar la tumba de los dos.
El reservado tenía vistas a la Alhambra encendida al fondo, roja contra la noche, y Nikolái Vorónov la esperaba de pie, sin chaqueta por primera vez, con la camisa arremangada hasta el antebrazo. Irene reparó, contra su voluntad, en que bajo aquella tela había un hombre y no solo un abrigo caro.
—Siéntate. —Apartó él mismo la silla—. No he pedido por ti. Odio a los hombres que lo hacen.
Sobre la mesa, en lugar de platos, había una carpeta negra. Gruesa. Él la deslizó hacia ella sin ceremonia.
—Léelo. Yo espero.
Irene leyó.
Era peor de lo que imaginaba y, a la vez, estaba más ordenado de lo que habría creído posible en algo tan sucio.
Contratos de obra inflados. Dinero de la Bratva Vorónova que entraba en la constructora como «inversión inmobiliaria», se limpiaba entre ladrillos reales y falsos y salía blanco por el otro lado.
Durante seis años su padre había sido una lavadora con licencia de constructor.
Y los últimos dieciocho meses, cuando las obras se pararon con la crisis del sector, había empezado a tapar agujeros con el dinero que debía limpiar. A gastarlo. A perderlo.
Catorce coma dos millones que ya no existían en ningún sitio.
—¿Por qué me enseña esto? —Cerró la carpeta—. Si mi padre le robó, la ley…
—La ley. —Vorónov sirvió vino en la copa de ella, despacio—.
Irene, si yo fuera a la ley, tu padre estaría en una cárcel en lugar de en un cementerio, y tú declararías durante dos años y acabarías igual de arruinada pero además con el apellido en los periódicos.
La ley no me devuelve mi dinero. La ley no me interesa.
—Dejó la botella—. Me interesa el equilibrio.
Debo ese dinero, a mi vez, a gente de San Petersburgo que no acepta fotografías de un entierro como recibo.
Alguien tiene que responder por los catorce coma dos.
Y en este momento, en todo el mapa, la única persona con el apellido Salazar que puede responder eres tú.
—No tengo catorce millones.
—Lo sé. —Se inclinó, los antebrazos sobre la mesa, y bajó la voz—. Por eso no te los voy a pedir.
El corazón de Irene dio un golpe sordo.
—¿Entonces qué quiere?
Nikolái la miró un largo instante. La luz de la Alhambra le ponía cobre en los ojos.
—Hay una familia que disputa mi posición.
Los Kozlov. Para cerrarles la puerta necesito algo que, en mi mundo, vale más que el dinero: raíces.
Legitimidad. Un hombre con mujer, con casa, con apellido local, con tierra bajo los pies, es un hombre que se queda.
Un soltero extranjero es un hombre de paso al que se le puede quitar lo que tiene.
—Hizo una pausa—. Necesito una esposa, Irene.
Española. Respetable. Con un nombre que esta costa reconozca.
Y resulta que tú necesitas, con cierta urgencia, que una deuda de catorce coma dos desaparezca y que tu hermano no revise nunca los frenos de su moto.
Irene se quedó sin aire.
—Está loco.
—Soy práctico. Es distinto. —Ni un parpadeo—.
Un matrimonio. El tiempo que haga falta, probablemente dos años.
En los papeles, real. En la vida, lo que tú decidas que sea; no soy un animal, no compro carne.
A cambio: la deuda, cancelada esta misma noche con mi gente.
Tu hermano, bajo mi protección, que es la protección más cara que existe en mil kilómetros a la redonda.
Y a ti, una vida que ni siquiera imaginas, mientras dure.
—¿Y cuando acabe?
—Te vas. Con una cantidad que te permita no volver a hablar con hombres como yo nunca más. —Algo cruzó su rostro, rápido—. Esa es la parte buena del trato, Irene. Que incluye una puerta de salida. Casi nada en mi vida la incluye.
Irene miró la carpeta negra. Miró las manos de él, quietas sobre la mesa, grandes, con una cicatriz vieja cruzando los nudillos de la derecha. Pensó en Mateo durmiendo sin saber que su hermana estaba cenando con el dueño de su vida.
—¿Por qué yo? —susurró—. Podría comprar a cualquiera.
—Comprar, sí. —Y ahí estaba otra vez: esa sonrisa pequeña, terrible, verdadera—.
Pero tú, en un aparcamiento, bajo la lluvia, con tu padre aún caliente, me amenazaste a mí.
—Negó despacio con la cabeza, casi divertido, casi otra cosa—.
No tienes ni idea de lo raro que es eso.
La gente me teme, Irene. Tú me tuteaste para insultarme mejor.
—Levantó su copa unos centímetros, un brindis mínimo—.
Esa mujer no se compra. Esa mujer se elige.
Irene no brindó. Pero tampoco se levantó. Y los dos supieron, en ese reservado con la Alhambra ardiendo al fondo, que eso ya era una respuesta.
Fin del capítulo 2.